miércoles, setiembre 24, 2014

Los amigos de Juan

Con Juan todo era probable. Hay gente a la que le sucede todo. Otros vivimos en una especie de constante. Suceden cosas más o menos agitadas. Noticias inoportunas en horas imprevistas, aceleración de acontecimientos. La irracionalidad que queremos ver en las secuencias temporales y que en el fondo tienen una racionalidad atroz. Pero con Juan todo podía suceder. Supongo que por eso tenía seguidores,  más que amigos, porque en verdad Juan tampoco se aficionada a ninguna relación en concreto. Era un tipo de ideales fuertes, eso lo fuimos descubriendo con el tiempo. No creía en los vínculos bidireccionales. Hablaba de la múltiple dirección.  Renegaba del concepto de amistad tal como se interpreta. El amigo era otra cosa menos individual, decía. No siempre comprendíamos del todo sus palabras, o no en el momento. En cierta manera Juan nos hablaba para después, no ahora. No se entendía en presente lo que opinaba. Debatía con cierto frenesí, en su manera de dialogar había algo de  vehemencia. Los debates no eran conversaciones superficiales. Las opiniones tenían una importancia trascendental, aunque fueran conversaciones menores. No siempre se podía seguir su intensidad y a veces había un distanciamiento lógico. En aquella época algunos habíamos empezado a tocar algún instrumento. La idea, supongo, era llenar algún estadio en vez ese público invisible que había frente al espejo del pasillo de casa y sustituir las raquetas de tenis de madera que nadie usaba por guitarras de verdad. No conocíamos mucha música, salvo los grupos habituales de las cintas que se intercambiaban en el patio del colegio. Formamos un grupo terrible, de alineación habitual: dos guitarras, dos bajos y un batería. El reparto fue con una moneda, el azar ha debido marcar mucho más la música popular de lo sospechable. A mi me tocó el bajo y a día de hoy sigo pensando que si me hubiera tocado la batería las cosas hubieran sido bien distintas. Ensayábamos en el garaje de una construcción del barrio que se había quedado a medio hacer. Las primeras composiciones tenían como tema central asuntos diversos del colegio y siempre eran composiciones de dos acordes, más o menos los que nos sabíamos. Al tiempo, uno de esos días en que Juan volvía a aparecer le contamos nuestra aventura. No mostró demasiado entusiasmo, pero al rato pidió acudir a un ensayo. Era la primera vez que alguien iba a vernos en directo. Si es que aquello era directo. Tocábamos con guitarras españolas, también el bajo, y la batería con algunos botes de la pintura no usada en la obra parada a medias. Juan mantuvo el gesto inmóvil durante la presentación de nuestras tres composiciones: "Coches de choque", "Verano" y "Monopotines interestelares". Al terminar le preguntamos que qué le había parecido: "Un espanto" contestó. Aquel día nos empezó a hablar de las masas, de la maquinaria, de la industria, de los patrones impuestos. Que en realidad éramos víctimas. Nos hablaba como a víctimas. Hablaba de una guerra. De la imposición, de cánones, de estéticas dominantes. "No sois vosotros. Sois parte empuajda. No salis, se os ha metido. Es un virus. Queréis ser, imitáis una falsa expectativa".

 Dos días después apareció con un radiocasete pequeño, habituales en aquella época y una mochila con cintas, la mayoría grabadas, decoradas a mano, con portadas inventadas, algunas originales. Fuimos a la obra. Nos fue poniendo canciones, cintas diversas. De algunos grupos nos contaba anécdotas, situaciones casi bélicas para sacar esas grabaciones. "A su manera esta es una guerra y hay que ser consciente de cuál es el bando en el que quieres pelear. A quién quieres disparar". No recuerdo casi ninguno de aquellos grupos. Fue un bombardeo musical inesperado, alucinado, revelador. Recuerdo sonidos y la manera en que aquello me iba afectando, sobrecogiendo. De algunos grupos traducía fragmentos de letras. Letras que no alcanzaba a comprender en toda su dimensión, pero que me golpeaban. Como cuando sacudes un colchón al que le quieres quitar el polvo invisible. Aquellos sonidos reverberados, sonidos atascados, a veces mal grabados. Ritmos enfurecidos, otros muy físicos. Mensaje poderoso pero no del todo descifrable. "No os dejéis llevar o si lo hacéis al menos tened la conciencia de que lo estáis haciendo".

 No recuerdo mucho más de Juan en aquella época. Debió aparecer alguna vez más en medio de aquel verano, pero nada relevante. Nosotros fuimos buscando alguno de aquellos sonidos. Intentamos trasladarlo a nuestra torpeza musical, pero siempre fuimos incapaces.

 Años después me fui a vivir a la Capital. En los pasillos de la Universidad Central me crucé con Juan. Tardó en reconocerme. Hablamos un rato. Hablamos de ciertos movimientos crecientes dentro de la universidad. Vente a alguna asamblea, me dijo. Las cosas están cambiando en el país. No le hice mucho caso.

martes, setiembre 02, 2014

Gabriel

A Gabriel le queríamos por enorme, por grandullón, por bonachón. A Gabriel le queríamos por pelirrojo y por contundente. Gabriel hablaba con seguridad de cosas que no siempre parecían ciertas. Los mentirosos, ese tipo de mentirosos como Gabriel, al primero al que le cuentan la mentira es a si mismos. Por eso queríamos a Gabriel. Porque nos contaba historias de las que, mientras le escuchabas, siempre estabas dudando de su veracidad. Hablaba de mejillones con tamaños desproporcinados que se cocinaban con recetas imposibles, y mientras lo contaba a Gabriel se le hacía la boca agua. Como buen grandullón Gabriel tenía un apetito casi insaciable. El horario de Gabriel era bestial. Abría la piscina a las nueve de la mañana, cuando los bañistas habituales en general aún andábamos en la cama en medio de ese verano caluroso, y cerraba pasadas las diez de la noche. Sin descanso y generalmente aburrido, pasando las horas mirando a los bañistas en su monótono rito de zambullirse, nadar y salir a la toalla. Comía bajo una sombrilla gigante que colocaba en una de las esquinas de la piscina, la menos transitada. Su trabajo consistía en mirar el ocio acuático de los veraneantes. En cierta manera, debía terminar viendo todo aquello como esos documentales en los que una cámara graba la existencia sosegada de unos animales en medio de una explanada en Africa. Animales en remojo, habitando en mitad del verano, así creo que nos veía Gabriel mientras nos bañábamos. A Gabriel le queríamos porque al final se había creado una relación con él. No era exactamente un amigo, porque los amigos habitaban más allá del rectángulo del área de la piscina. Con Gabriel sólo convivíamos allí. Nos miraba desde debajo de su sombrilla, charlábamos así: nosotros en el agua o en el bordillo, en ese rato previo al salto de cabeza y él allí, protegido del Sol. Nunca le vi en la piscina, en todo el verano no hubo ni  un sobresalto que obligara a Gabriel a saltar para socorrer al accidentado o torpe nadador. Nunca hubo un niño resbalando por las escalerillas, ni un inexperto bañista cogiendo mal el aire. No hubo sobresaltos para Gabriel en los tres meses que tuvo de contrato. Un contrato miserable, mal pagado y de pésimas condiciones. Gabriel nos socorría, era necesario y una obligación legal. Nuestro ocio requería de su presencia y sin embargo a Gabriel apenas le daba para pagar las cuentas. Cuando se iba por las noches se despedía de nosotros y le veíamos perderse por los bulevares hacia abajo, donde empezaría su vida real y donde dejaba de ser el piscinero y sin embargo para nosotros dejaba de existir, ya no era Gabriel bajo la sombrilla, era Gabriel, del que no teníamos ni idea. El último día se acercó a despedirse, nosotros estábamos golpeados por cierta melancolía, se acababa el verano, volvíamos a la ciudad y nuestra vida conjunta de aquellas semanas se diluía en autopistas de vuelta. Gabriel se mostraba de otro modo, para él empezaba el paro, el vértigo de la inactividad y las complicaciones: "No sé que voy a hacer a partir de mañana. Tendré que buscar algo. De lo que sea" Nos dimos la mano, pero Luca le dijo que si nos tomábamos un refresco donde Lolo. Gabriel dijo que sí y caminamos despacio, como caminan los grupos de más de ocho. A trompicones, sin mucho orden, con conversaciones paralelas. Gabriel, nada más salir del recinto propuso no ir a donde Lolo, sino comprar algo en la tiendita y bajar al monte que había detrás de los bulevares. A la tienda entró sólo Gabriel, salió con tres litros de cerveza. Yo casi nunca la había bebido, los demás habían bebido alguna vez más. Gabriel abrió uno de los litros y lo pasó. Bebíamos sorbos pequeños, la cerveza nunca sabe bien al principio, cuando la bebes las primeras veces. Nuestra resistencia al alcohol era escasísima y nos aturdimos enseguida. Los primeros síntomas de borrachera aparecieron al final del tercer litro. Gabriel sonreía con nuestras primeras euforias. Le convencimos para que comprara algún litro más con las monedas que logramos reunir. "Os vais a emborrachar, niñatos" y se reía con torpeza. Luego lo recuerdo todo difuso, como se debe recordar la primera borrachera. Una maraña confusa de imágenes. Los muchachos haciendo bailes, Gabriel riendo con sonoridad, emitiendo esa risa descomunal que salía de aquel tórax enorme. Abrazandonos a Gabriel porque abrazar a Gabriel era amistad sincera. Las confesiones guardadas individualmente todo el verano, saliendo a flote de golpe, las atracciones inconfesables por vecinas mayores, los mejores secretos los contaba Gabriel, que revelaba chismorreos deliciosos que se sabían en la piscina, como si el agua diluyera los misterios y Gabriel hubiera accedido a verdades ocultas. La pareja que hacía el amor en los baños de la piscina, historias del verano que surgían de golpe, empujadas por la borrachera colectiva. Entonces Gabriel se quedó meditabundo. Le animábamos entre risas, pero Gabriel se iba desmoronando anímicamente, aceleradamente. Se puso en pié y comenzó a andar, con ese caminar de grandullón. Le llamamos varias veces y no giró la cabeza. Dejamos de verle poco a poco. Se había hecho de noche. Nos quedamos un poco más. Luca me confesó que se había acostado con mi hermana, que estaba enamorado. A mi se me fue pasando la borrachera, pero no las ganas de vomitar. Nos volvimos todos a la vez y casi ni nos despedimos. A la mañana siguiente mi padre nos despertó pronto, el viaje era largo y no quería viajar con el calor del mediodía. Montamos las maletas, yo sentía un terrible dolor de cabeza y las ganas de vomitar seguían intactas. Al salir del garaje vi la piscina cerrada, pensé en Gabriel, esa mañana no le sonaría el despertador, no habría prisas. Mi padre se equivocó de desvió y se enfadó. Mi madre se quedó dormida muy rápido. Mi hermana miraba por la ventana los paisajes del alrededor. Pensé en Gabriel. Pensé en la piscina. En cierta manera sentí, por primera vez, un sabor amargo que no subía del todo hasta la boca, un sabor amargo que ya nunca se va del todo.

miércoles, agosto 20, 2014

Mape

Tenía problemas con el horario de entrada, por más que lo intentaba siempre llegaba a las 7:05 y no las 7:00, como lo hacía Mape. A Mape, que tenía el mismo cargo que nosotros y una influencia invisible en el entramado empresarial, la llevaban los demonios que no llegara a en punto y cada día lo hiciera a y cinco. Esos cinco minutos a Mape le parecían el horror, la ofensa y lo dejaba claro cada día con sus miradas de desprecio. Una mirada que era un paneo desde mi cara mientras daba algo adormecido los buenos días, hasta el reloj que había sobre su mesa. El problema del mundo laboral, que es el gran problema del ser humano, es que te terminan vigilando los otros. Nos vigilamos entre nosotros. Hay quienes desprecian el futbol desde una postura intelectual y sin embargo pocas cosas son mejor metáfora de la vida que el  futbol. Te terminan marcando los otros, en el área, en el medio campo, pero siempre hay alguien que te marca y que está dispuesto a darte una patada porque tu no corras libre con el balón al borde del área.  Mape era, desde esa perspectiva balompédica, una defensa temible y sucia, llena de triquiñuelas en los saques de corner. El día arrancaba así, cuando tú aún manejabas con torpeza el despertar Mape ya estaba en pié de guerra, como esos equipos alemanes que no perdonan un despiste. Con Mape empezabas el día perdiendo 1-0, ese gol que te meten en la primera jugada del partido, porque tus defensas, como dicen los locutores, aún no han salido del todo al campo. Y así arrancaba el ordenador, con el peso del 1-0 en contra. Veía los mails. Los mails es esa batalla de medio campo defensivo. Hay una tirantez permanente, un no dejar espacios. A las 7:24 de la mañana eres consciente de que para vivir, para vivir como tal, en realidad te dejan muy poco hueco. Están las Mapes, los mails, los comentarios audaces de tu compañero de mesa, que generalmente habla con desprecio de casi todo. Lo malo del trabajo no es sólo el trabajo, lo malo del trabajo es que te somete a una convivencia despreciable. Nadie, absolutamente nadie, puede ser feliz trabajando en el mundo moderno. Y el mundo moderno se empeña en disfrazar eso de oportunidad, de hermosura, de logro, pero trabajar no tiene nada de eso. Trabajar es jugar un partido en el que te va la vida en ello y en el que  vas perdiendo 7-0 antes del descanso y tienes 45 minutos por delante no para remontar, que sabes que jamás lo harás, sino para intentar que no te revienten las espinillas los defensas del otro equipo. El problema no es perder, porque nacimos perdiendo; el problema es evitar las lesiones, las entradas por detrás que no serán sancionadas, porque los árbitros no entienden de justicia. El problema de los trabajos, no es el sueldo o la desidia en la que te puede ir sumiendo, el problema del trabajo son las Mapes, que te van torturando invisiblemente segundo a segundo, con sus mails y sus miradas, con su marcaje axfisiante. ¿Qué espera Mape de su vida? ¿Qué recibe Mape cuando te desprecia por que llegas a las 7:05? ¿Quién ha inculcado a los Mapes y las Mapes esa vigilancia no pagada, esa fidelidad a unas normas despreciables y crueles? ¿Qué cojones le importa a Mape esos 5 minutos? ¿Quién le debe tanto tiempo? Mape es la vigilante sin sueldo, es la fidelidad a la sombra. Nadie paga esa defensa implacable. Mape es el mejor fichaje del año

lunes, marzo 31, 2014

Uno y el mundo

 No sé si debe a un problema estructural o a un problema de conocimiento, pero mis opiniones son de una debilidad pasmosa. Nunca he sido capaz de explicárselo a los otros, como suelo ser incapaz de explicar algunas de mis posturas, pero en general no tengo argumentos para debatir, me quedo en blanco cuando alguien me argumenta y aunque sea una opinión que instintivamente entiendo como disparatada o muy lejana de mi pensamiento, me cuesta rebatir, me cuesta contraargumentar, porque me aturullo. No lo termino de ver como una debilidad, en general todo tiene dos caras. Tengo posturas políticas claras, pero se difuminan, se entremezclan, se apelotonan. Sobre todo últimamente. Estoy aturdido, francamente aturdido, diría casi que atravieso un momento delicado ideológicamente que roza el existencialismo, porque no me termino de encontrar, porque no encuentro como posicionarme, qué pensar y eso me lleva a dudar incluso de mis elecciones existenciales, de mi forma de vida. Paso en diez minutos de una idea a otra. Puedo venir caminando por la calle y pensar que creo en la ruptura radical y definitiva del sistema tal y cómo lo conocemos, para pensar, cuarenta segundos después, que todo es más complejo y delicado y que el acuerdo social para estar en otra cosa es lento y menos evidente de lo que sospechamos. Analizo mi vida, insertada de lleno en las costumbres de esta forma de vida tan deleznable, tan terriblemente injusta. Metido de lleno en la cadena de la que soy muy partícipe y consciente de que mi postura, inevitablemente, afecta a todas las posturas. Nadie es inocente y todo el mundo lo es ¿Cómo cambiarlo todo si me cuesta cambiar tanto mi propia vida, mis propias costumbres? ¿Por donde empezar la ruptura? ¿Cómo empezar a modificar la realidad si estamos rodeados de tantas realidades? No creo en la violencia. Sé que para mi no es válida. No puedo asumir un cambio basado  en el dolor físico de otro, seguramente es bueno por un lado, seguramente me hace algo más conservador por otro. Todo tiene doble cara. No sé cómo se reconstruye esto y no tengo ni idea de cómo posicionarme; o más qué cómo posicionarme, como habitar para propulsar ese cambio esperado o ese ideal de justicia e igualdad que veo como opción para vivir en sociedad. Sé lo que no me gusta de esto. Lo despiadado de este sistema financiero. Las incoherencias entre que expulsen de sus casas a gente muy débil económicamente y que sin embargo se cuide o se salve a empresas que han despilfarrado y han arruinado negocios de carreteras. Hay tipos que te pueden argumentar esto, a mi, sin potentes argumentos, sin conocimientos teóricos, simplemente me parece contranatura, contrahumano, nauseabundo. Admiro a esa gente activa en movimientos políticos alternativos. Como ese grupo de gente que tiene esa plataforma tan admirablemente bien organizada como los afectados por la hipoteca. Veo claramente que el cambio viene por ahí. No creo que venga de la ruina, de esperar a que todo se agote. Tampoco termino de verme reflejado en determinados movimientos alternativos porque una especie de prejuicio me lleva a ver cierto elitismo. Ahora hay mucha actividad y cada vez veo más gente implicada. Eso es bueno, pero su contraparte es ese aire de desprecio al otro que a veces veo que rezuma cada argumento. Tiendo a rechazar eso. No es una postura adoptada racionalmente. Es que cuando veo desprecio al otro me suelo sentir identificado con el despreciado, por muy lejana que esté su forma de vida de la mía y muy cercana del que desprecia. Seguramente si alguien, con buenos argumentos, viniera a desmontar esta confesión, me pondría de su parte. No suelo tener capacidad de ver ciertas esquinas de los pensamientos. No estoy escondiéndome, estoy tratando de ubicarme, de ser útil al todo. Sé que no quiero vivir en el indivualismo, pero ¿a quién me junto? ¿Qué puedo sacrificar para que mi vida se aglutine a una comunidad benigna? Benigna en el sentido de qué su hacer no sólo no afecta negativamente a otras, sino que lo haga positivamente. No quiero vivir aislado porque asumo que somos seres sociales, afectados absolutamente por el mundo en el que vivimos. No sería quién soy si el mundo no fuera como es. No quiero ser, quiero estar. Pero como compatibilizo todo eso con la forma en la que vivo. ¿Como actúo o como apoyo si en el día a día me faltan horas? ¿Por dónde se empieza a romper la costumbre para pasar a un nuevo estado?

viernes, febrero 21, 2014

Rebelión en el parque

  Al parque llegamos a las cinco. Recogí a las niñas en el colegio y decidí con ellas, sin mucho debate y en un acuerdo sencillo, ir al parque. La tarde anunciaba la primavera, el primer golpe de ligero calor ayudaba a tomar decisiones sencillas y caminar los tres hasta el parque con ánimo suave.  Cuando llegamos las niñas salieron disaparadas a desperdigarse por el terreno. Ya habían pasado los primeros años de atención, esa época de sus primeros pasos que cada elemento del parque se podía tornar un peligro. Nunca fui padre obseso con mirar a mis hijas, pero la atención era inevitable. Ahora todo sucedía diferente, a veces, incluso, me llevaba algún libro y las iba observando en intervalos ligeros. Ellas conocían a los más habituales y jugaban a asuntos de difícil explicación. No era sencillo entender esos juegos sin normas muy precisas o que cada uno aplicaba a su antojo, el éxito de sus juegos era que en ese aparente caos individual, había un entramado colectivo complejo y amable. A veces, la pequeña, se acercaba y me pedía ayuda para subirla al columpio, pasaba algunos minutos allí, sobrevolando el parque, mirando todo con esa relajación que da el movimiento constante. Aquella tarde el columpio estaba altamente solicitado y el orden para subir se estaba complicando. Los niños, sobre todo los más pequeños son poco pacientes y el deseo de columpio estaba generando cierta tensión entre las madres. En general el asunto se resuelve con cierta diplomacia y se trata de inculcar valores: "ya llevas mucho rato", "ahora le toca a ese que es más pequeñito", "hay que dejar a los demás, el parque es de todos". Ninguna frase suele tener efectos en el amago de rabieta del pequeño, pero las madres o padres entienden que algo de valor se está inculcando. La madre que balanceaba a la niña que estaba en el columpio justo cuando casi nos tocaba a nosotros miró a su hija y con un pragmatismo que mi me pareció atroz, dijo:"Baja, que cuanto antes bajes, antes se bajarán los otros y antes te tocará de nuevo". A menudo aún trato de interpretar la frase: tiendo a ver una lección que explica el sistema en el que habito. En cierta manera veo algo despiadado en esa visión. No es que sea un derecho de todos que se sustenta en la obligación que tenemos de dejar, sino que, visto así, dejar no es el fin, dejar es el medio para nuestro fin, que es conseguir. Además, inevitablemente, y con mi desarrollada susceptibilidad, el comentario me condicionaba sobre la cantidad de tiempo de mi hija o lo que yo pensaba que debía ser el tiempo que estaría mi hija. La ayudé a subir y me hice a un lado. La vi balancearse algunos segundos, miré con cierta culpa a las otras madres que hacían cola con sus hijos e hijas y cuando transcurrió poco más de un minuto pensé que debía decir  a mi hija que bajara. Me acerqué, se balanceaba con ligereza, en cierta manera mi hija se acomodaba con precisión en su movimiento a la entrada de la primavera, parecía sentirla en cada poro, parecía habitar en la primavera.

.- Cariño, debes bajar ya. Aún hay muchos niños por subir y si estás mucho más rato no todos podrán disfrutar el columpio.

 La niña me miró con cierto recelo y me dijo que llevaba muy poco. Le dije que era una cola muy amplia y que no era conveniente estar disfrutando uno solo mucho rato del columpio. Bajó con cierto resquemor y según la puse en el suelo, corrió al final de la fila para volver a subirse. Le dije que me avisara, que la ayudaría a subir de nuevo, que estaba a un lado y me senté un poco más allá a seguir con el libro. El libro tenía una narración atrayente, siento cierta empatía con esas narraciones periféricas, que no revelan de pleno o demasiado descriptivamente la historia. Todo sucedía de un modo bastante lateral y en cierta manera la vida del narrador era una excusa para contar un problema más absoluto. Me abstraje tanto que no atendí demasiado a las niñas, mi hija mayor se entregaba con profesionalidad al escondite y buscaba esquinas imposibles en ese parque con pocos recovecos. La pequeña, en ese momento, seguía haciendo cola, delante estaba la niña cuya madre había aleccionado con la recompensa que en ese momento estaba obteniendo. Mi hija me miró desde allí, gesticuló con obstinación, incluso con cierta rabia. Marqué la página y caminé hasta allí. Cuando me acerqué, con cierto mal humor me dijo:"Yo estuve poco tiempo porque todos debíamos pasar y todos están mucho más tiempo que yo y esta niña lleva mucho rato". Busqué a la madre con la mirada, la vi entregada a una conversación divertida en la otra esquina del parque. Ajena a la situación generada. Pensé que igual debía evadirme, como ella, del conflicto del columpio y que ellos resolvieran. No dije nada al respecto, miré a mi hija y le dije: "Creo que ya estás capacitada para subir sola. Creo que ya lo puedes hacer". Y me retiré a mi esquina. La niña del columpio seguía, sin intención de bajar. Me puse nervioso y en un par de ocasiones estuve a punto de levantarme para decirle algo, pero luego pensé que no debía meterme  en asuntos de niños. Abrí el libro y me forcé por seguir leyendo. De vez en cuando ojeaba el columpio. La niña seguí allí, balanceándose con cierta sorna. Finalmente, y bastantes minutos después, la niña bajó y mi hija, no sin torpeza, pero con una valentía admirable, logró subir al columpio. Allí se vengó. Pasados diez minutos y con la cola en estado de ira, no tuve el valor de acercarme, pensé que ese asunto lo debía resolver ella. Algunas madres ya hablaban alto, seguramente para que las quejas llegaran a mis oídos, disimulé, el libro fue una gran excusa. Creo que mi hija, en uno de los movimientos desde atrás, justo en el instante en el que el cuerpo da el impulso al columpio gritó algo así como:"Todos tenemos derecho a columpiarnos mucho tiempo. No solo vosotros". Me dieron ganas de reir, pero disimulé con la vista entre las páginas que ya hacía un buen rato que no leía. Finalmente bajó. Su bajada fue torpe, era la primera vez que bajaba sola del columpio, pero logró hacerlo. Creo que una madre la insultó mientras subía a su hijo.

 A partir de ahí las cosas se multiplicaron en conflicto. Cada niño estaba más rato que el anterior. La noche caía en el parque y nadie cesaba en su intento de volver alcanzar el columpio. Algunas madres convencían a sus hijos para volver ya a casa. La niña aleccionada por su madre, finalmente, alcanzó por tercera vez el columpio. Lo que vino no fue un abuso, ni siquiera un exceso, lo que vino fue una declaración de intenciones, la propuesta para una guerra. Evidentemente, mi hija aceptó el reto. No estuvo diez minutos, ni quince, es posible que alcanzara la media hora, seguramente más. Como buenamente pude logré convencer a mi hija que era hora de irse a casa y que no parecía que fuera a conseguir montarse de nuevo.

 Dos días después volvimos al parque. La primavera parecía consolidarse y el tiempo seguía siendo espléndido. Me quedaba el último tramo del libro y me senté en uno de los bancos laterales. Fue cuando vi a mi hija colocarse con frialdad en la cola de columpios. La observé y vi, en la misma cola, justo delante, a la niña del día anterior. La cola avanzaba torpe, se había apoderado cierto caos en los tiempos de columpio, y nadie parecía estar por la labor de restarle tiempo a sus hijos. La niña del día anterior se subió. Pasaron diez minutos, quince, es posible que llegara a los veinte minutos balanceándose a velocidad constante. Mi hija aguantó sin gestos, sin desvanecer, como el que espera pacientemente su momento. La niña bajó, la madre hablaba en una esquina. Mi hija subió con bastante más habilidad que el día previo. Pasaron dos minutos, tres minutos y nadie dijo nada. Pasaron diez minutos y me puse nervioso. La miré allí, en ese balanceo acompasado, que mucho tiene de música a veces. La miré como tratando de decirle que mejor bajara, que mejor no entrar en esas formas, en esos gestos, que mejor era respetar por mucho que los otros no lo hicieran. No lo interpretó así. Allí siguió. Pensé que ya era momento de entrar en el juego, de educar. Me puse en pié y me acerqué.

.- Debes ir bajando ya, cariño. Llevas mucho tiempo.

.- Papá, todos están mucho tiempo. Si yo bajo antes, más tardaré en volver. No es justo que todos estén tanto tiempo y tú me digas que yo debo bajar. Esa niña siempre hace igual. Si me bajo es posible que ya no vuelva a subir.

 Me abrumó la reflexión. No me gustaba que entrara en esa guerra, pero no supe salir de un modo pausado o razonable de lo que ella proponía. Le dije que debía bajar, que aunque los demás no lo hicieran, lo idóneo era entender que el columpio era de todos y que solo disfrutándolo el tiempo considerable para que todos lo hicieran se podía disfrutar. Bajo enfurruñada, me miró con cierta ira. En ese momento creo que pasé a formar parte de una especie de invisible bando contrario. La siguiente madre jamás acudió a llamar la atención a su hijo, que estuvo cerca de media hora. La cola se redujo porque muchos niños se cansaban de esperar, algunos cambiaron directamente de parque. Mi hija esperó, pero inevitablemente tenía a la niña que se había convertido en el punto de su rebeldía. La niña excedió la norma, si generalmente abusaba, esta vez el tiempo fue atroz. La madre no dijo nada, y ya era parte de la disputa. Me puse en pié decidido a ayudar a mi hija en su batalla. La niña se balanceaba brutalmente. Alcanzaba el punto donde el columpio se queda una fracción de segundo estático antes de volver hacia abajo. Mi hija miraba con desprecio. Finalmente la niña bajó. Mi hija manteniendo una calma sobrecogedora se subió al columpio, se quedó sentada y miró hacia la cola. No se balanceó. Aguanto sentada mucho rato y luego ya empezó, muy despacio a balancearse.

.- De aquí no me bajo, Papá. He recuperado lo que nos habían quitado. No volverá. No volverá jamás. Pagará lo que ha hecho.

 La madre de la niña me dijo algo, algo feroz, algo con tono maléfico. No escuché, vi a mi hija y traté de comprender. Mi hija se balanceaba mientras gritaba"De este columpio... yo no me muevo". una y otra vez. De repente, sin pensarlo me vi acompañando a mi hija en ese cántico: "De este columpio...no nos movemos". De repente mi hija mayor, ajena hasta entonces de los conflictos del parque se acercó y con un palo trazó sobre la arena nuestra especie de slogan:"De este columpio... no nos movemos" La niña abajo cogió arena y la lanzó hacia mi hija que desde el columpio se encontraba en situación de superioridad. La madre me volvió a insultar y yo no contesté, simplemente la miré a la cara y comencé a canturrear con fuerza: "De este columpio...no nos movemos".

Y así recuperamos lo que un día creímos nuestro. Y a esa hora el parque, con la última luz de ese atardecer de primavera, estaba vacío. Mis hijas y yo. Canturreando con euforia. Miré la hora y pensé que el mundo, a su manera, se había acabado y que debíamos volver a casa.

miércoles, febrero 19, 2014

Los Guillermitos

A Guillermo le dejé de ver después de una de las borracheras más extremas de mi vida. Guillermo vivía   en la Santos Lizardo, en el otro extremo de la ciudad. Le llevábamos en el coche de otro Guillermo, un vecino adicto a tener sexo con mujeres mayores y obesas, que acababa de cumplir diecinueve años y que le había regalado el coche su padre, que vivía en Miami y que se dedicaba, con toda probabilidad, a algún tipo de tráfico ilegal. Los Guillermos, o Guillermitos, como se llamaban a si mismos, eran polos opuestos y sin embargo hacían una especie de super pareja sórdida de la nocturnidad. Pasé una época con la pareja. Nos veíamos por las noches y nos subíamos al coche de Guillermito a recorrer la ciudad con una botella de una ginebra terrorífica que estoy seguro que me ha generado algún problema indescifrable en mi percepción de la realidad. No había planes específicos, ni siquiera puedo decir que fuera divertido recorrer Barquisimeto de arriba a abajo durante horas, con todas aquellas calles vacías un martes cualquiera, en busca de prostitutas que jamás encontramos o ir hasta el siete rojo, por esa carretera miserable, en busca de opciones y aventuras que nunca se daban. Recuerdo que luego dejábamos a Guillermín en la entrada de su barrio, no nos dejaba entrar hasta su calle porque decía que de ahí no salíamos ilesos si nos veían ciertos vecinos que hacían guardia por el control de su manzana. A él le respetaban, decía con orgullo, pero no podía responder por los demás, suficiente que había logrado su impunidad. Cuando bajaba del coche siempre sentíamos cierto vértigo en aquella zona de la ciudad, el temor de una rueda pinchada, un fallo del motor nos aterrorizaba. Nunca pasó nada. La última noche que salimos con Guillermín, Guillermito casi no habló, alguien le había visto con la madre de Ricardo, un vecino. La madre, que tendría algo más de cincuenta y pesaba, seguramente, algo más de cien kilos, parecía haber transformado definitivamente el carácter abstraído de Guillermito. En cierta manera Guillermito estaba enamorado, pero jamás se lo confesaría a Guillermín, que tanto le incitaba a recorrer burdeles y esquinas. Recorrimos Barquisimeto de este a o oeste unas cinco o seis veces. En el coche de Guillermito nunca había música y la verdad se hablaba poco. Básicamente avanzábamos por calles que a esa hora, en esa ciudad, permanecían en una quietud molesta. A veces me llegaba la botella y bebía sorbos como el que paga una penitencia, la borrachera iba haciéndose visible despacio, no del modo habitual que se emborracha el cuerpo, iba apareciendo como aparece una gripe o una gastroenteritis viral. De repente ibas notando síntomas de la borrachera, una pesadez, una densidad, la gravidez como un bloque de cemento. Aquella ginebra buscaba zonas del cuerpo que el alcohol nunca busca: sentías la ginebra por debajo de la piel o por debajo de las uñas. Cuando te querías dar cuenta te costaba hablar y hablabas arrastrado, y sin embargo no sentías la borrachera al uso, recordaba más a cierto grado de anestesia. Ese día Guillermito, en la Libertador, a la altura del Domo Bolivariano, decidió ir hasta el Avispón verde, donde había shows de chicas y donde con suerte nos dejaban pasar. Cuando llegamos al Avispón verde, Guillermito dejó el coche en la puerta y entramos, el tipo de la puerta, un tipo que no pasaba el metro cincuenta, pero que podía matar un regimiento con su mano izquierda, nos miró con el desprecio habitual, peor nos dejó pasar casi sin mirarnos, cuando entramos el club estaba prácticamente vacío. La música sonaba como si estuviéramos en un estadio con capacidad para cien mil espectadores. Nos sentamos y una camarera casi desnuda nos preguntó con desgana que queríamos beber. Pedimos cerveza porque no teníamos dinero para mucho más y nos quedamos sentados los tres esperando la nada o una revelación. En realidad nunca soporté esa diversión y tendía a deprimirme y siempre que entraba a uno de esos sitios pensaba que jamás volvería a salir con los guillermitos. Durante los siguientes diez minutos sólo recuerdo en movimiento la música. No salió ni una sola chica, detrás de la barra había un tipo leyendo uno cuadernillo y fumando. Pensé que estaba ojeando las cuentas o analizando alguna contabilidad del club. En realidad, sabíamos que no iba a salir nadie, que esa noche no habría shows en el escenario y que ninguna de las chicas vendría a charlar con nosotros porque era evidente que no teníamos el dinero requerido para acostarnos con ninguna de ellas. Una noche pésima, estarían comentando en el camerino, si es que aquel lugar tenía camerino. La cerveza hizo un efecto rebote sobre la ginebra y multiplicó su efecto, de repente tenía una borrachera atroz, los Guillermitos miraban el movimiento de unas luces que giraban con la monotonía con la que giran los planetas: eran amarillas y rosas. A veces pensaba que los Guillermitos eran autómatas. Miré a Guillermín y pensé que se estaba quedando dormido, giró la cabeza y me preguntó algo incomprensible, algo sobre la velocidad de la luz. Guillermito no decía nada, tenía la mirada clavada en aquellas luces, creo que en algún momento le cayó una lágrima. Estoy convencido de que el tipo esa noche había conocido el amor, el arrebato, estaba abrumado por lo que hubiera sucedido con la madre de Ricardo. No sé si fue en ese momento preciso que pensé que me debía ir de aquella ciudad, que quedarme ahí supondría una batalla campal contra la nada, una batalla permanente y agónica contra la nada para morir un día sin saber exactamente que es lo que ha pasado. Mi percepción de aquella ciudad tiene algo de alucinado, en cierta manera creo que nunca percibí la ciudad con equilibrio, toda la información que traducía mentalmente, cada imagen, de cada calle, de cada esquina,venía inundada de algo que segregaba mi cuerpo quizá por el clima, quizá por la altitud o por la humedad relativa. No sé si fue exactamente ahí que decidí que me iba: creo que pensé en Argentina, claro que en mi cabeza Argentina era una cosa tampoco muy real, era una tierra vasta, inalcanzable, un lugar idóneo para tardar un par de siglos en encontrarte. Pedí más cerveza, los guillermitos me miraron porque sabían que yo no tenía dinero, jamás tuve dinero, jamás salí con dinero. Mientras me miraron les dije: "yo invito". La tipa que nos atendía trajo las cervezas sin mirarnos. cuando dejaba las botellas sobre la mesa baja le pregunté: "¿A qué hora empiezan los shows?", "Más tarde" contestó mientras se daba la vuelta sin hacer caso. Me bebí la botella de cerveza en tres sorbos casi continuos. Guillermín me dijo: "Chamo, usted va muy rascao". Yo no le miré. Me puse de pié y me acerqué a la barra. El tipo que estaba ahí me miró con condescendencia:

.-¿Cuándo carajo comienza el show?

.- Ahorita. Ya va- me contestó sin inmutarse.

 Me giré y me puse a bailar. Los Guillermitos se acercaron y me dijeron que me fuera a sentar con ellos.

.- Mira, coño e´madre. ¿Quién va a pagar esta ronda, pajuo? No tenemos plata, mamagüevo.

 Justo ahí levanté la mano en dirección a la barra con la botella en la mano. Le pedí tres más gestualmente. El tipo co un gesto robótico miró a la chica que nos había atendido y la mando servirnos tres cervezas. Guillermito seguía instalado en esa nebulosa extraña, pero algo más pendiente de mi. Guillermín se ponía nervioso y buscaba soluciones para frenar mi comportamiento. Cuando la tipa se acercó con la bandeja y las tres cervezas dijo de una vez lo que debíamos. Hice el amago de sacar la cartera y Guillermín me miró como el que ve venir un tsunami y no hay lugar donde correr. Les miré y afirmé.Sólo nos valía correr. Teníamos ventaja sobre el tipo de la barra hasta la puerta y de seguro no había ningún sistema de walkie-talkies. La salida fue coordinada, como si hubieramos ensayado o practicado más veces ese tipo de huidas. Guillermín empujó la puerta y salimos. Al tipo de la puerta no le dio tiempo a reaccionar. Guillermito arrancó el coche como si fuera el protagonista de una película de Steven Seagal. Creo que huimos por la Pedro León Torres. Creo que no bajamos la velocidad hasta el Obelisco. Hasta allí nadie habló, como si hablar fuera a reducir velocidad. En el Obelisco Guillermín me insultó riéndose y me dijo que estaba loco. Un poco más abajo, en la Licoreía el Obelisco, paramos a comprar más ginebra. Ellos me esperaron en el coche, yo la pedí, cuando el tipo me la dio en mano salí corriendo. De repente le vi un sentido a la delincuencia. Le vi un una arquitectura, una forma, una estructura solidisima. No sentía remordimiento por robar, por no pagar, sentía una forma de justicia. Básicamente yo no pertenecía a una familia pobre, a pesar de que los últimos años la cosa estaba apretada, pero nos habíamos instalado en una especie de indigencia existencial. Nuestras vidas, las vidas de los miembros de mi casa, habían perdido el hilo que nos comunicaba con la sociedad, con el mundo. Estábamos instalados en una forma extraña de aislamiento. Esas dos fugas me reunían de nuevo con la sociedad, no sé de qué modo, pero eso era lo que sentía mientras me subía al coche de Guillermito en marcha. Creo que nunca bebí más rápido en mi vida. Nos bebimos la botella a modo casi de competición. Como un campeonato cuyo premio era la borrachera absoluta. Cuando dejamos a Guillermín en su barrio, en la esquina de siempre, pensé en bajarme y entrar en su calle, entrar con él, ver qué pasaba en ese mundo al que Guillermín me había negado entrar. No lo hice. Volvimos al edificio Guillermito y yo sin hablar. En la Avenida Venezuela con Bracamonte le pregunté por la madre de Ricardo. No me contestó, siguió avanzando. En la esquina de la avenida Lara me dijo:"Loco, no quiero volver a verte montado en mi coche, ¿ok?" Cuando llegamos al edificio. Vi luz en casa de Lorena. Me quedé abajo, en el cesped que había en la puerta de la torre B. No quise subir con Guillermito en ascensor. Me quedé dormido, allí, en el suelo.

jueves, febrero 13, 2014

Empanadas chilenas

 Cuando llegué a Barquisimeto no me gustaba nada. Ni un sólo elemento de esa ciudad me resultaba agradable. No he vivido en guerra, vivo en un mundo que habita otras formas de guerra y que está merodeando permanentemente el estallido total, pero aún no conozco la guerra como tal. Mi entrada en Barquisimeto se asemeja a una entrada en una batalla que se sabe perdida. En realidad es lo más cerca que he estado de ser un preso, un soldado miserable atrapado por el bando enemigo. Aquella sensación bélica duró tres meses, luego asumí el destierro y sin llegar a habituarme, si llegué a habitar sin sufrimiento. Pero la entrada, la entrada fue atroz. Si hay algo que refleje la desubicación, fue mi vida aquellos tres meses. Realmente no es que no me gustara la ciudad, lo que sucedía es que no entendía nada. No entendía el asfalto, no entendía el ritmo de la luz diaria, no entendía el orden de las calles. Si las ciudades fueran idiomas, de repente me veía rodeado de un idioma incomprensible, imposible de descifrar: aquella ciudad me hablaba en chino.

 Evidentemente aquel desagrado lo abarcó todo, por supuesto también la comida. En general todo me daba asco. Las arepas, las carnes, casi todas las frutas, el olor de las verduras. Todo era ajeno, como si alcanzaras un planeta remoto y todas sus formas fueran abominables. Creo que viví tres meses en una forma extraña de desconsuelo. Tenía doce años y no había forma humana de escapar de allí, mis padres sospechaban la desadaptación, jamás comprendieron cuan profunda fue. En especial había algo que me resultaba nauseabundo, unas empanadas muy afamadas en la ciudad: las empanadas chilenas. No las probé hasta pasado mucho tiempo, lo que me resultaba terrorífico era ver a los otros comerlas. Aquel queso que emergía como alien desintegrado de entre la masa, colgando como estalactita, me invitaba a la arcada permanente. La comida, ya se sabe, es sobre todo un estado de animo.

 No sé cómo me adapté a aquello. Fue un proceso no consciente o supongo parte de esa afamada supervivencia humana. De repente empecé a comprender ese idioma. También la comida, el ánimo cambió. Mi adaptación a la ciudad fue curiosa, pasé de verla perifericamente a habitarla hasta la médula. No sé muy bien quién fui en Barquisimeto. En realidad Barquisimeto desmonta cualquier débil teoría psicoanalítica: nuestra vida no tiene una línea argumental. Somos una cosa adaptándose a lo que viene, marcados a fuego por la circunferencia social de la que estamos rodeados. ¿Soy el mismo? No lo sé, tiendo a ver aquella época como la vida de otro y a veces me gusta recrearme en esa vida porque es como si alguien te contara algo, una vida ajena. No es ego. Es divertimento, porque en verdad esa vida no es mía. Esto no sólo me pasa con Barquisimeto, hay épocas de Madrid o de Vigo que recuerdo como si no lo recordara, como si lo acabara de leer en algún libro de calidad discutible.

 Por supuesto que terminé probando las empanadas chilenas. Ahora mismo pagaría un avión a precio de oro por irme a comer una. Comí muchas. No recuerdo la primera. Debió ser algo así como probar droga por primera vez. Y como tantas veces sucede con la droga, no hubo vuelta atrás. Creo que hay una línea paralela entre la vida en Barquisimeto y cada empanada chilena que me comí. Seguramente ahí sí haya explicaciones científicas de peso. Borracheras, fiestas, desayunos desesperados, paseos amargos, pero sobre todo empanadas con Elena. Elena tenía una relación obsesiva con aquel envoltorio de masa y queso espeso. jamás se enfrentó a su familia por nada. La madre, que me detestaba como sólo una madre puede detestar al primer novio de su hija mayor, la tenía maniatada existencialmente, y ella, sumisa, acataba aquel dictado, con todo, con cada cosa de su vida, salvo con las empanadas. Cuando se escapaba de su casa, yo creía que lo hacía para verme, para hacer el amor conmigo en escaleras de edificios ajenos, y en realidad yo también era una barrera, la barrera final para comer empanadas, para que la llevara al centro, donde ella no se atrevía a ir sola, para comer empanadas chilenas. Elena era pausada, silenciosa, tímida, pero con las empanadas perdía todo. Le colgaba el queso, masticaba con desgarro como un troglodita famélico devorando carne asada en la hoguera del tiempo. Cada vez que hicimos el amor comimos dos o tres empanadas y ella era adicta a las empanadas. La última vez que hicimos el amor subimos en Ruta 5 hasta el centro, cuando se limpió con una servilleta no sospeché que allí se acababa todo, que jamás volveríamos a comer empanadas ni nada de todo lo que nos llevaba hasta comer empanadas. Me dejó por otro. No me lo explicó con mucha claridad. Creo que me humillé inutilmente. Mi peor intento fue tocar en la puerta de su clase en la universidad. Salió y me dijo que estaba loco, yo lo único que pude decir fue "¿Quieres que te invite a una empanada?".

martes, febrero 04, 2014

La ola

Sucede con el análisis de la realidad que analizamos un pedazo minúsculo y ese pedazo lo extrapolamos al mundo. Nuestras vidas parecían otras vidas, porque las analizábamos siempre con un retraso abrumador y eso nos otorgaba una percepción absolutamente desviada. En realidad, todo se sustentaba en una cadena de análisis y acontecimientos que ya venían con un enorme retraso. Una buena mañana, el retraso, como esos que aparecen cuando ya no se les espera la realidad vino de golpe. Un bofetón en mitad de la cara. De esos que dejan la marca de la mano y pican en la piel. ¿Cómo no te habías dado cuenta? De nuevo haces el análisis tardío y comprendes. El presente, por fin, ha llegado a tu vida. Ahí está y no te ha dado tiempo a vestirte bien o al menos a lavarte la cara. Quitarte un poco la cara de dormido. Nada. Ya es tarde. Te pones en pié porque quedarse sentado es una utopía irrecuperable. ¿Qué habías pensado todo este tiempo? ¿Dónde andabas? Bueno, recuperas imágenes de la memoria. De repente hasta te cuesta reconstruir todo ese tiempo estático, en el que todo iba tan bien, aunque ahora, de repente, caes en cuenta que en realidad no todo iba tan bien. Te vienen golpes de realidad, imágenes dispersas. Estuviste trabajando, a ratos bebías algo en un bar. No te viene nada concreto. Sí, las imágenes, pero como carentes de contenido. Como si colgaran de nada. Como si estuvieran deshilachadas. Imágenes por ahí. De ti incrustado en sitios, escenarios diversos. ¿Dónde estuviste? Te cuesta recordar los cinco, seis o nueve años previos. Estuviste. Quizá de eso se trata la vida o quizá la vida es ahora, este bofetón repentino y sin venir mucho a cuento. ¿Qué es exactamente la vida? Seguramente la dos cosas. Aquello y el bofetón. La laxitud y el hostión en la cara. Andabas en ello y sigues. Ahora caminas abrumado, como si hubieras recuperado alguna capacidad capada durante algunos años. ¿Siempre fue así esta calle? ¿Siempre hubo esto? ¿Ya crecían aquí estos yerbajos? ¿Nunca has estado ausente por obligación de tu realidad? Los presos sienten vértigo en la calle. Los enfermos que habitaron mucho tiempo en hospitales caminan abrumados por las dimensiones de la vida. ¿Cómo es posible que todo esto fuera tan vasto? Algo así te ha pasado. De repente es vertiginoso todo aquello por donde pasaste diariamente. Todo parece distinto. Ahora, de golpe, te abruma tu indepencia vital. Ya no lo ves como independencia, estás solo. Ahora le das el valor a la quietud cuando estuviste sin parar. Mirar la nada, mirar el vacío. No hay nada que demostrarte. La mayor diversión es ser parte de un movimiento de la nada. Ya no te activas. Te encantaría pararte en seco y ser un  cuerpo estático. Habitar sin prisa en la pereza. Ya no hay tiempo. Ahora ya no te puedes quedar a observar la nada. Imaginas que de repente no hay resultados a todo lo que haces. No hay nada que esperar. No hay intercambio. No sucede nada. Ya no hay tiempo. Ahora te apremia la vida. Ya no puedes posponer decisiones. Te arrastra una marea a la que tú también has empujado. La marea también te llegó a ti. Ahora ya estás en ello, donde creías que jamás estarías.

lunes, enero 27, 2014

Un juego de niños

 Todo era un juego, nada más. Tampoco lo razoné mucho previamente, empecé como el que saluda al vecino o el que golpea un balón sin más. Hay miles de actos así al día, se empiezan por dinámica, porque la cabeza va despacio y ejecutas a veces sin más, como cuando abres la puerta del portal o miras el letrero de una calle. Con los niños es así. Arrancas con un juego no siempre con fines pedagógicos o con motivaciones psicológicas. Mi hija tenía una facilidad enorme para habitar en cierta fantasía. Con frecuencia te hablaba de sus amigos invisibles o la escuchabas en largas conversaciones con un numeroso grupo que jamás eran visibles para los demás, tampoco audibles sus respuestas. A veces miraba por la ventana y proyectaba o animaba cosas con facilidad. En general los niños se manejan con una facilidad pasmosa por los vericuetos de la fantasía y la imaginación. No es un cliché, es cierto. No gastan pereza en inventarse realidades alternas. A mi, que en verdad me quedé pasmado intelectualmente en algún momento de esa edad y no logré avanzar con frescura por el intransitable mundo adulto, me gustaba participar en esas fantasías de mi hija, en realidad comprendí que habitar con mi hija en sus submundos era de los asuntos más hermosos que había practicado en mi vida. Así que con facilidad conversábamos con otros amigos y me dejaba llevar por el laberíntico mundo de los amigos invisibles de mi hija. Quizá debí medir. Si soy culpable es por no ser responsable en medir que ese terreno era un terreno propio de mi relación con mi hija. No pensé que allí era difícil que habitara alguien más. Aquella amiguita ya había venido alguna vez a casa. Como todas esas relaciones tiernas definen con facilidad la esencia humana: se amaban y segundos después eran capaces de llegar a las manos o a los tirones de pelo por la lucha de la posesión de algún objeto que una vez ganado en la pelea perdía su valor y nadie interesaba ya; pero generalmente la relación era amable y dulce y jugaban, cosa que me sorprendía a recordar un pasado que solían, creo yo, inventar. Debí medir aquella vez en el parque. La niña ya había venido con frecuencia con nosotros, había confianza, había trato. No me sentía extraño con aquella pequeña, era ya asumida como amiguita, como parte ya del entramado familiar. No lo pensé. Yo jugaba con frecuencia así con mi hija. No lo pensé como no piensas todo el acto de encender la luz de casa cuando entras en casa de noche. Miré a mi hija y le lancé una pelota invisible, creo que le dije que era roja: "¡Ahí va!". La advertí con humor de lo pesada que era esa pelota invisible que ella recogió con gracia y teatralidad. Me la devolvió con exageración: "Uff, ¡qué alta la has lanzado" Recogí la pelota invisible y miré a la amiguita. Ella, sumándose al juego me lanzó una inventada por ella:"¡Toma! ¡Ahí va una de Hello Kitty!" e hice el gesto de recibirla con filigrana. Entonces yo no pensé, simplemente seguí, miré a mi hija y le dije: "Toma, ahí va la de hello Kitty" y la lancé casi en cámara lenta. Cuando la pelota se desplazaba por el aire, invisible, extraña, la niña me miró y me dijo:"¿Por qué se la pasas a ella? Esa era mi pelota" Mi hija, mientras tanto, capturaba la pelota con esmero, ajena a la recriminación con su amiguita me hacía. Sonreí y le dije:"No pasa nada, estamos jugando todos". La niña me miró enfurecido: "Sí, sí pasa. Era la mía". La situación me parecía hasta ese momento muy cómica, casi surreal e incluso hermosa. Ese discurso adulto de "Qué simpáticos los niños y su imaginación".

.- No pasa nada- le dije- ahora mismo te la devolvemos.

Y volviendo al tono simpaticón le dije a mi hija que nos la pasara. Mi hija, aún ajena al conflicto, hizo el gesto despreocupado de lanzármela a mi. Yo miré a la amiguita:

.- ¡Corre, salta a por ella!

 La niña entonces me miró con la intensidad que parece, a veces, que sólo puede mirar un niño. Una mirada entre indignación y desolación, esa mirada del que siente que el planeta entero es una oposición para ser comprendido.

.- ¿No ves que ya no está? ¿No ves que la habéis hecho desaparecer?

En el otro extremo mi hija estaba a otra cosa ya, quizá hablando con Mousen o Flink, esos individuos con nombres raros con los que hablaba. Pensé, intercambiando cobardemente los papeles, que sólo ella me podría salvar de la situación. Deseé casi con rabia que viniera a salvarme, a mediar en un conflicto que ya en ese punto se me había escapado de las manos.

.- Mira, pequeña- dije conciliador, argumentando con suavidad- es un juego. No pasa nada. Mira, aquí tengo otra- e hice el gesto de sacar una pelota- Ahhh. ¡Qué bueno! ¡Es de Hello Kitty también!

Comprendí que no había vuelta atrás. Como el que trata de firmar un acuerdo de paz cuando en la batalla suenan los primeros cañonazo, supe que aquello era ya irremediable.

Lo primero que sucedió es que empezó a llorar a grito desgarrado por segundo. En mitad de la calle no supe como frenar aquel maremoto de lágrimas. Mi hija vino y se contagió levemente, preguntando entre sollozos que qué le pasaba a su amiguita. Como buenamente pude y sufriendo incluso agresiones físicas, logré llevarlas a casa, donde en un rato sus padres vendrían a buscarla. Pensé que duraría lo que dura una rabieta, pero el rencor no disminuía y ganaba en grosor. Era un rencor que se iba fermentando. Quise apaciguar con bromas, con chistes, con ofrecimientos, pero no logré nada. En casa mi hija ya se había olvidado de todo y me había dejado con el enemigo a solas en el salón mientras ella jugaba a esos juegos indescifrables en mitad del pasillo, por el suelo, charlando con la nada. Sonó la puerta, abrí con una sonrisa forzada. Saludé a los padres y conté con ese tono entre simpaticón y tonto que ponemos los padres cuando tratamos de hablar a la altura de los hijos:

.- Pues está muy enfadadilla conmigo.

 Los padres primero sonrieron también, luego saludaron a la niña. La niña no habló. Se lanzó a los brazos de la madre y llorando con una pena atroz dijo:

.- Mamá, vámonos a casa, por favor. Ellos son malos.

Sonreí, pero el efecto se estaba volviendo cada vez más poderoso. La mirada del padre, su última mirada, justo antes de salir, dejó entrever un atisbo de duda, incluso de mala leche, de enfado.

 Cerré la puerta y suspiré. No había sido una buena tarde. Estaba agotado y traté de olvidar el incidente. Sin embargo, cuando ya había acostado a la niña y me hacía algo de cena sonó el teléfono. Era el padre de la niña. Ni saludó. Lo siguiente que escuché fue un montón de improperios y amenazas, permanentemente era tildado de mezquino, cruel e inmoral. Quise argumentar, defenderme, pero fui incapaz. Me colgó antes de poder hacerlo.

 A la mañana siguiente llegué pronto a llevar a la niña al colegio y les esperé. Les vi aparecer y me acerqué justo cuando vi la niña corriendo hacia la clase. Me acerqué y saludé.

.- Hola, quería que me escuchaseis alguna explicación. Creo que ha habido un mal entendido y es todo bastante tonto y no hay, creo, que sacar de quicio algo que tiene una explicación bastante infantil y muy tonta.

 El padre me miró retador, con rabia.

.- Nuestra hija jamás miente. Nos parece casi denunciable que usted le esconda la pelota a nuestra hija y te burles de ella con tu hija. No sabemos que tipo de educación puede ser esa. Pero insisto, mi hija está educada para no mentir. No sabemos si tú puedes decir lo mismo.

.- Lo primero: respeto- dije en un tono ya algo elevado- el que necesita algo de educación creo que eres tú. El que parece ser que necesita recibir esa educación...

Creo que fue exactamente ahí, justo ahí cuando sentí el golpe en el entrecejo. Luego hubo alguno más, pero no recuerdo mucho más de la parte violenta. En algún momento sé que estábamos rodeados del personal del colegio y que había mucho alboroto. Fue así como tantos años después volví de nuevo al despacho de la directora, como entonces, como aquel, como el mismo.




sábado, enero 18, 2014

Procesión

 No creo en otros mundos. No es una duda, es una certeza. Aquí se acaba todo una vez que se acaba. Siento una especie de fascinación por los creyentes. Son capaces de creer y creen. Su creencia altera toda su percepción de la vida y son capaces de hablar con esa nada que personifican. Me resulta aterrador y admirable a la vez. Se encomiendan y suplican y le otorgan a la nada la capacidad de ayudarles o comprenderles y aunque esa nada que generalmente, si actuaran como creen que actúa, como poder absoluto, es cruel hasta el delirio, ellos justifican su crueldad. No creo en nada de eso. Les veo creer y no comprendo y posiblemente menos creo, si es que hay un vestigio escondido en mi, recóndito, que pudiera creer.

 La virgen salía creo que poco antes de mediodía. No recuerdo exactamente, pero casi seguro. Aquel año bajé hasta la avenida Lara. Fui solo. La avenida, cuando llegué, ya estaba abarrotada. Siempre escuché que era la procesión con más asistencia del continente, ese tipo de records que a los lugareños les fascina y exhiben con orgullo sin que quede demostrado de donde salen los datos de esa estadística. Lo que si es cierto y demostrable es que la ciudad se abarrotaba de gente y que la asistencia era masiva, excesiva, brutal. Kilómetros de la ciudad cubiertos de gente creyente, porque puestos a estadísticas, hay mucho creyente. Y ahí estaban con fe y devoción, orando, conjugados, suplicando algún favorcillo, algún leve recordatorio, que las cosas sigan más o menos como están, virgencita, pero si pudiera ser un poco de salud para mi padre. Un empujón en la hipoteca, un trabajo por salir, ese pariente agonizando. Uno pide cosas buenas, complejas de cumplir, pero buenas, sin mala intención, sin egoísmo, puro altruismo. Ahí estaba yo, pasando un calor apabullante, rodeado de esa masa que cuando sentía de cerca la figura pasando se crecía, se excitaba. Me metí en el bullicio de fe, sin mi fe a cuestas, pero con la fe de cruzarme con ella, que ni tenía ni idea de en que punto de la ciudad la esperaba y hasta donde acompañaban a la virgen. Sé que iba, con sus hermanas, con su familia y fui por cruzarme con ella y caminé tras la virgen y escuché ese mantra de rezos que terminaron por sumirme en un estado incomprensible, porque forcejeaba con los que iban más pegados a la figura elevada, casi como si fuera uno de los mas creyentes. No me quedé fuera, a un lado, acompañando sin entusiasmo, con la frialdad del que no cree. Me metí dentro, en mitad de la avenida, donde los penitentes y los feligreses más entregados iban buena parte del largo recorrido. Ahí donde sólo veía pies y manos y era tan complejo avanzar sin ser arrasado por la masa. Sudando y sin pensar, escuchando el rezo colectivo, la leve histeria de los más entregados, de los mas fervorosos. Empujado por esa río de fe, seguí avenida arriba, sin haber decidido previamente hasta donde ir, simplemente empujado por la fe de encontrarme con ella, sin saber para qué me quería encontrar con ella. Los cantos se sumaban como una especie de eco, como una capa, y esa capa sudaba, esos cantos sudaban y te hacían participe. Una mujer a mi lado gritaba, pero no entendía sus gritos. Los pies en el suelo confundían, se agolpaban y pensé en salir del epicentro de la procesión, salir a un lateral, sin embargo me vi incapaz de romper la dinámica. Pensé en la gente que conocía en la ciudad, la imaginé desperdigada por la multitud, me imagine sus pies sumados a esa masa de pies que avanzaban como sin pertenecer a nadie.

 Mucho más adelante, cuando ya habíamos abandonado la avenida Lara, logré salir a un lado y también salí de ese mantra. A los lados la fe era más contenida, igual de profunda, pero seguramente menos frenética. También en la fe hay estética. Empecé a ver la imagen de la virgen algo separada de mi, en ese baile que la zarandea en su lento avance. En el giro de la Morán para enganchar con la Venezuela hacia arriba, pensé que me volvería a casa, pero imaginé el resto de rincones de la ciudad fuera del recorrido de la procesión vacíos, silenciosos, un contraste extraño, donde solo caminaríamos los tipos sin fe, los pocos tipos sin fe de esa ciudad. En la Venezuela los espacios se ampliaron levemente, ya no era la estrechez agobiante. Avancé por el lado de la derecha. Pasé por donde ella había vivido tres años antes y sopesé la posibilidad de que estuviera por esa zona. Empecé a prestar mucha atención a cada rostro a mi lado, pero buscar una cara entre tanta cara es un ejercicio visual que desgasta y confunde y te lleva a ver esa cara repetida en muchas caras sin ser nunca. A la altura de la Avenida Vargas me detuve. Fui dejando ir a la virgen. Y me fui a un lado. Caminé sin mucho orden, sabiendo que un día así me tocaría volver andando hasta casa. Había renunciado a mi única fe que me había llevado hasta allí: la posibilidad de cruzarme con ella.

viernes, enero 10, 2014

Amelia

 A Amelia le gustaba el país, o ese concepto indescifrable y tremendo de país. Le gustaba el  país, decía, por que transpira muchas cosas. Por su olor, decía. Por su color y luz. Esos argumentos patrióticos a mi me dejaban fuera de juego. Más allá de parecerme cursis, no los entendía. Yo nunca entendí nada de eso. No era una posición ideológica, es que realmente mi cabeza no abarca un país en la cabeza. A mi Caracas no me huele igual que la carretera de Maracay o que San Felipe. A mi me gustaban muchas cosas de aquel país. Me gustaba cierto ambiente, me gustaba una amabilidad promedio, una calidez insólita, curiosamente me atraía la poderosa humedad de la costa, me gustaba una sensación inabarcable que percibía en ciertas zonas. Me gustaba la carretera que iba de Morón a San Felipe; hay algo en esa carretera que está lleno de emociones, pero no emociones al uso; en cierta manera uno está fuera del mundo en determinados tramos. Recuerdo una alcabala donde muchos años atrás mi viejo tuvo un episodio extraño con un policía deshonesto. Luego, avanzando por la carretera,  había un giro y salías a la autopista, en esa autopista casi me mato un día de año nuevo a las siete de la mañana. Quizá por eso me atrae tanto ese trayecto, porque inexplicablemente volví con vida.

 A Amelia le gustaba el país, a mi, visto en general, me encantaba el país, pero no como esa cosa gigante, sino porque muchos de sus trozos permanecen inamovibles. Esos trozos mantienen esa atracción de lo incomprensible. Así que acepté irme de viaje con Amelia al interior, zonas que yo conocía mucho menos o que no conocía. Pasamos seis o siete días por zonas del llano, paisajes inmaculados, soberbios, bestiales. Creo que hablábamos poco. No recuerdo conversaciones, recuerdo un silencio que nos resultó cómodo o con el que nos acompasamos. Los atardeceres bebíamos cerveza y fumabamos sin pensar en mucho más. En el Llano todo es Llano. No hay posibilidades de otras cosas. En el Llano uno no puede hablar de otro lugares. Todo sucede ahí, en un presente que avanza aislado. Convivimos con tipos de la zona que tampoco hablaban mucho y que al caer la noche ponían música inolvidable, de cadencia sosegada. Un par de noches nos emborrachamos severamente y escuchamos al negro caracol hablar de personajes perversísimos, deshonestos y crueles. Una mañana nos montamos en el auto y nos fuimos hacia la costa. Pasamos por ciudades que yo conocí años atrás. Encontré cosas muy cambiadas y otras exactas. El tiempo cambia y es estático a la vez. Cuando llegamos a la costa comimos junto al mar un pescado inolvidable. Ella me habló de su hija de un modo que a mi me dolía. LA vi comiendo el pescado sin urgencias y vi la playa descuidada y atractiva ahí al lado. Estábamos solos en el restaurancito, pero además parecíamos estar solos en cientos de kilómetros a la redonda, como si solo habitáramos allí Amelia, el dueño del restaurancito al lado de la playa y yo. A media tarde llegamos a Tucacas, alquilamos una habitación en una posada donde me comieron los mosquitos. Esa noche hicimos el amor sin demasiados aspavientos. En la posada no había nadie más. Estábamos a oscuras. Nunca encendimos la luz. Yo la escuché respirando mucho rato porque me costó dormirme a pesar del cansancio terrorífico Ella se despertó antes que yo, cuando salí de la habitación la miré con cierto pudor. No hablamos del sexo, recuperamos las conversaciones que habíamos tenido esos días. Fuimos pronto donde los lancheros. Fuimos a Cayo Sal. Estaba prácticamente vacío. Yo caminé por la playa, hice una excursión por partes del interior del cayo. Me quedé sentado encima de una madera, pensé en mi madre, pensé en mi padre, pensé en Madrid y Madrid me resultó francamente incomprensible, o no exactamente incomprensible, pero si una especie de pegote, en realidad en ese momento pensé que jamás volvería a Madrid. Pensé que de haber elegido donde nacer, posiblemente jamás hubiera decidido nacer en Madrid. No sé si hubiera escogido Venezuela, pero seguramente jamás España. Luego vi que estaba en mitad de Cayo Sal y pensé en Amelia. En realidad podría habitar en ese silencio, en esa distancia insondable y conjunta en la que llevábamos varios días. En cierta manera cada vez me aburría más hablar, prefería oír hablar a los demás. Volví a donde Amelia, estaba de pié en la orilla, tenía el pelo mojado y se cubría del sol con una blusa fina. El día en el cayo pasó amortiguado. Cuando volvimos al pueblo Amelia llamó a alguien. Volvió con gesto distante. Al día siguiente volveríamos a Caracas y yo dos días después cogería el avión a Madrid. En el trayecto hasta Caracas se nos averió el coche. Nos quedamos detenidos en un lado de la carretera. Amelia tuvo un ligero ataque de pánico. Mirábamos con recelo cada coche que pasaba. Se detuvo un tipo y Amelia me miró desde una distancia atroz. Amelia no le veía salida a aquello. Yo sentí un hueco en el pulmón, como si el oxígeno circulara por otra parte. Todo quedó en perspectivas erróneas. El tipo logró encender el auto. Llegamos a Caracas a media noche. Dormimos en un pequeño apartamento que el padre de Amelia tenia vacío en Chacao. A la mañana siguiente salimos a desayunar a Los Palos Grandes y nos despedimos con la seguridad de no volvernos a ver en varios años.

martes, enero 07, 2014

Músico frente al momento

 Compuso algunas canciones accesibles, con características al uso de la música dominante. Hubo un conato de éxito. Algunas personas de la industria entraron en contacto con él. Meses después, horrorizado por el espectáculo laboral que gobernaba aquel negocio, decidió romper un contrato que le mantenía ligado a una discográfica menor. Los siguientes meses se cubrió de dudas. En realidad era inevitable sentirse ligado a una fuerte moral y la música no podía ser ajena a aquello. Al fin y al cabo la música sale de los órganos, son parte corporal. Deambuló con anarquía por terrenos casi inhóspitos de su pensamiento, esas eras personales que se habita en una especie de autodestierro, se busca en uno mismo la comprensión del mundo, de los otros, de la vida en común, de la formación de las sociedades, de la vida en la tierra. Se trata de entender qué es lo que uno pinta y qué es lo que uno aporta a ese global, al mundo; de qué manera también uno es parte del engaño, de la desigualdad, de la locura. Habitó ahí, casi inacessible. Dejó de componer o compuso sin alardes, como componen los que se salvan de la quema con su instrumento. Hay quien compone, casi con toda seguridad la mayoría de los que creen en la música, porque no hay forma humana de comunicarse mejor, porque es un grito en la inmensidad, porque cabe la posibilidad que al otro lado, donde todo parece el silencio, alguien, uno solo, escucha y comprende o también comunica algo en mitad de esas ondas sonoras invisibles.

 Pasaron meses, posiblemente algún par de años. El tiempo de los cambios no se mide y es mejor no medirlo. Las prisas, las urgencias, el frenesí por alcanzar son la parte contra la que hay que luchar. Es eso exactamente con lo que hay que acabar. Eso es lo que uno, como poco, puede aportar: acabar de una vez por todas con la prisa, con la necesidad de acabar. El cambio, el gran cambio iba sucediendo sin saber exactamente si había un fin. Volvió a componer o no exactamente componer al uso. Hacía piezas, hacía argumentos sonoros. No había un fin, el fin era hacerlo. La estructura mundial de la música era exactamente lo contrario al espíritu real de la música. Se toca por festividad o por amargura, no para recibir la admiración. Hasta los escenarios le parecieron aberrantes. Tocó para público, claro; pero tocaba, como norma, como una obligación, a la misma altura, para eventos donde sucedieran más cosas: mercados, fiestas de cumpleaños o reuniones familiares. Nada del concierto por el concierto. La música debía ser parte de algo más, debía recuperar su esencia tribal: tocar para la tribu, para los otros, para musicalizar. Evidentemente la batalla ética no era sencilla. EL sistema tiene un arma a su favor terriblemente poderosa: la vanidad. Si en algo se sustenta el mundo es en ella, en ese veneno soberbio de la vanidad. Huir de ti mismo, darte el placer de ser aplaudido requiera de cierta fortaleza. Hay un final en el que es inevitable esperar el aplauso, una leve ovación, un suave reconocimiento; pero la decisión era firme, porque la batalla era por recuperar lo que casi agonizaba: el espíritu real de la música, ese lenguaje fundamental y necesario que une en lo no verbal, que conjuga y no eleva a un individuo, sino a un grupo vinculado por raices mucho más allá del centrismo de un solo individuo. La música es, sobre todo, sus oyentes. Así lo entendió y así comenzó su batalla salvaje entre el ruido y la melodía. Así fue el resto de su biografía musical.

viernes, enero 03, 2014

Tristán

 Viví trece meses en aquella residencia. Mi habitación la compartía con otros cinco tipos a cada cual menos aseado. La habitación, por las noches, antes de dormir, se convertía en una competición extrema y de altísimo nivel de eructos. Nunca participé y aquello, además, motivó que cada noche llegara más tarde y más borracho. Uno de los ventanucos de la cocina daba a un patio desde el que se veía la parte de atrás de un restaurante de menús baratos, por ese ventanuco transitaban las ratas más largas y delgadas que he visto en mi vida. Creo que casi siempre eran las mismas, lo que me llevó a ponerles nombre, sobre todo a una que tenía un aspecto especialmente triste: La rata Tristán. En verdad la Rata Tristán me trasmitía cierta ternura, porque pasaba por el borde del ventanuco con aire de mártir. Esa rata, era indudable, no llevaba buena vida. Aquel patio no tenía luz, y en realidad apenas era un patio. El ventanuco de la cocina de la residencia casi rozaba con el ventanuco de la cocina de aquel restaurante en el que muchas veces bebí, pero en el que jamás probé nada de comida. El patio era casi un tubo que salía hacia el techo de Caracas, allí arriba, donde terminaba nuestro edificio y el edificio del restaurante. Aguanté trece meses, pero los últimos apenas dormía allí, fui distanciando mis apariciones por mi habitación, mis compañeros me llamaban el fantasma gallego, creo que por eso aprovecharon para robarme algo de ropa que a su vez yo había robado a Ernesto y a otros amigos de universidad con los que me unía una amistad extrema, desigual y posiblemente interesada. Creo que fui olvidando mi relación con la Rata Tristán, porque yo a Tristán le había cogido cariño, pero Tristán no levantaba cabeza, su cuerpo se fue haciendo miserable con los meses, cada vez más escueto, cada vez más deshuaciado. Hasta el destino de las ratas es desequilibrado y de reparto terriblemente desigual. Tristán vivía en la indigencia, con todo lo que eso significa para esa clase de roedores. Fantaseaba con que Tristán me reconocía, a pesar de nuestra distancia, a pesar de nuestro resquemor inevitable entre ambas especies . A Tristán yo le hablaba de mis cosas, de las cosas que fueran mis cosas en aquella época. Mis cosas en aquella época debían ser muy poco concretas y con cierto aire de frenesí. Creo que fantaseaba con mi profesión, creo que también fantaseaba con dar un concierto para una multitud enardecida, a veces fantaseaba con olas de seis o siete metros que cabalgaba con precisión, a veces le hablaba de aquella chica de padres canadienses con la que salí algunos meses y a la que jamás me unió nada. Creo que alguna noche, en la cocina de iluminación evidentemente pésima, le dije a Tristán que algún día le sacaría de ahí: de ese patio miserable y apartado del que no se podía salir; que le llevaría a la alcantarilla de alguna avenida buena, que le liberaría en mitad de la Libertador o de la Venezuela. Soltarlo en algún acceso y dejarlo correr y disfrutar los privilegios de esas alcantarillas tremendas, gigantes, inexorables. Creo que fue a Tristán al único que le conté lo de aquel motorizado que casi me atropella de madrugada y que cayó rodando y deslizándose por el asfalto como si él mismo y la moto fueran algún tipo de aceite carburante. Creo que le conté a Tristán que salí corriendo en la madrugada, impulsado por esa tensión que tiene la noche de Caracas, una tensión extraña, como de inmensidad o de algo que se prolonga. Esa tensión rara que da algo cuando escuchas un grito muy a lo lejos y no sabes si es una fiesta o un delirio.  Yo corrí hacia la residencia como si me fuera la vida en ello, porque en realidad creo que la vida me iba en ello. El tipo iba borracho y con toda probabilidad armado. Entré en la residencia y estaba todo apagado y encendí la cocina juntando los dos cables y parpadeó el fluorescente y olía a mantequilla quemada y en ese momento pasó Tristan por el ventanuco y le conté a susurros, porque hay veces que uno tiene que contar, aunque sea a las ratas.

 Con los meses fui yendo menos a esa residencia y un día no volví. Ni siquiera busqué la ropa que tenía en aquel armario compartido. Me fui a casa de una señora de padres gallegos que me hablaba con distancia y con cierta severidad me contó las normas de aquella casa. Creo que con los meses me fui saltando una a una, pero también ella me fue cogiendo cariño y las cosas jamás fueron graves. Mi habitación era estrecha y daba a la cocina. Antes del amanecer escuchaba a la señora preparando café y suspirando. Cuando sonaba el despertador  me ponía en pié y miraba por la ventana: Caracas puede ser a veces terriblemente bella. Desde mi ventana veía otros edificios y parte de una avenida con tráfico imponente. Cuando salía a la cocina, la señora me saludaba y me regalaba una taza de su café. Apenas hablábamos. Yo luego llegaba tarde. Cuando entraba, la casa estaba oscura, sólo se veía la luz intermitente de un botón de la televisión y un reloj digital que siempre estaba adelantado o terriblemente atrasado, porque la otra opción no es que fuera una hora por delante, sino veintitrés por detrás. No recuerdo cuanto estuve allí ni por qué me fui. Luego compartí casas y fui transitando mi vida de un modo que a veces no recuerdo bien. Aquellos años se me amontonan, como si en cierta manera no fueran del todo una vida que me perteneciese, si es que en realidad, en algún momento, nos pertenece nuestra vida.

lunes, diciembre 16, 2013

Primavera

 Lo que peor llevé los primeros meses era el frío de esas horas. Conseguí el trabajo a finales de diciembre y antes del amanecer, en esa época, el frío no es sólo un asunto físico, va más allá. Parece una dimensión, un absoluto. Todo es frío, lo demás es un accesorio. Gobernado por el frío trabajaba como buenamente podía. Yo no estaba acostumbrado a esas temperaturas y las manos se me quedaban casi estáticas, como si se negaran a la realidad. Me costaba trabajar con los músculos tan entumecidos. El trabajo era muy físico. Entraba al mercado por la calle de carga y descarga. Ayudaba en la descarga de los camiones. Al cabo del rato habíamos vaciado entre quince y veinte camiones. No sólo el frío me dejaba sumido en ese estado vacío de emociones, también el olor de las carnes, de los pescados, se me metía en la sangre. Como si en esa zona del mercado no hubiera sino un estado atemporal. Como si las cosas no pasaran o pasaran sin más.  Las primeras horas eran las más duras del trabajo. Requerían mucho físico y a mi el frío me parecía un batallón indescriptiblemente fuerte, como esos partidos de futbol en los que juegas contra un equipo exageradamente superior al tuyo y te vapulean sin consideración dejando un resultado que de abultado no parece sino un chiste, una caricatura. El frío me golpeaba sin consideración y además como había que meter toda la carga en las cámaras frigoríficas, el frío se sumaba al frío artificial y había un dialogo entre los dos fríos que te dejaba la piel acartonada, seca. Apenas se hablaba. Yo padecía especialmente el frío, pero en general era una molestia para todos. El silencio parecía resguardar vestigios de calor y  hablar expulsara el poco que uno pudiera retener.

 Al terminar la descarga el mercado cambiaba de estado. Los locales empezaban a abrir y se organizaba con precisión la apertura. Rara vez aparecía clientela en el arranque, pero pronto estaba ya todo activo. Listo para el día. A esas horas el trabajo se hacía liviano. Hacía algunos recados para la gerencia y ayudaba con las cosas de los locales. A veces me daba para hablar con los Sánchez, los dueños de la carnicería con más clientela de todo el mercado: la Carnicería Hermanos Sánchez. Hablábamos de futbol. Ellos sólo seguían a su equipo, yo seguía casi todo el fútbol mundial y me gustaba su épica futbolera. Para ellos ganar el domingo iba más allá de una victoria, en realidad para ellos ganar era una derrota de menos, y en su radicalismo odiaban los empates: el resultado de la mediocridad, como decían. Otras veces bajaba a administración y ayudaba con los bancos. A media mañana el hambre emergía y me iba a almorzar donde Sara, un cafecito pequeño donde daban buenos bocadillos y un café  antológico.  La forma de las horas, la forma en general del día, era distinta desde que empecé a trabajar. En cierta forma, con las tardes libres, pero con sueño, las cinco de la tarde me parecían una nueva forma de noche y en la noche me espabilaba y no me entraba sueño hasta horas que le entra el sueño a los que trabajan en horarios más convencionales. Por las noches el mercado me parecía irreal. Veía partidos de fútbol en la pantalla y miraba por el ventanuco de mi habitación la forma de la ciudad que alcanzaba a ver. A veces trataba de recordar las playas, las playas de mi país. Otras veces miraba sin atención los partidos. En realidad, ver el fútbol en este continente me daba la sensación de estar viendo el fútbol en diferido. Nunca me gustó ver el fútbol si no era en directo. La imagen de unos jugadores que en el presente, mientras yo lo estoy viendo, ya saben en sus casas o en sus vestuarios, el resultado del acto que están realizando en la pantalla, le quita, para mi, cierta tensión, el dramatismo necesario que da el desconocer el futuro. Los partidos que veía en la habitación los veía en directo, en esas horas de la noche, de tarde allá, en mi país, que parece imposible que nadie juegue al fútbol; sin embargo a mi todo aquello me parecía diferido, la luz de la tarde sobre el estadio, las gradas coreando esos cánticos indescifrables para los micrófonos de la televisión. Me costaba conciliar el sueño y a veces las horas pasaban espesas, y veía el reloj y casi ya me tenía que poner en pié y cruzar la ciudad para ir hasta el mercado. El día daba una vuelta extraña, porque como muchas veces había dormido por la tarde, no sabía si ya era ayer u hoy. A veces me parecía que iba dos veces en el mismo día al mercado, a veces, que sin darme cuenta, me había pasado un día por medio sin ir. A veces tomaba el café antes de salir, me hacía una cafetera en un pequeño fuego eléctrico que tenía al pié de la cama. Me lavaba en el grifo que tenía pegado a la cama y trataba de no hacer ruido, porque los de las otras habitaciones eran gente con cierto mal humor. Cuando salía a la calle me daban ganas de insultar bajito al frío. Insultarlo susurrando, como se insulta a un mal jefe cuando se da la vuelta y sabes que no te escucha. Un día llegué al mercado sin frio. Marquez, un buen muchacho que hacía casi el mismo trabajo que yo, en vez de darme los buenos días con esa voz amable con la que me saludaba cada día, me dijo: "ya se viene la primavera. Ya se viene, Gauchito"

Idea

 También está el problema del exceso de las ideas y de la autoría de las ideas. En general el problema es la autoría, pero también el exceso. Las ideas, como tal, no pertenecen. El exceso de ideas también nos aisla. La idea para ser comunicada necesitada de otro u otros, de un colectivo, de un receptor. La idea habita en los otros, necesita de ellos, no existe sin ellos, sin su interpretación; que es la aportación definitiva a la idea. El exceso de ideas nos separa. Habitan las ideas, en épocas de exceso,  en esas individualidades tan marcadas. Se mueren sin encontrarse con los otros. El problema es que hay tanta idea que ninguna habita en su lugar natural, en el exterior, donde se desarrolla y crece y se prolonga en el tiempo y se instala en el colectivo. No necesitamos más ideas, lo que necesitamos es que salgan y se desarrollen, se conjunten como tal. No necesitamos un atasco desorbitado de ideas. Una trombosis ideológica. Un tapón por exceso. Si algo hemos concluido o estamos empezando a comprender es que el exceso no deja sino vacío de lo que trae. El exceso, y esto parece inevitable, trae desajuste, reparto caótico, reparto inevitablemente desigual. La aspiración no es el exceso, la aspiración es el desarrollo y el exceso tapona, no transpira. Necesitamos ideas que respiran, que habitan y vienen sosegadas y crecen lentamente.

jueves, diciembre 05, 2013

La cebolla

 Esto es una cebolla más que una narración. Tiene tantas capas que olvido cuál fue la capa original y cómo se aglutinaban. Esta es la capa visible, o está por verse, porque no es la primera vez que esto se escribe. No exactamente así, como está siendo escrito; pero debajo de este texto habitaba otro texto que venía de otro texto y de allá, como un eco lejano veía otro y otro. No era un juego literario inicialmente, y creo que ahora tampoco lo pretende. Curiosamente todas esas capas del texto se fueron montando en la realidad, como una especie de autobiografía. Sin embargo, algunos acontecimientos fueron haciendo que los textos anteriores sufrieran algún tipo de accidente y no terminaran siendo textos: se borraron, se perdieron, se olvidaron...

 Creo que la idea original venía de una pequeña anécdota de algo que sucedió en la calle o de algo que fue escuchado o de algo que fue recordado en un momento puntual y que visto desde otra perspectiva parecía idóneo para ser trasladado a, por ejemplo, un cuento. Evidentemente la idea no era esta, era otra cosa, que curiosamente fue olvidada, dejando tras de si, ese halo místico del que se cubre toda cosa olvidada. Era una idea de algo casual, un fragmento de una biografía anónima, un asunto curioso. Días después aquello se había perdido por los recovecos insondables de la memoria. Aquel argumento peculiar por más que se buscaba no aparecía. Una mañana de diciembre soleada y hermosa, la idea no acudía, por más que se buscaba en la sala de espera de un hospital. Sentado en una de esos bancos de asientos de plástico duro que se vuelven terroríficos pasados diez minutos. Un viejo temor a las salas de espera trajo el halo del argumento sin volverlo concreto, se sabía de un argumento y seguramente rondaba en algo parecido a aquella situación, pero no venía. El nervio estático de la incertidumbre que da la espera de resultados médicos hicieron que un nuevo argumento tratando de recordar aquel viejo argumento se empezaran a trazar como borrador. Se escribía con la incomodidad de la situación y con la dificultad de teclear con los dedos en las miniaturas de un smartphone. El viejo argumento nunca llegó, pero a cambio se adaptó la situación a texto. Se escribía, trasmutando los personajes. Lo que era un individuo esperando se convertía en una pareja que se parecía a la pareja que había enfrente. Se narraba la incertidumbre de una paciente acompañada de su marido. Su marido que, despistado, recordaba el partido de futbol de la noche anterior de su equipo. El número en la pantalla. El camino hasta la consulta. La frialdad y educación de la doctora.; y ahí se detiene el borrador porque el que escribe, en el lado real, es llamado por su número para pasar a consulta. Las noticias en la consulta son buenas, muy buenas. Una forma de vida se evapora de golpe. Diez años de medicación se acaban. De repente, en boca de una doctora dulce y muy explicativa,  se da por finalizado un tratamiento pesado. La euforia de las buenas noticias hacen del paciente que nada más salir de la consulta llame a sus íntimos y comunique la noticia. Pasan varias llamadas. Camina por la calle con énfasis. Una nueva etapa arranca y lo charla con su pareja y con sus íntimos. El día pasa, camina, trabaja y finalmente, varias horas después, se sienta a escribir esto, con la idea inicial de concluir el texto que había arrancado en la sala de espera. Cuando abre la página donde había arrancado a escribir no hay sino un vacío, una página en blanco. Entonces escribe esto, narrando lo que narró o resumiendo algo que había acontecido y aquí acaba.

lunes, noviembre 25, 2013

Familias en vacaciones

 No sé si íbamos o volvíamos de vacaciones. Creo recordar una sensación de laxitud, por lo tanto casi seguro volvíamos. Nos paramos a comer algo rápido, las niñas eran muy pequeñas y reclamaban alimento con sollozos y algún gritillo. Era pronto para nosotros, tarde para ellas. Nos paramos en un sitio al uso. Camiones en el estacionamiento amplio, letreros altos que se muestran a la carretera con ansiedad, ese murmullo del tráfico y la fugacidad de los clientes. Entramos y pedimos cosas para las niñas y algo para nosotros. No sé si ya estaban o llegaron cuando ya llevábamos un rato. Creo que me empecé a fijar en ellos, cuando se sentaron con sus bocadillos. Era una familia de cinco miembros, Triste, repleta de esos patrones de familia con problemas. No sé exactamente qué problemas. Como nosotros volvían o iban de vacaciones. Se sentaron en una mesa en la que entraban apretados. No se hablaron nunca. Nadie miro a otro. Lo único que uno podía percibir era desprecio de unos a los otros. Las dos hijas jamás cruzaron mirada, el hijo más pequeño miraba hacia algún lado en los perfiles de la sierra que se veían a través de los ventanales del comedor, con una mirada de desprecio existencial que jamás había visto en un tipo tan pequeño. La madre miraba el bocadillo como el que mira el abismo, el vacío, la nada que lo engulle todo. Jamás había visto una reunión de seres humanos tan violenta sin haber violencia física ni verbal. La violencia lo imperaba todo en esa mesa, en sus bocadillos, en sus manos, en su desprecio a todo lo que les rodeaba, sobre todo ese violento desprecio de los unos a los otros. No había ni siquiera complicidad en sus mutuos odios. La hermana mayor se levantó a buscar ketchup en la mesa de al lado y los dos hermanos desde sus sillas la miraron como el que mira al que comete un acto repugnante, criticable, pero no se miraron o sintieron la empatía del que detesta lo mismo, como esos fanáticos futboleros que son de un equipo, pero sobre todo son anti otro equipo: en realidad su pasión no es ese equipo que van a ver cada domingo, su pasión es ese odio al otro equipo al que le dedican cantos y rimas sencillas pero cargadas de insultos. Ni siquiera había comunión en sus odios comunes. No se miraron como ratificándose el uno al otro: "sí, es gilipollas". No. Si llegaron a mirarse, que no lo creo, fue para esquivar sus mutuos desprecios al otro. Tampoco la hermana les miró a la vuelta, como mira el que vuelve al destierro junto al enemigo. El padre, que parecía no habitar ese instante, como si se hubiera instalado en una realidad paralela, parecía un tipo tranquilo. Él no parecía detestar o no al menos detestar tanto como los entre si y a él. Sin embargo por su sola ubicación en la mesa, se sospechaba que con toda probabilidad era él mas detestado de todos. El chico, que era el más pequeño de los hermanos, miró un momento a una de mis hijas. Fui incapaz de descifrar su gesto mientras miraba a la pequeña corretear entre mesas, disfrutando de su recién aprendido modo de andar. La miró, y yo le miré mirarla, pero no sé que gesto era ese. Creo que dejó de haber desprecio. Esperé algunos segundos, una sonrisa, pero nunca vino. Hubo un gesto impasible, ese gesto inmóvil y ausente como el del que ve la televisión con desgana. Poco más. Me fui a pagar y pensé en el mundo, en el equilibrio del mundo y dudé del reparto y de esa malinterpretación del desarrollo. Hay teníamos una familia completa, bien vestida, seguramente con una vida relativamente amable. Seguramente sin grandes derroches, pero sin excesivas asfixias y sin embargo se respiraba una profundísima infelicidad. Afuera un coche, unas semanas por delante para estar en otro lugar, quizá alguna playa y nada de eso dejaba caer un ápice dulzura en aquellos rostros. Pagué, con mis hijas nos fuimos al parking y nos subimos al coche. Seguimos el viaje.

domingo, noviembre 17, 2013

Las perchas

 La vieja se ha despertado poco después del amanecer, a esa hora azulada, que parece inexacta: no es de noche, no es de día, acabas de despertar, pero el cuerpo te pide sueño. Una hora puente, una hora que te recuerda quien eres exáctamente. Eres ese cuerpo desperdigado por un colchón, confuso, algo desubicado. Luego te desperezas, te vas haciendo al día. Superas esa especie de Jet Lag que es despertarse. La vieja se ha puesto en pié y ha mirado por la ventana. Llovía con intensidad de la época. En noviembre llueve como sólo llueve en noviembre. Es como cuando llueve en julio, en julio sólo llueve así. Esa lluvia le ha dado algo de rabia a la vieja. El duelo tan reciente y esa lluvia son mezclas explosivas. Desde el fondo del tuetano a la vieja le ha venido una de las máximas filosóficas más demostrables de la historia de la humanidad: "la vida a veces es una puta mierda"; pero el desanimo no ha durado más de dos minutos. La viaje gobierna su existencia bajo un sentido de la supervivencia sobrenatural y conoce los recovecos del dolor con la sabiduría y la experiencia del que va de vuelta de todo. La vieja sabe que la felicidad es un bien no escaso, sino extraño: la felicidad asalta, difusa, inexacta, esquiva, en la esquina más remota de la biografía. A la vieja, por ejemplo, le resulta de una felicidad desbordante preparar la cafetera, arrancar el día. Por más que el duelo sea tan reciente, por más que cada mañana todavía le golpee a hostia pura y dura la cara de Jesús agonizando. La ventana de la cocina da a los patios de atrás, donde años atrás correteaban ratas del tamaño de gatos y donde los niños jugaban campeonatos de fútbol con finales épicas y llenas de irregularidades en el arbitraje. La vieja dice que lo más extraño de internet es que ya no se ve a niños jugar en las calles. No lo dice con nostalgia, lo dice con una extrañeza sobrecogedora: como el que habla que anoche vio naves espaciales bordeando el lago de la casa de campo. Los niños no juegan en la calle y antes las calles eran el espacio de los niños. Antes el conflicto es que los niños, asalvajados como ahora, como siempre, golpeaban con violencia balones que a veces amenazaban el equilibrio de los ancianos al andar. Antes el problema es que esos capullos no tenían cuidado con la gente que pasaba por la acera. Ahora no están: ¿Dónde coño se meten los niños? se pregunta mi vieja mientras remata la primera taza de café de ese domingo lluvioso.

 La vieja hoy no tiene planes. Se los inventa sobre la marcha. Cuando acaba el día se lo ha rellenado con habilidad. "No evito la tristeza, no la huyo. Evito sufrirla todo el rato en el mismo lugar. A la tristeza también hay que moverla. Hay que sacarla de paseo como a esas mascotas que se les coge el cariño de un hijo". Lo mismo saca cajas de ropa vieja, como que reordena libros, como que coge el coche y se va a ver al hermano del difunto o a su hijo mayor. La vieja desplaza la tristeza por la ciudad, como si jugara a despistar a un gps. La viaje ya no se anda con juegos, ya no retiene el llanto, el llanto más profundo de su existencia. Tampoco detiene esos pensamientos inabarcables, inmensos. Esa poderosa sensación del vacío. Ayer mientras guardaba una camisa de Jesús se quedó mirándola en la percha, inútil, colgando como ese trozo de tela que es, sin valor. No dijo nada más que algo tan profundo como un: "Tú fíjate". Tú fíjate como ya nada, como de esa percha cuelga la camisa en una imagen absoluta del absurdo. Una percha y una camisa en un armario de una casa cualquiera. En esa percha cuelga el vacío.

miércoles, octubre 30, 2013

Maratón

  A esa hora las enfermeras apagan las luces de los pasillos y de las habitaciones. Se instala un silencio inalterable. En las habitaciones los enfermos están estáticos, dominados por las dosis de altísima medicación y por las células más fuertes de su cuerpo que ya casi se ha devorado a si mismo. Su madre habla del pasado, de su batalla existencial y mira a su marido, acurrucado, con ternura y resignación. Los dos hijos que están ahí para verla no son hijos de él, pero le han tomado un cariño casi paternal. La figura de ese hombre marchito ha sido fundamental en su biografía común y en la sensación de felicidad ligera de todos esos años de atrás. Uno de los hijos mira la hora y le dice que ya es hora de volver a casa, se aprieta las zapatillas y estira un poco los músculos; atravesará la ciudad corriendo. La madre les besa y se despiden con cierta rutina ya, los días de hospital se acumulan tan monótonos que esa rutina empieza a parecer una rutina eterna. Los hijos miran al hombre, dormido, recreando quien sabe que escenas de su vida, ahí, en esa laxitud química. El corredor mira la hora, enciende la música y sale corriendo. Nada más salir encuentra la anchísima avenida donde está el hospital. Son las primeras horas de frío del otoño. El silencio de las zonas periféricas y la ausencia de tráfico imprimen una sensación delicada a las horas. Las primeras zancadas son extrañas, a esa hora de la noche el cuerpo no parece esperar ponerse a correr. Avanza avenida hacia abajo. Una chica por la acera, frontándose las manos para entrar en calor pasea a su pequeño perro que corretea. El corredor, la chica y el perro se cruzan casi sin mirar. En las casas hay luz, reflejos de televisiones encendidas. Sigue sin pasar un sólo coche. A lo lejos se ven los perfiles del centro de la ciudad iluminados con conciencia. Los edificios históricos moldean una figura indescifrable junto a los edificios que pretendieron ser modernos y vanguardistas en la primera mitad del siglo XX y que definen con bastante exactitud el carácter de casi todo un país. El corredor se desvía por una cuesta, pasa al lado de las cocheras del metro, un montón de vagones parados, en esas vías que dan por finalizado cualquier recorrido subterraneo de la ciudad, todas las vías llevan a las cocheras, como el fin inequívoco de todo. Un hombre, muy abrigado, camina entre algunos vagones con una linterna. Las instalaciones gigantes de las cocheras, con su luz apática, apenas deja ver la silueta de ese trabajador solitario. Unos chicos fuman marihuana pegados a la valla, silenciosos, como si la marihuana les hubiera sumido en esa sensación de extraña quietud que habita toda la zona, el humo de la marihuana sobrevuela como un espectro extraño por encima de sus cabezas, el corredor pasa a su lado y siente de golpe ese olor indiscutible. Los chicos le miran pasar como si el corredor dejara estela o viniera corriendo desde el más allá. Le siguen los pasos varios metros, quizá todo lo que el giro de sus cabezas les permite. El corredor ya lleva buen ritmo y los chicos parecen ver no a un ciudadano más corriendo, sino a la metáfora de todos los corredores de la historia. Abajo de la cuesta, el corredor alcanza otra avenida vacía, de frente ve ese solar abandonado que años atrás fue una piscina de nombre pretencioso: "Piscina Miami"y que cerraron porque más que bañarse, los bañistas se habían aficionado a traficar con drogas con el cloro como excusa. Ese trozo de avenida, una vez pasado el solar del que sólo queda el letrero moribundo pero hermoso para una fotografía de "Piscina", termina pasando por debajo de un puente, arriba otra avenida silenciosa pasa. El corredor escucha bajo el puente sus zancadas multiplicarse sonoramente, parece que corren seis, por el otro lado un hombre de aspecto extranjero le mira con desconfianza, ya ni los atletas despiertan tranquilidad en la noche.  El hombre va fumando y va poco abrigado para el frío que ya empieza, camina con nervio, pero no el nervio del que viene de algo agitado o va a algo turbulento, camina con el nervio del que habita en la prisa, aunque ya no la haya. Al salir la avenida atraviesa un parque donde una pareja se entretiene corporalmente casi llegando al sexo, la figura del corredor los desconcentra de la atracción y le miran pasar con desprecio, como si el corredor hubiera escogido a mala fe pasar en el mejor momento a su lado para romperles, con mala intención, el momento en el que los cuerpos, internamente, se desprenden del pudor. En ese momento el corredor nota el primer golpe de sudor, eso que los adictos al deporte llaman romper a sudar, ese momento que el cuerpo expulsa las primeras gotas y el físico parece entrar a coordinarse como una especie de sinfonía ligera. A un lado aparece la parte de atrás de un centro comercial casi abandonado. Una chica saca la basura de uno de los dos cadenas de restaurantes que sirven comidas peligrosas a los adolescentes despistados, mientras suelta botellas y bolsas en los contenedores habla por teléfono: "Ya le dije yo que es mejor no hablar. Ya me queda poco para salir y voy para allá" El corredor entonces se encuentra con la curva, comienzan las primeras bifurcaciones, las calles se estrechan. Aparece el río, se cruza con otro atleta que lleva un ritmo más suave que él. Se miran. Cruza por el viejo puente. EL tráfico, de repente, sube la intesidad. Los coches que bajan del centro pasan con ritmo. Mientras cruza el viejo puente ve el agua triste de ese río triste con reflejos que tiritan con desgana. Al final del puente un grupo de adolescentes grita y salta sin un fin concreto. Uno de ellos le dice al corredor:"Vamos que ya falta poco". Una vez cruzado el puente atraviesa por el parque donde tantas veces jugó de niño. No hay nadie, ni siquiera luz. Al final del parque comienza la cuesta terrible que da acceso al centro, justo al lado de la catedral y el palacio. En la cuesta se cruza con una chica que sube con esfuerzo y que se asusta al verle aparecer por su espalda, el corredor pide perdón. El corredor siente ganas de parar y hacer el resto de la cuesta andando, pero no se deja vencer por el esfuerzo y sigue. Arriba o casi arriba pasa por una de las puertas laterales de la catedral, un cura, vestido de cura y con caminar de cura le mira, entre asustado y nervioso. Se detiene, el cura piensa que es un atracador. Finalmente alcanza el final de la cuesta con la respiración a ritmo completo. Gira por la calle llana. Frente al palacio, algunos extranjeros se hacen fotos y sonrien. Por las calles del centro la carrera cambia. Evita a algunos peatones. Las tribus urbanas se parecen cada vez más entre sí. Las formas de las calles, cada zona, moldea la forma de sus peatones. Llega a la vía grande, el tráfico es furioso a pesar de la hora, los letreros de los teatros anuncian estrenos con títulos pomposos, el semáforo está en verde y frena la marcha, varios peatones junto a él esperan para cruzar. Del otro lado ve a alguien que conoce y que no le apetece saludar, se acomoda la gorra para seguir. Se mete por las calles más estrechas, las que ya le acercan a su casa. En la plaza del cine abandonado hay una pelea durísima, se escuchan sirenas, una prostituta grita mientras llora, invoca a satanás. Se mete por la calle de los restaurantes, le da olor a México o a un olor que el recuerda de México. Sube el tramo, pasa por la puerta del cine pornográfico que está cerrado. Una chica con gorro simpático casi se tropieza con él, se miran sonriendo, también los tropezones pueden ser amables. En la plaza de arriba un tipo toca guitarra, pero en un estilo poco habitual, canta con falsete y se mueve como si sonara una orquesta entera. Gira, toma la calle que termina en su calle, acelera porque tiene ganas de llegar. En el portal se encuentra a la vecina más simpática del mundo, le pregunta por sus hijas. Sube las escaleras a buen ritmo y abre la puerta. Todavía huele a cena. Saluda a su pareja, se acerca a la habitación de las niñas que duermen con las bocas abiertas, como si soñaran con fuentes de agua. Se tropieza con un juguete que hay en el suelo y una de ellas balbucea entre sueños. La carrera ha sido, a su manera, una Maratón. El que corre para avisar que allí, donde se libraba la batalla la guerra casi termina. La vida continúa.

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