lunes, junio 15, 2015

Los choques

 Entiendo tarde que uno de los problemas del mundo son las luchas internas, las miles de luchas internas que hay en cada parcelación de la sociedad. Uno puede ponerse todo lo remilgado que quiera, pero a nada que se observe con cierta atención ves que por supuesto que existe una lucha de clases, y en general muchísimo más feroz y despiadada  que lo sospechado o que lo asumido. Y este tema es tratado con frecuencia por estudiosos o ideólogos. Pero además hay una lucha que también tiene sus víctimas y una permanente batalla, y es la lucha generacional. Y en este país es, seguramente, un problema grave. El poder económico y de los medios lleva demasiados años siendo de una generación que no asume los cambios con facilidad y dicta desde una visión, con frecuencia, del miedo a lo nuevo, el pensamiento colectivo. Cuando pienso en esto pienso sobre todo en gente de mi alrededor, mayores que yo, que llevan años consumiendo los mismos medios de comunicación, los mismos columnistas de opinión, las mismas líneas editoriales, que tienen como guías de la opinión a sus mentes lúcidas, en las que creen, rodeadas de un halo de lo que se llama la sensatez, el equilibrio,  de cierta moderación. Han escrito el relato del presente y llevan varias décadas escribiéndolo y los mayores de mi alrededor son los lectores de ese relato, un relato dominante y que cada vez encuentra menos lectores de mi generación para abajo. Y uno de los problemas que veo de aquí en adelante es que su relato y el que no se escribe aún de las generaciones posteriores cada vez va a chocar más y cada vez va a producir más distancia y me temo que esto va a volver los próximos tiempos a este país en una cosa posiblemente cada vez más crispada y cada vez más revuelta.

miércoles, junio 10, 2015

La mutación

Llevo dos o tres años mutando. Creo que no es un proceso individual. Hay algo que se ha removido a nivel global mucho más allá de lo evidente, pero no tengo la perspectiva histórica como para hacer un análisis. Por ejemplo, un detalle nimio,  durante algunos años este blog era una rutina en mi vida, algo con lo que tenía un contacto permanente. Mucha gente en mi entorno tenía un blog, los usaba y era consumidor de blogs. Hoy el blog, este formato como tal, parece anticuado. Ese uso que hubo hace cinco, seis años de los blogs parece desaparecido, y bien visto tiene sentido, ha pasado más de una década desde que empezamos a usarlos. Todo este lenguaje de los blogs, ese uso que se hacía, ha ido transformándose en otra cosa. En cierta manera se ha ido transformando el tamaño de lo que contamos. No estoy de acuerdo en que la velocidad o lo escueto hayan empeorado las cosas, esas nostalgias suelen ser falsas, la memoria suele ser lo primero que nos miente y en general esas reflexiones suelen tener algo más de reacción que de adaptación. Creo que tengo la edad suficiente para notar que el mundo ha variado. Hay mil detalles del día a día que ya son distintos. Llegué a Madrid a finales de siglo y la ciudad se ha transformado mucho. Hay variaciones en las construcciones, tiendas nuevas, reformas de plazas, nuevos edificios, pero también las transformaciones sociales, esta ciudad ya ha cambiado con respecto a aquella que era cuando llegué. Tiendo a ver que los cambios son una cosa muy difusa, que va sucediendo permanentemente y que es un tira y afloja. No sé si el mundo fue mejor, lo que sí creo es que el mundo pudo ser mejor: es decir, tuvo la oportunidad de ser mejor. Que en general se va han ido perdiendo, permanentemente, oportunidades de hacer del mundo un sitio mejor. Estos dos o tres últimos años, quizá cuatro, lo que sucede es que esa mutación de lo que fuimos a lo nuevo que seremos, tiene que ver más con un descrédito de lo que hemos asumido como real, como inamovible. Habitamos aquí, y parece complejísimo darle la vuelta, pero cada vez hay menos gente que cree en esta forma de vida. A veces me sorprende hasta la persona más insospechada, esa que crees absolutamente insertada en este sistema, con un discurso fugazmente hiper crítico con esto. Casi nadie acepta ya esta vida entorno a lo laboral, se acepta, pero cada vez más gente le ve las fisuras a ese disparate. Sólo hace falta tener un hijo para comprender que la forma en que estamos organizados es delirada y va contra la vida esencial de los seres humanos. Somos capaces de hacer por la vida laboral cosas que vistas con perspectiva, son enfermizas, épicas, pero esa épica terrible que nos lleva hacia el delirio. Somos capaces de hacer por el trabajo lo que no somos capaces de hacer por cambiar la vida, por modificar el mundo. Somos capaces de pasar tres horas al día en transporte público, para pasar nueve horas en una oficina y volver a casa exhaustos. Somos capaces de soportar con paciencia la hostilidad de pasillos en el entorno laboral, ser sumisos ante exigencias incomprensibles, de tipos que están por encima en una escala ridícula de la organización empresarial. Somos capaces de organizarnos con tipos que detestamos para sacar un departamento de una empresa cualquiera adelante, y no somos capaces de organizarnos con los que amamos para vivir en un entorno más amable. Estamos mutando sí, y nos va la vida en ello. Y sin embargo seguimos en ello.

martes, junio 09, 2015

Ignorante

 Yo no tengo ni idea de las cosas. Sé muy poco de casi nada. A veces me atormenta esa ignorancia. Quisiera saber más, quisiera comprender más, no ya sólo lo ajeno, a veces incluso mis propios pensamientos, que de no ser tan ignorante como soy, al menos podría modelarlos con más eficacia, verbalizarlos, asumirlos y ser capaz de manejarlos. No aspiro ya al conocimiento enciclopédico que sé que jamás tendré, sino, tan sólo, a cierta capacidad de comprensión. Me abruma saber tan poco. De cada tema del que siempre se puede leer o escuchar, siempre mi conocimiento navega en un agujero negro, lleno de vacíos. Intuyo cosas, apenas algunos datos, pocas reflexiones. ¿Dónde he metido lo poco que sé y por qué no me ha dado tiempo a saber más? Qué frágil, además, lo poco que aprendí. Pero no quisiera conocer por ese uso mercantilizado de conocer. Quisiera saber para comprender.  No quisiera saber por poseer conocimiento, sino por comprender lo que leo y lo que pienso, pero comprenderlo de verdad, desde el tuétano. No aspiro sumar saberes como el que compra coches: también el conocimiento se ha vuelto consumista, el aprendizaje capitalista: la monetización de lo que sabemos. Quisiera conocer para comprender ciertos flujos o la cadencia de las cosas. Para poder capturar con precisión lo que escucho o determinadas intuiciones que pasean por mi cabeza. Quisiera saber más para comprender y poder aplicarlo. Quisiera saber para pelear con conocimiento por un mundo más justo. Quisiera saber porque me resulta tan abominable, y cada vez más, esta estructura social en la que habitamos. Quisiera desmontarla con criterio no con intuiciones. Saber porque eso que me resulta terroríficamente cruel y desigual lo es. No es una cabezonería, lo intuyo. La forma en que está desorganizado el mundo es evidentemente atroz, pero es atroz por lo evidente y por más asuntos que no alcanzo a entender. Soy ignorante y nunca sabré, y sólo el que algo sabe, puede producir el cambio en si mismo y en los otros. Lo poco que sé es que la mayoría de nuestro conocimiento, ese saber que impera desde lo poderoso es un saber vacío. Observar a un político o a personajes públicos emitiendo opiniones, viene en la mayoría de los casos lleno de palabras sin contenido, de significantes vacíos. En esto hay un ejemplo cotidiano, el uso permanente que se hace de la palabra sensatez. La sensatez soy yo. La sensatez es los que piensan esto que yo pienso. Todo este conocimiento en forma de agujero negro es lo que nos tiene paralizados. Y aquí entra de nuevo ese no conocimiento que padezco. Intuyo que esto es relativamente cierto, pero no puedo argumentarlo, no sé porque esto que intuyo es cierto, con lo cual no tiene ninguna validez. Sé que habitamos en un saber vacío, en un saber sin nada. Las ideologías, las reflexiones políticas de los que me rodean en el 90% de los casos no llevan saber detrás: es una maraña de emociones, de prejuicios y de acto de fe, pero no es conocimiento. Hay casos que se asemejan al conocimiento, tipos que manejan con habilidad cierto entender, pero nos movemos, y en mi caso el que más, en una masa de cosas que intuimos, pero no desciframos.

viernes, abril 24, 2015

Cayo Sombrero

 En el año 93 pasé tres o cuatro noches en Cayo Sombrero. Uno de esos viajes que sólo puedes hacer con diecisiete años. No hay físico, posteriormente, que resista salvajada corporal semejante. Fui con mi hermano y con un amigo del que casi no recuerdo ni el nombre. Llevábamos poquísimo dinero con el que basicamente compramos Pan de Sandwich, mortales barata y anís. Sospecho que me produje daños irreparables en el cuerpo después de aquello. No puedo afirmar que me lo pasara bien. Creo que sí, pero lo que me viene cuando lo recuerdo es una nebulosa de resacas y de borracheras poco delimitadas entre si. A veces muy borracho, a veces en la nausea y en el malestar físico, tirado en medio de la arena de ese playa formidable.

Recuerdo pocas cosas, recuerdo juntarnos con mucha gente de distintas ciudades, caraqueños, valencianos, barquisimetanos. Beber con ellos de una forma casi primitiva. Recuerdo una fogata por la noche con música a todo volumen y la sensación de no estar en un lugar muy concreto del planeta. Pero lo que más recuerdo es a un español mayor que yo, quizá cinco o seis años mayor que yo. Viviendo el momento con verdadero frenesí. Recuerdo hablar en un momento con él. Acercarme y charlar no sé muy bien de qué. Le pregunté por España, de la que ya me costaba recordar cosas. No habían pasado muchos años desde que me había ido, pero me fui siendo un niño y ya era un borracho de diecisiete. A mi me sucedía algo curioso mientras vivía en Venezuela, era una especie de falsa nostalgia que en realidad era una forma de curiosidad. Mi vida en España se había diluido extraña en la memoria, pero yo confundía aquel esfuerzo por recordar con la melancolía. Hacía esfuerzos por recordar las calles, las ciudades donde viví. Me venían imágenes y olores de Vigo o de Madrid, pero en realidad no lo echaba de menos. España me daba igual. Había una curiosidad rara. Se parecía a cuando lees un libro que sucede en una ciudad que no conoces e imaginas los escenarios, las calles que se describen y haces un esfuerzo por casi palparlas, porque en cierta manera esa imaginación sea más real. Aquel español me habló de España con ligereza. Fue breve. Dijo un par de obviedades y algo así como que España estaba cambiando mucho. A mi aquella España, no la de ahora, en la que ya llevo viviendo muchos años, me venía marcada por la forma de ser de mi padre, en cierta manera para mi la lejana España era la forma de ser de mi viejo. Cierta austeridad vital, cierta amargura, hostilidad y alegría, diversión y chascarrillo, nocturnidad y tristeza. Mi padre vivió más de la mitad de su vida en la dictadura y su manera de ser y vivir, como para casi todos los españoles de esas generaciones, la vida le iba muy marcada por esos rasgos y esa personalidad social de la dictadura. Pero aquel español un poco mayor que yo de Cayo Sombrero me dio de golpe otra España. Una España frenética, desapegada, de un hedonismo algo impostado, un poco más sofisticada que la España que yo tenía en mi cabeza. Aquella España no se parecía a lo que yo recordaba de España. Tampoco voy a ir a análisis sociales o históricos. Todo se movió en un terreno más bien difuso de las percepciones de un tipo de diecisiete años, bastante desubicado vitalmente. No recuerdo muchas cosas de aquellos días durmiendo en la arena, salvo, insisto, la permanente sensación de borrachera. Me crucé alguna vez más por el cayo con el español. Siempre iba en animo festivo, pero desde la perspectiva de distancia. Nunca convivía sin filtros. En realidad habitaba aquella realidad como observador, casi como narrador, con cierta soberbia. Todo le parecía "muy loco" en su viaje por aquel país. Volví de aquel viaje sin nada de dinero, logré volver a Barquisimeto con mi hermano pidiéndole el empujón a un autobús que volvía el viernes santo hacia la ciudad vacío. El autobús estaba destrozado y nosotros íbamos con el cuerpo inundado de alcohol y absolutamente agotados de los días durmiendo poco y mal. Nos subimos al autobús vacío y el conductor apenas nos miró. Llevaba un compañero que fue casi todo el viaje de pié a su lado, lo que parecía una odisea porque el autobús vibraba como si habitáramos encima de un terremoto permanente. A ratos cabeceábamos, a ratos mirábamos el paisaje hipnótico de esa carretera. En un momento dado le pregunté a mi hermano por España, por cómo la recordaba. España era un asunto extraño en nuestra cabeza, éramos españoles, pero habíamos dejado de serlo con una velocidad pasmosa. En cierta manera, una de las cosas más desconcertantes de la vida en Venezuela, fue que dejamos de ser de ningún sitio, pero no por una decisión o un razonamiento. En cierta manera habíamos borrado España, pero tampoco nos pertenecía la cultura y las costumbres de nuestro nuevo país. Como los tipos de la serie Lost, era como si nos hubiéramos quedado en una isla indescifrable en mitad del atlántico en nuestro vuelo cuando viajamos de Santiago de Compostela a Caracas. Esa sensación o percepción de nosotros mismos se implantó con fuerza en casa, con nuestros viejos, entre nosotros mismos. Esa percepción en realidad nos ha seguido mucho tiempo, incluso a veces colea, esa extraña sensación de no saber muy bien dónde queda tu casa o tu origen: el desarraigo. Y ese desarraigo me explica también mi percepción de España ahora. Siempre me resulta inexplicable. Aquella España que representaba mi viejo cuando vivíamos en Venezuela y la que arranca con aquel tipo de Cayo sombrero, que se parece a la España de ahora.

lunes, marzo 16, 2015

Cinco años

 El sábado cumplió cinco años D. No voy al tópico del "qué rápido ha pasado". No lo siento de ese modo. Sí siento lo irrecuperable de eso. Nada de eso volverá. Nunca más D volverá a ser bebé o empezará a gatear, no irá por primera vez a una guardería o entrará por primera vez al mar. Nada de eso volverá, ese tiempo es irrecuperable ya; pero rápido no ha pasado. Creo que sin duda han sido los años más felices de mi jodida vida. No sé si por ser padre, que tiene mucho de trabajo extenuante, o porque mi hijas me caen muy bien y me lo paso francamente bien con ellas. Salir de viaje con ellas, ir en el coche cantando o jugando a alguna cosa es, por extraño que parezca, de lo más divertido que he vivido nunca. Cumplió cinco años y vinieron un montón de niños del colé, niños que nos han ido uniendo a sus padres, gente absolutamente desconocida hace nada y con la que ahora hay un trato fluido e incluso un cariño creciente. Creí que iba a llevar con mucha incomodidad esa parte de la paternidad y sin embargo ha resultado que nos hemos encontrado con gente con la que es sencillo relacionarse y con la que incluso te sientes a gusto. El caso es que el sábado en casa hubo un montón de gente. Gente nueva, nuevas relaciones. Veía a los niños y sus padres. Esas biografías escribiéndose despacio. Esos vínculos potentisimos de hijos y madres y padres. Parejas más veteranas o más recientes. Luego sin darme cuenta empecé a proyectar posibilidades. ¿Qué niño sería el primer en largarse de ese grupo? ¿Qué niño será el que en el futuro deje de hablarse con su padre? ¿Habrá alguno que pierda pronto a la madre o al padre? Ahí, colgados en ese presente de niños y padres protegiéndoles, en esa inexacta sensación de eternidad, ¿quién rompería pronto el fuerte vínculo? ¿Qué vida llevará esa amiguita de gesto melancólico? ¿Dónde irá a parar ese presente fugaz, hacia dónde irán esas vidas? Me quedé escuchando a un padre que hablaba con humor de los cuidados de los niños y me invadió una nostalgia atroz por ese instante. Ese instante que me costará recordar. Que no sabré bien quien estaba, como se llamaban esas amigas y amigos de mis hijas que vinieron a la fiesta de cumpleaños, que dudaré de si fue el de los cinco o el de los seis o el de los cuatro años de D o el de los tres años de P. ¿Qué será de la vida de aquella pareja francesa y la niña pequeña? ¿Cómo se llamaba la hermana pequeña de tal? ¿Hacia dónde va ese momento? ¿Qué sale de ahí?

La nada

 Tengo malas noticias para el chavista de a pie: la revolución fue un desastre, el chavismo fue muy poco efectivo y se perdió en la bronca; porque el chavismo básicamente sobrevive en la bronca, y seguramente el chavismo esté en la más pura agonía. Es una mala noticia, porque estoy absolutamente convencido que muchos creyeron en aquel discurso. Había una ilusión y una especie de despertar y con casi toda certeza hubo gente defendiendo a capa y espada aquello por la ilusión de un mundo mejor. Pero tengo muy malas noticias para los antichavistas: el país tenía una calidad democrática muy cuestionable antes de Chávez. Se que es difícil verlo y seguramente me podrían caer ladrillos si me lee algún viejo amigo, pero yo me volví de Venezuela en el año 97 y no me volví separándome de mi familia y amigos porque aquello fuera un Edén. Sí, suena duro, pero Venezuela estaba vuelto mierda ya en el 97 y no lo digo con rencor o rabia, realmente llegué a asumirme a mi mismo como venezolano. Para mi fue doloroso y triste largarme de allí. Me temo que ya era un país muy fracturado, muy mermado y con unos niveles de pobreza alarmantes. Por cierto, que el fin de semana que salí de Venezuela hubo cien muertes violentas en las calles de Caracas, así que me temo que la violencia ya era cultural antes de todo este desastre. Supongo que sí, que todas esas estadísticas se han multiplicado. Pero de verdad que creo que debería observarse con atención la tendencia previa si se quiere solucionar los problemas de un país de raíz. Si de verdad estamos preocupados por el estados de las cosas. Ojo, no estoy defendiendo el chavismo. Yo vi una pancarta con un Chávez enorme recibiéndome en el aeropuerto la última vez que fui allí y sufrí varios de sus programas de radio en cadena mientras viajaba en coche por las costas sobrecogedoras de un país alucinante. A mi los ídolos, héroes y figuras mesiánicas me caen mal y me parecen basura: en la política, en la música y en la vida misma. Vi el estado inmóvil de las cosas. Pero no inmóvil como virtud. Había algo agotador en ver que algunos de los huecos en el asfalto seguían en el mismo punto, creciendo inapreciablemente durante todos esos años que no los vi. Todo sujetado en el aire, como si el mundo se hubiera detenido. Me es difícil explicar aquella sensación, pero se parece a la claustrofobia. Es decir la inmovilidad, la nada, es lo opuesto a revolución. El chavismo se parece a la nada. Una nada extraña. Como una masa viscosa que se posa sobre las casas, sobre los muebles, sobre el asfalto. Es complicado escribir sobre Venezuela, porque estoy lejos, porque soy bastante torpe y porque es muy complicado escribir sobre un país en ese estado. Pero más allá de mi opinión con el estado interno de las cosas, lo realmente preocupante y de lo que sin ser analista político uno puede llegar a predecir, es el estado en el que va a quedar Venezuela después del uso internacional que se está haciendo. Ahora mismo un país entero, con sus dramas, con sus disputas y con sus reglas está siendo usado única y exclusivamente como ficha en una partida de ajedrez. No es difícil proyectarse dos años adelante, cuando nada de eso importe ya, esté como esté el país. Me aterra esa irresponsabilidad mundial, ese uso marketiniano del drama, esa carencia democrática en la preocupación real sobre conflictos. El uso casi pornográfico en algunos programas de Tv para usarlo como arma arrojadiza ahora que estamos en campaña, ahora que en realidad la política es una permanente campaña. Las cosas asumidas porque sí, sin un mínimo análisis del asunto. Es nauseabundo y sirve para ver que la política no es política, sino una torpísima campaña de marketing donde la masa gente es tratada como consumidor, no como ciudadano y en medio se quedan aislados los habitantes. Sobreviviendo en medio de un drama de difícil gestión, tratado como partido de fútbol. La vida como una semifinal del mundial. Animando a uno de los dos equipos, como dos opciones inamovibles. Sufriendo las decepciones como se sufre con ese equipo que animas en un partido al que golean cruelmente, celebrando los goles como si fueran tus victorias. Tengo malas noticias para Venezuela, en menos de un año no saldrán en las noticias, de este ni de otro país. Seguramente, internamente las cosas no hayan cambiando mucho y la posibilidad de un análisis real de las situación, y la posibilidad de un reciclaje real se vaya esfumando. Más adelante habrá elecciones y o bien ganará de nuevo el chavismo o bien ganará el antichavismo, unido en sólo bloque de pensamiento único, uniforme, sin aristas. Dos mitades cuyo único criterio es joder al otro. En ambos escenarios habrá un país ingobernable, absolutamente crispado hasta que  algún político internacional vea cierto interés, de nuevo, en remover el asunto para agitar fantasmas y usarlo como marketing. Y así ad nauseam o hasta que la sociedad, de un lado a otro sea recorrida, por fin, por un halo de espíritu democrático y asuma que resolver el asunto va mucho más allá que el de marcar un gol.

Pero hoy es difícil ser optimista. En Venezuela, en España o la India.

lunes, febrero 23, 2015

Política programada

A principio de siglo parecía que la televisión tal como la entendíamos se iba a extinguir. Aquel maremagnum de novedad que venía arrollando todo que era internet parecía que iba a acabar con la televisión. Algo así como: "internet kill the tv star"; pero el tiempo y la evolución de las cosas tienen tantos recovecos y son tan indescifrables que a veces parecen producto del capricho, y la tv ha ido tomando una nueva personalidad. No soy quién ni tengo herramientas para analizar el cambio ni mostrar diferencias. Simplemente las detecto, las percibo y cuando recuerdo lo que fue y lo que es percibo notables diferencias. No soy fan de la televisión, lo que me convierte en un portentoso imbécil pues trabajo en ella. Soy un hijo de esa difusa generación que creció con unos ideales no muy claros, que no se sabían muy bien de donde venían, píldoras de ideas que se nos iban dando sin hacernos pensar mucho en ello. La televisión era mala, pero nunca pensamos exactamente porqué era mala; en general tengo una percepción muy nociva de la televisión. No le tengo mucho aprecio. Consumo series, algunos deportes (Cada vez menos, ya casi nunca) y asuntos puntuales. El caso es que la televisión ha mutado a otra cosa, levemente, sin bruscas transiciones y está sabiendo sobrevivir de un modo peculiar. No tengo estadísticas por edad del consumo de televisión. Tengo la sensación de que la televisión se ve de mi edad hacia arriba.

 Pero cuando la veo noto que el lenguaje ha cambiado mucho. Más allá de los ritmos, que inevitablemente se aceleran. Noto que la televisión se muestra más plástica, más banal y más dada al espectáculo circense, pero sin pudor. No soy capaz de emitir juicios al respecto. Cada quien ve la televisión que le da la gana. Lo que si me tiene cada vez más descolocado es el uso de la política en televisión. En cierta manera, en esta época convulsa, parece que la televisión ha tomado una postura muy clara y muy meditada para el show político. Tengo la sensación que ese trato que a veces lleva una cadencia y un contenido enormemente parecido a los reality, es absolutamente premeditado y tiene una intención. Frivolizar la política al punto de convertirla en uno de esos realitys, amortigua la rabia y el pensamiento crítico y lo vuelve todo disparatado, humorístico, una comedia en directo. Los políticos se vuelven personajes y no personas y las críticas se parecen a las críticas que hacemos del último capítulo de breaking bad y no a la de un asunto en el que nos va la vida. Frente al casi caduco desapego político, que ha ido agonizando por esta extraña nueva política. La prueba evidente es la elección de los personajes que lideran los partidos: aptos para el show, para encarnar un personaje muy preciso, con características muy evidentes. Fáciles de dibujar. Se hace política para la televisión, es aquella la que se adapta a la pantalla. La que se amolda.  Esas tertulias disparatadas, donde se analiza a lo loco. En pantalla se rotula una notica de última hora y los tertulianos se acomodan a una opinión inmediata. No hay transición. Todos se acomodan, hablan alto. Se indignan sin mucha trascendencia. Y en una especie de paranoia tiendo a ver todo este show, cada vez más creciente, cada vez más cómico, más marcadamente plástico, pienso que eso está pensado, pero no pensado desde departamentos que buscan dar altos índices de audiencia. Creo que es un modo de placer, de narcotizarnos. Como si todo nuestro pensamiento político sucediera ahí y ahí nos tuviéramos que posicionar. Me cae bien el que opina parecido a mi, detesto al otro, que es un memo. Y ahí sucede la batalla.  Nos indignamos con ese loco que dice barbaridades y aplaudimos al que colocamos en el lado de la sensatez, esa sensatez que siempre colocamos en nuestro lado. Soy frágil y tiendo a estas paranoias, pero a veces este show parece que tiene un fin: tenernos adormecidos, indignados ahí, frente a ese tertuliano impresentable.

domingo, febrero 22, 2015

La convulsión

La convulsión, la arcada, la nausea. Eso me parece este momento histórico. Es curioso, porque cuando era más joven, era incapaz de ver el asco sin sentirme inmiscuido en él. Ahora no. L edad te hace cínico, lo cual creo que no es buena noticia. Creo que he tomado conciencia o quizá me he manipulado a mi mismo para ver el mundo desde un punto de vista que, hoy, me parece atroz. Entre otras cosas se me ha caído el mito de la democracia. Digamos que conocía sus carencias o las carencias en el modo que estaba aplicado en los países que he vivido, pero en esa transformación mental o automanipulación (uno no debe creer mucho en lo que uno piensa, en general también eso está absolutamente intoxicado) lo que percibo hoy es que no existe, no hay democracia. Hay una violentísima, por silenciosa, por disimulada, lucha de clases. Hay una ausencia absoluta de diversidad. Nadie acepta lo mínimamente opuesto y ridiculizamos y llevamos al insulto y al asco lo que es opuesto. Todo se mueve en el terreno de lo autoimpuesto y habitamos en barricadas nada definidas, en una guerra que no lleva a nada, porque en verdad nuestro bando no existe. Lo veo hoy aquí, en España, lo veo en Venezuela, donde viví. Allí quizá sea más extremo. Me pasa con lo de allí que aborrezco a los dos bandos definidos. A la justificación de unos y otros, a las mentiras que se cuentan para afianzarse en su odio y legitimizar su rencor y su rabia. A estas alturas poco puede quedar de una fe revolucionaria. Llevan demasiados años como para creer que exista una transformación, y sus discursos vacíos y sin fondo, llenos de lugares comunes y de vaciedades, que por otro lado conllevan siempre un fondo de violencia hacen que del chavismo no me crea nada; pero un sentimiento muy parecido me despiertan los otros. No me creo nada de lo que dicen. Todo en ellos es desprecio y sus frases están repletas de lo que tanto critican de los otros. No voy a poner ejemplos, este blog me lo escribo para mi y con seguridad nadie me lea, no tengo que argumentar. Llevo años pensando sobre Venezuela. Unos desquiciados por una indigestión bestial de poder, otros resentidos y malcriados que jamás aceptaron nada y ni se pararon medio segundo a tratar de entender. En mi timeline de Facebook, se suceden frases violentas contra el gobierno, hastiadas, desquiciadas, pero generalmente llenas de contradicciones entre lo que exponen en esos ataques violentísemos y las vidas que poco después muestran. Soy un ignorante, trato de entender, pero nunca entiendo nada. Venezuela agoniza y está lejos de ser una democracia, pero la salud de la democracia no se mide sólo por lo institucional. En general lo que leo de los que critican, que sus razones tendrán, no lo dudo muy sanas, sean posiciones democráticas. No existe democracia en ninguno de los lados: directamente en Venezuela no se acepta y se odia al otro. No hay posibilidad de un acuerdo. Hace años leí una definición de democracia que me pareció la más acertada que había leído: Democracia es ese acuerdo donde todo el mundo queda moderadamente disgustado. No veo a nadie dispuesto a quedar moderadamente disgustado. Simplemente unos y otros quieren la extinción del opuesto.

 Aquí la cosa no respira mucho más sana. El auge de Podemos está desenmascarando lo que llevaba oculto años. El bipartidismo se había asumido, casi ya nos lo comíamos sin masticar, como si nos hubiéramos intoxicado de esa especie de virus que aletarga: el bipartidismo como mecanismo sano y limpio después de cuarenta años de dictadura. Casi no cabía la duda. Había hartazgo, pero no había surgido el asco. La cadencia del paso de los años en la entrada del siglo empezó a sacar un olor pestilente a las calles y el asco apareció, y cuando el asco aparece cada uno reacciona como buenamente puede. El asco genera reacción y aquí estamos. Las carencias huelen mal. No hay democracia. Hay un teatrito, y no hay más que ver los programas de tertulias para ver en qué calidad de show andamos metidos.  Volvemos a la capacidad de disgusto para un acuerdo de convivencia y ciertamente, aquí nadie tiene ganas de convivir si las cosas no son como uno piensa. El como cada uno se apodera del concepto de la sensatez y de la ecuanimidad: el infierno son los otros. Se están montando las barricadas, se hace difícil dialogar. Damos por sentado lo que piensa el otro y todo se dispara. No hay hueco para lo otro, porque el infierno son los otros. Pero más allá de lo ideológico, que en mi caso, siendo tan difuso siempre, tiene algunas cosas bien claras: no soporto el uso del terror. No lo soporto, me genera exactamente la reacción contraria. No soy rencoroso y no soy violento, soy iracundo y me enfurezco, pero no soy violento, sin embargo este uso del terror y del pánico, me genera una especie de rabia, es un sentimiento reaccionario. Si me metes miedo me hago más temerario. Miedo me da salir a correr por las noches y ver los contenedores llenos de gente buscando comida. Miedo me da recordar los turnos de las enfermeras que me cuidaron durante cincuenta días en un hospital repleto de gente. Recuerdo aquel encierro con tanta frecuencia. Una de las habitaciones en las que estuve daba a la ciudad deportiva del Real Madrid, cuando aún no se había convertido en cuatro torres mastodónticas, fue el verano que el equipo  entranaba por última vez allí, después de la venta salvaje de los terrenos donde después se construyeron esas cuatro torres raras, bastante incompresibles, ahí alzadas, como si se hubieran equivocado de sitio. Desde el hospital se veía entrenar a los famosos jugadores, sobre ese césped verde recién regado, corriendo ajenos al exterminio. Una de las noches, como muchas otras, hablé con las enfermeras, les pregunte por turnos, por horarios, por sueldos, creo que yo, con 27 años en ese momento ganaba más que ellas. No recuerdo la cifra exacta, pero recuerdo que la mañana siguiente el Madrid fichó a David Beckham por algo así como 24 millones de euros y un sueldo que soy incapaz de recordar. Hay tipos inteligentísimos que son capaces de argumentar y defender porque esto sucede, leyes de mercado, dinero que generan y tal: a mi, directamente, me da bastante igual la capa de argumentos que hay detrás de eso. Lo que produce intangiblemente cada una de esas enfermeras, jamás lo producirá David Beckham arrastrando un balón por el césped de un estadio. Y poco espero de un mundo que aplaude, celebra, comprende, justifica e incluso espera que esto sea así por siempre.  No puedo explicarlo con sustancia y cabe la posibilidad de que esto suene terriblemente demagogo y vacío o qué cojones sé yo y en mi mundo ideal todo el mundo tendría mucho menos y sería caos y un mundo insostenible: eso siempre me dicen esos lumbreras y brillantes cerebros que justifican el delirio. Pánico da un tipo cruzando el mar de un continente a otro para buscar la huida o la posibilidad. ¿Te has puesto en la piel de ese tipo que pasa penurias por cruzar una frontera? ¿Te has imaginado que tú vida es esa y no la tuya? ¿Te pertenece de verdad tu vida? ¿De verdad todo lo que tienes lo mereces? ¿Es eso todo tuyo? ¿ Exactamente qué has decidido de tu vida? ¿Qué de todo esa construcción que es tu vida te viene dada por eso que consideras que es tu mérito? Si no hubieras nacido dónde naciste, si tu madre hubiera sido de otro modo, si tu padre no hubiera tomado determinadas decisiones y tu profesor y tu mejor amiga te hubieran enseñado otro grupo, si aquella novia hubiera resaltado otras características de ti, si las cosas hubieran sido distintas en la universidad, si toda esa enorme construcción social hubiera sido opuesta sería tu vida como ha sido, te hubiera dado el mundo y eso que asumes como destino esa vida que asumes que es tu vida, sólo tuya. Honestamente, creo que no.


lunes, febrero 16, 2015

La insensatez

 Uno de los asuntos más llamativos en las discusiones sobre política es que generalmente todo el mundo habla asumiendo que su punto de vista es de la sensatez y el del sentido común, colocando inevitablemente al otro que no opina como él en la radicalidad o la insensatez. En general tenemos un punto de vista muy estrecho sobre la opinión política. Hablamos de percepciones como si fueran estadísticas, hablamos de gente y de organización como si esto no fuera un entramado ingobernable y desquiciado. En general nuestra opinión política se basa más en el prejuicio que en lo racional y está llena de abstracciones difícilmente concretables. En política lo que no nos gusta nos recuerda y nos evoca  episodios de la historia atroces y asumimos verdades inamovibles con la velocidad con la que te comes una galleta. Es difícil pensar en política, sin embargo es imposible no pensar, porque en realidad todo es política. Cada decisión individual o colectiva es una decisión inevitablemente política, cada cosa que hacemos es un posicionamiento vital. El problema es que asumimos que política es esa cosa local, esos debates sobre chascarrillos de los partidos nacionales. La personalidad o la actitud de cierto individuo. La política es otra cosa. El asunto real es que la política es otra cosa o debería ser otra cosa. La política representativa se ha vuelto un absurdo, un show de entretenimiento, un engañabobos. No sé qué creo. Mi idea abstracta de la política es una cosa muy vulnerable. Cualquier tipo la desmonta con facilidad o con datos y estadísticas insobornables. En mi caso, ignorante y bruto, siento poco respeto por ciertas estadísticas y datos, porque en general respeto poco el modo en que está organizado el mundo. Respeto a la gente que se organiza por el bien común, eso básicamente es en lo que creo y eso suele ser poco numérico. Por ejemplo pienso mucho en el cuidado que hizo mi madre de su pareja cuando este enfermó y dependía exclusivamente de ella para no morir como un trapo, abandonado a su suerte. Esa dedicación impagable no es numérica y sin embargo la humanidad está aquí gracias a los billones de actos así que han sucedido hasta que hemos llegado hasta aquí. Una cosa que reventó mi manera de pensar fue cuando tuve mi primera hija: todos hemos sido bebés, todos hemos dependido hasta el extremo de los otros. Y no sólo eso, sino que con casi toda seguridad la mayoría volveremos a depender. Dependeré de mis hijas cuando yo enferme o de mi pareja o de alguno de mis hermanos o ellos de mi. El entramado de cuidados en el que nadie repara como un número fundamental para el sostenimiento de la sociedad, para la organización, y que, aquí sí, volviendo a los números, tantos beneficios silenciosos le otorga al mundo.

¡Qué insensatez cuidarnos!

martes, febrero 10, 2015

El guión

 La realidad debe ser algo así como lo que no se nombra, lo que se da por hecho, lo que no se encierra en palabras. La realidad no se nombra, por amplia y por presencial. No hay palabra para nombrarla porque es todo. En cierta manera, y bajo es premisa, hay palabras que deberían ir desapareciendo. Por ejemplo: absurdo, desquiciado, extraño. Estos días estoy acudiendo a una especie de vaciado de realidad. Estoy viendo las cosas con una perspectiva extraña. Por ejemplo ese show de la política representativa. El modo en que el poder político establecido actúa. El modo en que los medios acompañan ese show, esa permanente y desquiciada transformación de la realidad. No existe diferencia entre la creación de un guión cinematográfica y la creación de la realidad política. Luego poner en marcha ambas cosas: guión y realidad política, llevan procesos parecidos. Complejo aparataje técnico, extras, decorados e interpretaciones.

 Hay veces que hay que mirar por la ventana y ver el día que hace, el paso de nubes, la amenaza de lluvia, el frío que no cesa.

martes, enero 27, 2015

Vida de atleta moderno

Vive como si todo fuera un entrenamiento para una competición olímpica. Como si la vida tuviera una cita clave con la eternidad. Como uno de esos spots que anuncian con sobredosis de épica un evento deportivo de máxima audiencia, que habrá una final, un momento que marcará un hito. Vive como si la vida fuera a sucederse, a examinarse, en un momento preciso, en una especie de partido único. Se entrena. Su vida es un permanente entrenamiento para preparase para ese evento. Se mide, se cronometra, se examina. La vida como series de quinientos metros para bajar una marca que le resulta casi inalcanzable. Se esfuerza y se esfuerza hasta el sobresfuerzo en pos de esa victoria, de esa imagen en la que alza los brazos victorioso, de ese momento en el que entonces, por fin, su vida merece la pena. Concentrar la vida a un encuentro, a una disputa con el tiempo, con esa imagen extraña y psicodélica de fondo que existe del éxito. El éxito como el concertado absoluto de la felicidad, la esencia total del sentido de la vida. Un instante allí, delante. Una cita única, irrepetible, sin revanchas ni segundas oportunidades. Todo allí, delante. Y aquí entrenándose para llegar, para estar en las mejores condiciones. Vivir entrenándose de acuerdo a un plan preestablecido, de acuerdo a un cronograma definido, con los pasos identificados: una hoja de ruta. Todo allí, en ese instante total. Todo allí, aquí el boceto, el ensayo, el ponerse a punto. Entrenar para llegar, para ganar, para alcanzar el éxito, para lograr la felicidad. Todo allí, aquí nada.

miércoles, enero 14, 2015

El cambio

 Lo cierto es que todo se había cubierto de una capa parecida a la de la grasa en las sartenes viejas. Una capa adherida e indivisible, que casi te narra y te da la visión de los años que esa sartén ha estado friendo huevos. En realidad nos parecemos más a viejas sartenes que a otra cosa. Los años quitan brillo, ese esplendor de la sartén recién comprada que casi da pudor usar. ¿Cómo chorrear aceite sobre ese metal tan reluciente? Sin embargo vas friendo, año tras año, y cuando te das cuenta la sartén es vieja. La metáfora podrá ser tosca, pero acertada: todo se había cubierto de grasa.

 Su vida, ese cúmulo de días, de experiencias dispersas, de horarios no siempre elegidos, había transcurrido relativamente ligera. Conocía varios buenos restaurantes de la ciudad. Conocía la mayoría de las capitales europeas, había asistido a miles de actividades culturales. La vida promedio de un tipo de mediana edad, en una ciudad de la Europa del arranque del siglo veintiuno. Un individuo habitando en ese pequeño y curioso laberinto de los pequeños placeres, de los pequeños problemas, del comfort y la seguridad: el último hombre en la tierra. No supo cómo exactamente, no hay marcas definidas o las hay demasiado abruptas. Las transiciones o son inapreciables o son al corte. No hay transiciones rítmicas. O te cae una maceta mientras pasabas por una acera o vas pasando de la infancia a la adolescencia en un ritmo inapreciable. No suceden las cosas de un modo intermedio. No le pasó a él. Todo era ligero y todo dejó de serlo. ¿En cuánto tiempo? Vaya uno a saber. Un día el trabajo flojea, aquello que parecía perenne se hace caduco. El flujo de llamadas es más bajo hasta desaparecer. Se enredan las cosas, aquella gente que te daba trabajo en sitios ya no está, han cambiado de vida, también afectados por sus ritmos y transiciones invisibles. Las dinámicas profesionales, aquellas que creía asumidas han ido variando también, todo había estado sumido en la inapreciable transición de las cosas. De repente es más torpe en un entorno en el que no lo había sido. Inapreciablemente ha envejecido. Un buen día no sabe dónde ir, ni siquiera es valorada como tal su profesión: es casi un hobby de internautas aburridos. De repente ha visto una pared, es el final del laberinto y no encontró la salida. Mira atrás. Se sienta abrumado, rehacer caminos, rebuscar salidas le parece, de repente, una odisea para la que se ve incapaz. Las piernas están cansadas. Mira de nuevo. Se sienta en el suelo. Durante varias horas piensa sin pensar en nada. Ese estado mental en el que estamos pocas veces. Pasa el tiempo sin urgencia. ¿Y si todo consistía en no hacer nada? ¿Y si la verdadera revolución, el cambio definitivo, es sentarse y no hacer nada? Habitar. Simplemente habitar. Como esos animales que pastan sosegados, inmóviles, en praderas infinitas. ¿Y si al final todo consistía en no hacerlo? Ni siquiera retrasarlo, postergarlo: no. No hacerlo jamás. Mirar y quedarse quieto, ver  el brillo y el esplendor de un presente eterno.

martes, enero 13, 2015

Uno y el universo en 2015

Durante un tiempo escribía en este blog prácticamente a diario. Un buen día, en una decisión no del todo consciente, fui, paulatinamente, deteniendo el ritmo hasta tener algo más claro: no sé muy bien el qué. No he pasado grandes crisis en mi vida, pero es cierto que tengo varias marcas o puntos de inflexión mental. Los cambios de ciudad han sido unos, la operación y trombosis, indudablemente fueron otro, y seguramente el más agudo e importante; y desde hace un par de años, he pasado el punto de inflexión más prolongado y también el más difuso y extraño. Mis hijas sosegaron del todo mi cabeza, aunque pienso que en cierta manera ya venía bastante sosegado, o ese sosiego relativo al que puede aspirar un trabajador normal, en una ciudad de cinco millones de habitantes en un ritmo vital como este, en esta época de la historia: un sosiego francamente relativo. Desde hace tres, casi cuatro años, no obstante, tuve un golpe casi visual, y creo que aunque podría parecer aislado, tiene mucho de colectivo. Digamos que vi de golpe, me entendí de repente, como individuo social. Como otro ladrillo en el muro, por usar una metáfora posiblemente torpe.  De repente me atosigó que yo no era una isla, con mi vida relativa, con mi costumbres, con mi forma de ser, sino que mi percepción de individuo estaba muy marcada, invisiblemente, por el dónde habito, aunque lo hubiera obviado, aunque no lo hubiera percibido, aunque jamás me hubiera percatado de esa cuerda que me trenzaba a los demás, a cada uno de los seres humanos. De repente no era un ¿quién soy? sino un ¿dónde soy? El primer paso para ese golpe visual fue ser padre, claro. A mi ser padre no me afectó negativamente. Creo que cuando fui padre ya estaba bastante saturado de mi mismo como para agobiarme por perder el foco sobre mi mismo y enfocar a un ser humano diminuto. Si recuerdo que nada más nacer mi primera hija me venía con frecuencia una imagen cuando hablaba con adultos, fuera quien fuera ese adulto, me lo imaginaba como bebé, absolutamente dependiente de unos cuidadores y no individualizado como les percibimos y nos percibimos de adultos. Era una imagen muy recurrente. Podía estar viendo una película y de repente la imagen me invadía de lleno con el esplendoroso protagonista: George Clooney o Scarlett Johansson. Me daba igual. De repente, fuera de ese foco texturizado del cine, me venía la imagen de ese ser humano como bebé, necesitado de un cambio de pañal o de comida. Alejado de esa individualidad, podía ver a ese ser absolutamente dependiente de los otros. Todo aquello empezó a modificar mi propia percepción. Empezó a golpear mi visión existencial. Digamos que hasta entonces, irresponsablemente, no me había planteado demasiado eso. Cuando hablaba con un adulto lo percibía en el presente, como ser aislado. Ser padre me empezó a dar la visión histórica de la individualidad de cada uno. Todos veníamos de depender. En cierta manera aquello fue el origen de un big bang, no sólo era el bebé el que dependía, es que básicamente nuestra vida depende de los otros.  Así se fue gestando un cambio de percepción, no sin una profunda sensación de absurdo. ¿Cómo cojones no me había dado cuenta de la obviedad? Lentamente, esa visión iba acrecentándose, y se iba instalando en cada pensamiento. Mi relación con el entorno se veía afectada por esto. También fue invadiendo mi relación diaria con escribir. Lo que hasta entonces había sido bueno, de repente me pareció innecesario. No criticable, ojo, innecesario,. Me detuve. Creo que desde entonces, salvo con mi relación con la música, he pasado un tiempo más de observador que de actor. La crisis hospitalaria me trajo una productividad brutal. Una de las cosas que concluí después de los días de hospital era que no pensara que quería escribir cuentos, sino que los escribiera, no pensar en hacer canciones sino hacerlas. En cierta manera creo mucho en esto. No busco, y creo que jamás buscaré, hacer obras completas. Mi relación con las actividades artísticas tiene un enorme parecido a la de esa gente que trabaja durante la semana y los fines de semana se dedican al bricolaje o manualidades por placer. Hace no mucho estaba con mis hijas y mi pareja en una actividad de música, la tipa que dirigía la actividad y mi pareja estuvieron un rato hablando y al cabo del rato le dijo que yo hacía música, no le dijo que era músico, le dijo "hace música" y me sentí absolutamente identificado con ese termino de hacedor. Pero igual que aquella crisis hospitalaria disparo al hacedor, esa crisis social disparo al observador. ¿Cómo escriben los que asumen que somos entramados? ¿Como hacen música los que se alejan de la individualidad? La verdad es que tampoco he llegado a conclusiones. Pero aquí estoy, volviendo a este blog que siempre me ha servido para darle cierto orden a esa forma caótica que tiene mi pensamiento.

miércoles, septiembre 24, 2014

Los amigos de Juan

Con Juan todo era probable. Hay gente a la que le sucede todo. Otros vivimos en una especie de constante. Suceden cosas más o menos agitadas. Noticias inoportunas en horas imprevistas, aceleración de acontecimientos. La irracionalidad que queremos ver en las secuencias temporales y que en el fondo tienen una racionalidad atroz. Pero con Juan todo podía suceder. Supongo que por eso tenía seguidores,  más que amigos, porque en verdad Juan tampoco se aficionada a ninguna relación en concreto. Era un tipo de ideales fuertes, eso lo fuimos descubriendo con el tiempo. No creía en los vínculos bidireccionales. Hablaba de la múltiple dirección.  Renegaba del concepto de amistad tal como se interpreta. El amigo era otra cosa menos individual, decía. No siempre comprendíamos del todo sus palabras, o no en el momento. En cierta manera Juan nos hablaba para después, no ahora. No se entendía en presente lo que opinaba. Debatía con cierto frenesí, en su manera de dialogar había algo de  vehemencia. Los debates no eran conversaciones superficiales. Las opiniones tenían una importancia trascendental, aunque fueran conversaciones menores. No siempre se podía seguir su intensidad y a veces había un distanciamiento lógico. En aquella época algunos habíamos empezado a tocar algún instrumento. La idea, supongo, era llenar algún estadio en vez ese público invisible que había frente al espejo del pasillo de casa y sustituir las raquetas de tenis de madera que nadie usaba por guitarras de verdad. No conocíamos mucha música, salvo los grupos habituales de las cintas que se intercambiaban en el patio del colegio. Formamos un grupo terrible, de alineación habitual: dos guitarras, dos bajos y un batería. El reparto fue con una moneda, el azar ha debido marcar mucho más la música popular de lo sospechable. A mi me tocó el bajo y a día de hoy sigo pensando que si me hubiera tocado la batería las cosas hubieran sido bien distintas. Ensayábamos en el garaje de una construcción del barrio que se había quedado a medio hacer. Las primeras composiciones tenían como tema central asuntos diversos del colegio y siempre eran composiciones de dos acordes, más o menos los que nos sabíamos. Al tiempo, uno de esos días en que Juan volvía a aparecer le contamos nuestra aventura. No mostró demasiado entusiasmo, pero al rato pidió acudir a un ensayo. Era la primera vez que alguien iba a vernos en directo. Si es que aquello era directo. Tocábamos con guitarras españolas, también el bajo, y la batería con algunos botes de la pintura no usada en la obra parada a medias. Juan mantuvo el gesto inmóvil durante la presentación de nuestras tres composiciones: "Coches de choque", "Verano" y "Monopotines interestelares". Al terminar le preguntamos que qué le había parecido: "Un espanto" contestó. Aquel día nos empezó a hablar de las masas, de la maquinaria, de la industria, de los patrones impuestos. Que en realidad éramos víctimas. Nos hablaba como a víctimas. Hablaba de una guerra. De la imposición, de cánones, de estéticas dominantes. "No sois vosotros. Sois parte empuajda. No salis, se os ha metido. Es un virus. Queréis ser, imitáis una falsa expectativa".

 Dos días después apareció con un radiocasete pequeño, habituales en aquella época y una mochila con cintas, la mayoría grabadas, decoradas a mano, con portadas inventadas, algunas originales. Fuimos a la obra. Nos fue poniendo canciones, cintas diversas. De algunos grupos nos contaba anécdotas, situaciones casi bélicas para sacar esas grabaciones. "A su manera esta es una guerra y hay que ser consciente de cuál es el bando en el que quieres pelear. A quién quieres disparar". No recuerdo casi ninguno de aquellos grupos. Fue un bombardeo musical inesperado, alucinado, revelador. Recuerdo sonidos y la manera en que aquello me iba afectando, sobrecogiendo. De algunos grupos traducía fragmentos de letras. Letras que no alcanzaba a comprender en toda su dimensión, pero que me golpeaban. Como cuando sacudes un colchón al que le quieres quitar el polvo invisible. Aquellos sonidos reverberados, sonidos atascados, a veces mal grabados. Ritmos enfurecidos, otros muy físicos. Mensaje poderoso pero no del todo descifrable. "No os dejéis llevar o si lo hacéis al menos tened la conciencia de que lo estáis haciendo".

 No recuerdo mucho más de Juan en aquella época. Debió aparecer alguna vez más en medio de aquel verano, pero nada relevante. Nosotros fuimos buscando alguno de aquellos sonidos. Intentamos trasladarlo a nuestra torpeza musical, pero siempre fuimos incapaces.

 Años después me fui a vivir a la Capital. En los pasillos de la Universidad Central me crucé con Juan. Tardó en reconocerme. Hablamos un rato. Hablamos de ciertos movimientos crecientes dentro de la universidad. Vente a alguna asamblea, me dijo. Las cosas están cambiando en el país. No le hice mucho caso.

martes, septiembre 02, 2014

Gabriel

A Gabriel le queríamos por enorme, por grandullón, por bonachón. A Gabriel le queríamos por pelirrojo y por contundente. Gabriel hablaba con seguridad de cosas que no siempre parecían ciertas. Los mentirosos, ese tipo de mentirosos como Gabriel, al primero al que le cuentan la mentira es a si mismos. Por eso queríamos a Gabriel. Porque nos contaba historias de las que, mientras le escuchabas, siempre estabas dudando de su veracidad. Hablaba de mejillones con tamaños desproporcinados que se cocinaban con recetas imposibles, y mientras lo contaba a Gabriel se le hacía la boca agua. Como buen grandullón Gabriel tenía un apetito casi insaciable. El horario de Gabriel era bestial. Abría la piscina a las nueve de la mañana, cuando los bañistas habituales en general aún andábamos en la cama en medio de ese verano caluroso, y cerraba pasadas las diez de la noche. Sin descanso y generalmente aburrido, pasando las horas mirando a los bañistas en su monótono rito de zambullirse, nadar y salir a la toalla. Comía bajo una sombrilla gigante que colocaba en una de las esquinas de la piscina, la menos transitada. Su trabajo consistía en mirar el ocio acuático de los veraneantes. En cierta manera, debía terminar viendo todo aquello como esos documentales en los que una cámara graba la existencia sosegada de unos animales en medio de una explanada en Africa. Animales en remojo, habitando en mitad del verano, así creo que nos veía Gabriel mientras nos bañábamos. A Gabriel le queríamos porque al final se había creado una relación con él. No era exactamente un amigo, porque los amigos habitaban más allá del rectángulo del área de la piscina. Con Gabriel sólo convivíamos allí. Nos miraba desde debajo de su sombrilla, charlábamos así: nosotros en el agua o en el bordillo, en ese rato previo al salto de cabeza y él allí, protegido del Sol. Nunca le vi en la piscina, en todo el verano no hubo ni  un sobresalto que obligara a Gabriel a saltar para socorrer al accidentado o torpe nadador. Nunca hubo un niño resbalando por las escalerillas, ni un inexperto bañista cogiendo mal el aire. No hubo sobresaltos para Gabriel en los tres meses que tuvo de contrato. Un contrato miserable, mal pagado y de pésimas condiciones. Gabriel nos socorría, era necesario y una obligación legal. Nuestro ocio requería de su presencia y sin embargo a Gabriel apenas le daba para pagar las cuentas. Cuando se iba por las noches se despedía de nosotros y le veíamos perderse por los bulevares hacia abajo, donde empezaría su vida real y donde dejaba de ser el piscinero y sin embargo para nosotros dejaba de existir, ya no era Gabriel bajo la sombrilla, era Gabriel, del que no teníamos ni idea. El último día se acercó a despedirse, nosotros estábamos golpeados por cierta melancolía, se acababa el verano, volvíamos a la ciudad y nuestra vida conjunta de aquellas semanas se diluía en autopistas de vuelta. Gabriel se mostraba de otro modo, para él empezaba el paro, el vértigo de la inactividad y las complicaciones: "No sé que voy a hacer a partir de mañana. Tendré que buscar algo. De lo que sea" Nos dimos la mano, pero Luca le dijo que si nos tomábamos un refresco donde Lolo. Gabriel dijo que sí y caminamos despacio, como caminan los grupos de más de ocho. A trompicones, sin mucho orden, con conversaciones paralelas. Gabriel, nada más salir del recinto propuso no ir a donde Lolo, sino comprar algo en la tiendita y bajar al monte que había detrás de los bulevares. A la tienda entró sólo Gabriel, salió con tres litros de cerveza. Yo casi nunca la había bebido, los demás habían bebido alguna vez más. Gabriel abrió uno de los litros y lo pasó. Bebíamos sorbos pequeños, la cerveza nunca sabe bien al principio, cuando la bebes las primeras veces. Nuestra resistencia al alcohol era escasísima y nos aturdimos enseguida. Los primeros síntomas de borrachera aparecieron al final del tercer litro. Gabriel sonreía con nuestras primeras euforias. Le convencimos para que comprara algún litro más con las monedas que logramos reunir. "Os vais a emborrachar, niñatos" y se reía con torpeza. Luego lo recuerdo todo difuso, como se debe recordar la primera borrachera. Una maraña confusa de imágenes. Los muchachos haciendo bailes, Gabriel riendo con sonoridad, emitiendo esa risa descomunal que salía de aquel tórax enorme. Abrazandonos a Gabriel porque abrazar a Gabriel era amistad sincera. Las confesiones guardadas individualmente todo el verano, saliendo a flote de golpe, las atracciones inconfesables por vecinas mayores, los mejores secretos los contaba Gabriel, que revelaba chismorreos deliciosos que se sabían en la piscina, como si el agua diluyera los misterios y Gabriel hubiera accedido a verdades ocultas. La pareja que hacía el amor en los baños de la piscina, historias del verano que surgían de golpe, empujadas por la borrachera colectiva. Entonces Gabriel se quedó meditabundo. Le animábamos entre risas, pero Gabriel se iba desmoronando anímicamente, aceleradamente. Se puso en pié y comenzó a andar, con ese caminar de grandullón. Le llamamos varias veces y no giró la cabeza. Dejamos de verle poco a poco. Se había hecho de noche. Nos quedamos un poco más. Luca me confesó que se había acostado con mi hermana, que estaba enamorado. A mi se me fue pasando la borrachera, pero no las ganas de vomitar. Nos volvimos todos a la vez y casi ni nos despedimos. A la mañana siguiente mi padre nos despertó pronto, el viaje era largo y no quería viajar con el calor del mediodía. Montamos las maletas, yo sentía un terrible dolor de cabeza y las ganas de vomitar seguían intactas. Al salir del garaje vi la piscina cerrada, pensé en Gabriel, esa mañana no le sonaría el despertador, no habría prisas. Mi padre se equivocó de desvió y se enfadó. Mi madre se quedó dormida muy rápido. Mi hermana miraba por la ventana los paisajes del alrededor. Pensé en Gabriel. Pensé en la piscina. En cierta manera sentí, por primera vez, un sabor amargo que no subía del todo hasta la boca, un sabor amargo que ya nunca se va del todo.

miércoles, agosto 20, 2014

Mape

Tenía problemas con el horario de entrada, por más que lo intentaba siempre llegaba a las 7:05 y no las 7:00, como lo hacía Mape. A Mape, que tenía el mismo cargo que nosotros y una influencia invisible en el entramado empresarial, la llevaban los demonios que no llegara a en punto y cada día lo hiciera a y cinco. Esos cinco minutos a Mape le parecían el horror, la ofensa y lo dejaba claro cada día con sus miradas de desprecio. Una mirada que era un paneo desde mi cara mientras daba algo adormecido los buenos días, hasta el reloj que había sobre su mesa. El problema del mundo laboral, que es el gran problema del ser humano, es que te terminan vigilando los otros. Nos vigilamos entre nosotros. Hay quienes desprecian el futbol desde una postura intelectual y sin embargo pocas cosas son mejor metáfora de la vida que el  futbol. Te terminan marcando los otros, en el área, en el medio campo, pero siempre hay alguien que te marca y que está dispuesto a darte una patada porque tu no corras libre con el balón al borde del área.  Mape era, desde esa perspectiva balompédica, una defensa temible y sucia, llena de triquiñuelas en los saques de corner. El día arrancaba así, cuando tú aún manejabas con torpeza el despertar Mape ya estaba en pié de guerra, como esos equipos alemanes que no perdonan un despiste. Con Mape empezabas el día perdiendo 1-0, ese gol que te meten en la primera jugada del partido, porque tus defensas, como dicen los locutores, aún no han salido del todo al campo. Y así arrancaba el ordenador, con el peso del 1-0 en contra. Veía los mails. Los mails es esa batalla de medio campo defensivo. Hay una tirantez permanente, un no dejar espacios. A las 7:24 de la mañana eres consciente de que para vivir, para vivir como tal, en realidad te dejan muy poco hueco. Están las Mapes, los mails, los comentarios audaces de tu compañero de mesa, que generalmente habla con desprecio de casi todo. Lo malo del trabajo no es sólo el trabajo, lo malo del trabajo es que te somete a una convivencia despreciable. Nadie, absolutamente nadie, puede ser feliz trabajando en el mundo moderno. Y el mundo moderno se empeña en disfrazar eso de oportunidad, de hermosura, de logro, pero trabajar no tiene nada de eso. Trabajar es jugar un partido en el que te va la vida en ello y en el que  vas perdiendo 7-0 antes del descanso y tienes 45 minutos por delante no para remontar, que sabes que jamás lo harás, sino para intentar que no te revienten las espinillas los defensas del otro equipo. El problema no es perder, porque nacimos perdiendo; el problema es evitar las lesiones, las entradas por detrás que no serán sancionadas, porque los árbitros no entienden de justicia. El problema de los trabajos, no es el sueldo o la desidia en la que te puede ir sumiendo, el problema del trabajo son las Mapes, que te van torturando invisiblemente segundo a segundo, con sus mails y sus miradas, con su marcaje axfisiante. ¿Qué espera Mape de su vida? ¿Qué recibe Mape cuando te desprecia por que llegas a las 7:05? ¿Quién ha inculcado a los Mapes y las Mapes esa vigilancia no pagada, esa fidelidad a unas normas despreciables y crueles? ¿Qué cojones le importa a Mape esos 5 minutos? ¿Quién le debe tanto tiempo? Mape es la vigilante sin sueldo, es la fidelidad a la sombra. Nadie paga esa defensa implacable. Mape es el mejor fichaje del año

lunes, marzo 31, 2014

Uno y el mundo

 No sé si debe a un problema estructural o a un problema de conocimiento, pero mis opiniones son de una debilidad pasmosa. Nunca he sido capaz de explicárselo a los otros, como suelo ser incapaz de explicar algunas de mis posturas, pero en general no tengo argumentos para debatir, me quedo en blanco cuando alguien me argumenta y aunque sea una opinión que instintivamente entiendo como disparatada o muy lejana de mi pensamiento, me cuesta rebatir, me cuesta contraargumentar, porque me aturullo. No lo termino de ver como una debilidad, en general todo tiene dos caras. Tengo posturas políticas claras, pero se difuminan, se entremezclan, se apelotonan. Sobre todo últimamente. Estoy aturdido, francamente aturdido, diría casi que atravieso un momento delicado ideológicamente que roza el existencialismo, porque no me termino de encontrar, porque no encuentro como posicionarme, qué pensar y eso me lleva a dudar incluso de mis elecciones existenciales, de mi forma de vida. Paso en diez minutos de una idea a otra. Puedo venir caminando por la calle y pensar que creo en la ruptura radical y definitiva del sistema tal y cómo lo conocemos, para pensar, cuarenta segundos después, que todo es más complejo y delicado y que el acuerdo social para estar en otra cosa es lento y menos evidente de lo que sospechamos. Analizo mi vida, insertada de lleno en las costumbres de esta forma de vida tan deleznable, tan terriblemente injusta. Metido de lleno en la cadena de la que soy muy partícipe y consciente de que mi postura, inevitablemente, afecta a todas las posturas. Nadie es inocente y todo el mundo lo es ¿Cómo cambiarlo todo si me cuesta cambiar tanto mi propia vida, mis propias costumbres? ¿Por donde empezar la ruptura? ¿Cómo empezar a modificar la realidad si estamos rodeados de tantas realidades? No creo en la violencia. Sé que para mi no es válida. No puedo asumir un cambio basado  en el dolor físico de otro, seguramente es bueno por un lado, seguramente me hace algo más conservador por otro. Todo tiene doble cara. No sé cómo se reconstruye esto y no tengo ni idea de cómo posicionarme; o más qué cómo posicionarme, como habitar para propulsar ese cambio esperado o ese ideal de justicia e igualdad que veo como opción para vivir en sociedad. Sé lo que no me gusta de esto. Lo despiadado de este sistema financiero. Las incoherencias entre que expulsen de sus casas a gente muy débil económicamente y que sin embargo se cuide o se salve a empresas que han despilfarrado y han arruinado negocios de carreteras. Hay tipos que te pueden argumentar esto, a mi, sin potentes argumentos, sin conocimientos teóricos, simplemente me parece contranatura, contrahumano, nauseabundo. Admiro a esa gente activa en movimientos políticos alternativos. Como ese grupo de gente que tiene esa plataforma tan admirablemente bien organizada como los afectados por la hipoteca. Veo claramente que el cambio viene por ahí. No creo que venga de la ruina, de esperar a que todo se agote. Tampoco termino de verme reflejado en determinados movimientos alternativos porque una especie de prejuicio me lleva a ver cierto elitismo. Ahora hay mucha actividad y cada vez veo más gente implicada. Eso es bueno, pero su contraparte es ese aire de desprecio al otro que a veces veo que rezuma cada argumento. Tiendo a rechazar eso. No es una postura adoptada racionalmente. Es que cuando veo desprecio al otro me suelo sentir identificado con el despreciado, por muy lejana que esté su forma de vida de la mía y muy cercana del que desprecia. Seguramente si alguien, con buenos argumentos, viniera a desmontar esta confesión, me pondría de su parte. No suelo tener capacidad de ver ciertas esquinas de los pensamientos. No estoy escondiéndome, estoy tratando de ubicarme, de ser útil al todo. Sé que no quiero vivir en el indivualismo, pero ¿a quién me junto? ¿Qué puedo sacrificar para que mi vida se aglutine a una comunidad benigna? Benigna en el sentido de qué su hacer no sólo no afecta negativamente a otras, sino que lo haga positivamente. No quiero vivir aislado porque asumo que somos seres sociales, afectados absolutamente por el mundo en el que vivimos. No sería quién soy si el mundo no fuera como es. No quiero ser, quiero estar. Pero como compatibilizo todo eso con la forma en la que vivo. ¿Como actúo o como apoyo si en el día a día me faltan horas? ¿Por dónde se empieza a romper la costumbre para pasar a un nuevo estado?

viernes, febrero 21, 2014

Rebelión en el parque

  Al parque llegamos a las cinco. Recogí a las niñas en el colegio y decidí con ellas, sin mucho debate y en un acuerdo sencillo, ir al parque. La tarde anunciaba la primavera, el primer golpe de ligero calor ayudaba a tomar decisiones sencillas y caminar los tres hasta el parque con ánimo suave.  Cuando llegamos las niñas salieron disaparadas a desperdigarse por el terreno. Ya habían pasado los primeros años de atención, esa época de sus primeros pasos que cada elemento del parque se podía tornar un peligro. Nunca fui padre obseso con mirar a mis hijas, pero la atención era inevitable. Ahora todo sucedía diferente, a veces, incluso, me llevaba algún libro y las iba observando en intervalos ligeros. Ellas conocían a los más habituales y jugaban a asuntos de difícil explicación. No era sencillo entender esos juegos sin normas muy precisas o que cada uno aplicaba a su antojo, el éxito de sus juegos era que en ese aparente caos individual, había un entramado colectivo complejo y amable. A veces, la pequeña, se acercaba y me pedía ayuda para subirla al columpio, pasaba algunos minutos allí, sobrevolando el parque, mirando todo con esa relajación que da el movimiento constante. Aquella tarde el columpio estaba altamente solicitado y el orden para subir se estaba complicando. Los niños, sobre todo los más pequeños son poco pacientes y el deseo de columpio estaba generando cierta tensión entre las madres. En general el asunto se resuelve con cierta diplomacia y se trata de inculcar valores: "ya llevas mucho rato", "ahora le toca a ese que es más pequeñito", "hay que dejar a los demás, el parque es de todos". Ninguna frase suele tener efectos en el amago de rabieta del pequeño, pero las madres o padres entienden que algo de valor se está inculcando. La madre que balanceaba a la niña que estaba en el columpio justo cuando casi nos tocaba a nosotros miró a su hija y con un pragmatismo que mi me pareció atroz, dijo:"Baja, que cuanto antes bajes, antes se bajarán los otros y antes te tocará de nuevo". A menudo aún trato de interpretar la frase: tiendo a ver una lección que explica el sistema en el que habito. En cierta manera veo algo despiadado en esa visión. No es que sea un derecho de todos que se sustenta en la obligación que tenemos de dejar, sino que, visto así, dejar no es el fin, dejar es el medio para nuestro fin, que es conseguir. Además, inevitablemente, y con mi desarrollada susceptibilidad, el comentario me condicionaba sobre la cantidad de tiempo de mi hija o lo que yo pensaba que debía ser el tiempo que estaría mi hija. La ayudé a subir y me hice a un lado. La vi balancearse algunos segundos, miré con cierta culpa a las otras madres que hacían cola con sus hijos e hijas y cuando transcurrió poco más de un minuto pensé que debía decir  a mi hija que bajara. Me acerqué, se balanceaba con ligereza, en cierta manera mi hija se acomodaba con precisión en su movimiento a la entrada de la primavera, parecía sentirla en cada poro, parecía habitar en la primavera.

.- Cariño, debes bajar ya. Aún hay muchos niños por subir y si estás mucho más rato no todos podrán disfrutar el columpio.

 La niña me miró con cierto recelo y me dijo que llevaba muy poco. Le dije que era una cola muy amplia y que no era conveniente estar disfrutando uno solo mucho rato del columpio. Bajó con cierto resquemor y según la puse en el suelo, corrió al final de la fila para volver a subirse. Le dije que me avisara, que la ayudaría a subir de nuevo, que estaba a un lado y me senté un poco más allá a seguir con el libro. El libro tenía una narración atrayente, siento cierta empatía con esas narraciones periféricas, que no revelan de pleno o demasiado descriptivamente la historia. Todo sucedía de un modo bastante lateral y en cierta manera la vida del narrador era una excusa para contar un problema más absoluto. Me abstraje tanto que no atendí demasiado a las niñas, mi hija mayor se entregaba con profesionalidad al escondite y buscaba esquinas imposibles en ese parque con pocos recovecos. La pequeña, en ese momento, seguía haciendo cola, delante estaba la niña cuya madre había aleccionado con la recompensa que en ese momento estaba obteniendo. Mi hija me miró desde allí, gesticuló con obstinación, incluso con cierta rabia. Marqué la página y caminé hasta allí. Cuando me acerqué, con cierto mal humor me dijo:"Yo estuve poco tiempo porque todos debíamos pasar y todos están mucho más tiempo que yo y esta niña lleva mucho rato". Busqué a la madre con la mirada, la vi entregada a una conversación divertida en la otra esquina del parque. Ajena a la situación generada. Pensé que igual debía evadirme, como ella, del conflicto del columpio y que ellos resolvieran. No dije nada al respecto, miré a mi hija y le dije: "Creo que ya estás capacitada para subir sola. Creo que ya lo puedes hacer". Y me retiré a mi esquina. La niña del columpio seguía, sin intención de bajar. Me puse nervioso y en un par de ocasiones estuve a punto de levantarme para decirle algo, pero luego pensé que no debía meterme  en asuntos de niños. Abrí el libro y me forcé por seguir leyendo. De vez en cuando ojeaba el columpio. La niña seguí allí, balanceándose con cierta sorna. Finalmente, y bastantes minutos después, la niña bajó y mi hija, no sin torpeza, pero con una valentía admirable, logró subir al columpio. Allí se vengó. Pasados diez minutos y con la cola en estado de ira, no tuve el valor de acercarme, pensé que ese asunto lo debía resolver ella. Algunas madres ya hablaban alto, seguramente para que las quejas llegaran a mis oídos, disimulé, el libro fue una gran excusa. Creo que mi hija, en uno de los movimientos desde atrás, justo en el instante en el que el cuerpo da el impulso al columpio gritó algo así como:"Todos tenemos derecho a columpiarnos mucho tiempo. No solo vosotros". Me dieron ganas de reir, pero disimulé con la vista entre las páginas que ya hacía un buen rato que no leía. Finalmente bajó. Su bajada fue torpe, era la primera vez que bajaba sola del columpio, pero logró hacerlo. Creo que una madre la insultó mientras subía a su hijo.

 A partir de ahí las cosas se multiplicaron en conflicto. Cada niño estaba más rato que el anterior. La noche caía en el parque y nadie cesaba en su intento de volver alcanzar el columpio. Algunas madres convencían a sus hijos para volver ya a casa. La niña aleccionada por su madre, finalmente, alcanzó por tercera vez el columpio. Lo que vino no fue un abuso, ni siquiera un exceso, lo que vino fue una declaración de intenciones, la propuesta para una guerra. Evidentemente, mi hija aceptó el reto. No estuvo diez minutos, ni quince, es posible que alcanzara la media hora, seguramente más. Como buenamente pude logré convencer a mi hija que era hora de irse a casa y que no parecía que fuera a conseguir montarse de nuevo.

 Dos días después volvimos al parque. La primavera parecía consolidarse y el tiempo seguía siendo espléndido. Me quedaba el último tramo del libro y me senté en uno de los bancos laterales. Fue cuando vi a mi hija colocarse con frialdad en la cola de columpios. La observé y vi, en la misma cola, justo delante, a la niña del día anterior. La cola avanzaba torpe, se había apoderado cierto caos en los tiempos de columpio, y nadie parecía estar por la labor de restarle tiempo a sus hijos. La niña del día anterior se subió. Pasaron diez minutos, quince, es posible que llegara a los veinte minutos balanceándose a velocidad constante. Mi hija aguantó sin gestos, sin desvanecer, como el que espera pacientemente su momento. La niña bajó, la madre hablaba en una esquina. Mi hija subió con bastante más habilidad que el día previo. Pasaron dos minutos, tres minutos y nadie dijo nada. Pasaron diez minutos y me puse nervioso. La miré allí, en ese balanceo acompasado, que mucho tiene de música a veces. La miré como tratando de decirle que mejor bajara, que mejor no entrar en esas formas, en esos gestos, que mejor era respetar por mucho que los otros no lo hicieran. No lo interpretó así. Allí siguió. Pensé que ya era momento de entrar en el juego, de educar. Me puse en pié y me acerqué.

.- Debes ir bajando ya, cariño. Llevas mucho tiempo.

.- Papá, todos están mucho tiempo. Si yo bajo antes, más tardaré en volver. No es justo que todos estén tanto tiempo y tú me digas que yo debo bajar. Esa niña siempre hace igual. Si me bajo es posible que ya no vuelva a subir.

 Me abrumó la reflexión. No me gustaba que entrara en esa guerra, pero no supe salir de un modo pausado o razonable de lo que ella proponía. Le dije que debía bajar, que aunque los demás no lo hicieran, lo idóneo era entender que el columpio era de todos y que solo disfrutándolo el tiempo considerable para que todos lo hicieran se podía disfrutar. Bajo enfurruñada, me miró con cierta ira. En ese momento creo que pasé a formar parte de una especie de invisible bando contrario. La siguiente madre jamás acudió a llamar la atención a su hijo, que estuvo cerca de media hora. La cola se redujo porque muchos niños se cansaban de esperar, algunos cambiaron directamente de parque. Mi hija esperó, pero inevitablemente tenía a la niña que se había convertido en el punto de su rebeldía. La niña excedió la norma, si generalmente abusaba, esta vez el tiempo fue atroz. La madre no dijo nada, y ya era parte de la disputa. Me puse en pié decidido a ayudar a mi hija en su batalla. La niña se balanceaba brutalmente. Alcanzaba el punto donde el columpio se queda una fracción de segundo estático antes de volver hacia abajo. Mi hija miraba con desprecio. Finalmente la niña bajó. Mi hija manteniendo una calma sobrecogedora se subió al columpio, se quedó sentada y miró hacia la cola. No se balanceó. Aguanto sentada mucho rato y luego ya empezó, muy despacio a balancearse.

.- De aquí no me bajo, Papá. He recuperado lo que nos habían quitado. No volverá. No volverá jamás. Pagará lo que ha hecho.

 La madre de la niña me dijo algo, algo feroz, algo con tono maléfico. No escuché, vi a mi hija y traté de comprender. Mi hija se balanceaba mientras gritaba"De este columpio... yo no me muevo". una y otra vez. De repente, sin pensarlo me vi acompañando a mi hija en ese cántico: "De este columpio...no nos movemos". De repente mi hija mayor, ajena hasta entonces de los conflictos del parque se acercó y con un palo trazó sobre la arena nuestra especie de slogan:"De este columpio... no nos movemos" La niña abajo cogió arena y la lanzó hacia mi hija que desde el columpio se encontraba en situación de superioridad. La madre me volvió a insultar y yo no contesté, simplemente la miré a la cara y comencé a canturrear con fuerza: "De este columpio...no nos movemos".

Y así recuperamos lo que un día creímos nuestro. Y a esa hora el parque, con la última luz de ese atardecer de primavera, estaba vacío. Mis hijas y yo. Canturreando con euforia. Miré la hora y pensé que el mundo, a su manera, se había acabado y que debíamos volver a casa.

miércoles, febrero 19, 2014

Los Guillermitos

A Guillermo le dejé de ver después de una de las borracheras más extremas de mi vida. Guillermo vivía   en la Santos Lizardo, en el otro extremo de la ciudad. Le llevábamos en el coche de otro Guillermo, un vecino adicto a tener sexo con mujeres mayores y obesas, que acababa de cumplir diecinueve años y que le había regalado el coche su padre, que vivía en Miami y que se dedicaba, con toda probabilidad, a algún tipo de tráfico ilegal. Los Guillermos, o Guillermitos, como se llamaban a si mismos, eran polos opuestos y sin embargo hacían una especie de super pareja sórdida de la nocturnidad. Pasé una época con la pareja. Nos veíamos por las noches y nos subíamos al coche de Guillermito a recorrer la ciudad con una botella de una ginebra terrorífica que estoy seguro que me ha generado algún problema indescifrable en mi percepción de la realidad. No había planes específicos, ni siquiera puedo decir que fuera divertido recorrer Barquisimeto de arriba a abajo durante horas, con todas aquellas calles vacías un martes cualquiera, en busca de prostitutas que jamás encontramos o ir hasta el siete rojo, por esa carretera miserable, en busca de opciones y aventuras que nunca se daban. Recuerdo que luego dejábamos a Guillermín en la entrada de su barrio, no nos dejaba entrar hasta su calle porque decía que de ahí no salíamos ilesos si nos veían ciertos vecinos que hacían guardia por el control de su manzana. A él le respetaban, decía con orgullo, pero no podía responder por los demás, suficiente que había logrado su impunidad. Cuando bajaba del coche siempre sentíamos cierto vértigo en aquella zona de la ciudad, el temor de una rueda pinchada, un fallo del motor nos aterrorizaba. Nunca pasó nada. La última noche que salimos con Guillermín, Guillermito casi no habló, alguien le había visto con la madre de Ricardo, un vecino. La madre, que tendría algo más de cincuenta y pesaba, seguramente, algo más de cien kilos, parecía haber transformado definitivamente el carácter abstraído de Guillermito. En cierta manera Guillermito estaba enamorado, pero jamás se lo confesaría a Guillermín, que tanto le incitaba a recorrer burdeles y esquinas. Recorrimos Barquisimeto de este a o oeste unas cinco o seis veces. En el coche de Guillermito nunca había música y la verdad se hablaba poco. Básicamente avanzábamos por calles que a esa hora, en esa ciudad, permanecían en una quietud molesta. A veces me llegaba la botella y bebía sorbos como el que paga una penitencia, la borrachera iba haciéndose visible despacio, no del modo habitual que se emborracha el cuerpo, iba apareciendo como aparece una gripe o una gastroenteritis viral. De repente ibas notando síntomas de la borrachera, una pesadez, una densidad, la gravidez como un bloque de cemento. Aquella ginebra buscaba zonas del cuerpo que el alcohol nunca busca: sentías la ginebra por debajo de la piel o por debajo de las uñas. Cuando te querías dar cuenta te costaba hablar y hablabas arrastrado, y sin embargo no sentías la borrachera al uso, recordaba más a cierto grado de anestesia. Ese día Guillermito, en la Libertador, a la altura del Domo Bolivariano, decidió ir hasta el Avispón verde, donde había shows de chicas y donde con suerte nos dejaban pasar. Cuando llegamos al Avispón verde, Guillermito dejó el coche en la puerta y entramos, el tipo de la puerta, un tipo que no pasaba el metro cincuenta, pero que podía matar un regimiento con su mano izquierda, nos miró con el desprecio habitual, peor nos dejó pasar casi sin mirarnos, cuando entramos el club estaba prácticamente vacío. La música sonaba como si estuviéramos en un estadio con capacidad para cien mil espectadores. Nos sentamos y una camarera casi desnuda nos preguntó con desgana que queríamos beber. Pedimos cerveza porque no teníamos dinero para mucho más y nos quedamos sentados los tres esperando la nada o una revelación. En realidad nunca soporté esa diversión y tendía a deprimirme y siempre que entraba a uno de esos sitios pensaba que jamás volvería a salir con los guillermitos. Durante los siguientes diez minutos sólo recuerdo en movimiento la música. No salió ni una sola chica, detrás de la barra había un tipo leyendo uno cuadernillo y fumando. Pensé que estaba ojeando las cuentas o analizando alguna contabilidad del club. En realidad, sabíamos que no iba a salir nadie, que esa noche no habría shows en el escenario y que ninguna de las chicas vendría a charlar con nosotros porque era evidente que no teníamos el dinero requerido para acostarnos con ninguna de ellas. Una noche pésima, estarían comentando en el camerino, si es que aquel lugar tenía camerino. La cerveza hizo un efecto rebote sobre la ginebra y multiplicó su efecto, de repente tenía una borrachera atroz, los Guillermitos miraban el movimiento de unas luces que giraban con la monotonía con la que giran los planetas: eran amarillas y rosas. A veces pensaba que los Guillermitos eran autómatas. Miré a Guillermín y pensé que se estaba quedando dormido, giró la cabeza y me preguntó algo incomprensible, algo sobre la velocidad de la luz. Guillermito no decía nada, tenía la mirada clavada en aquellas luces, creo que en algún momento le cayó una lágrima. Estoy convencido de que el tipo esa noche había conocido el amor, el arrebato, estaba abrumado por lo que hubiera sucedido con la madre de Ricardo. No sé si fue en ese momento preciso que pensé que me debía ir de aquella ciudad, que quedarme ahí supondría una batalla campal contra la nada, una batalla permanente y agónica contra la nada para morir un día sin saber exactamente que es lo que ha pasado. Mi percepción de aquella ciudad tiene algo de alucinado, en cierta manera creo que nunca percibí la ciudad con equilibrio, toda la información que traducía mentalmente, cada imagen, de cada calle, de cada esquina,venía inundada de algo que segregaba mi cuerpo quizá por el clima, quizá por la altitud o por la humedad relativa. No sé si fue exactamente ahí que decidí que me iba: creo que pensé en Argentina, claro que en mi cabeza Argentina era una cosa tampoco muy real, era una tierra vasta, inalcanzable, un lugar idóneo para tardar un par de siglos en encontrarte. Pedí más cerveza, los guillermitos me miraron porque sabían que yo no tenía dinero, jamás tuve dinero, jamás salí con dinero. Mientras me miraron les dije: "yo invito". La tipa que nos atendía trajo las cervezas sin mirarnos. cuando dejaba las botellas sobre la mesa baja le pregunté: "¿A qué hora empiezan los shows?", "Más tarde" contestó mientras se daba la vuelta sin hacer caso. Me bebí la botella de cerveza en tres sorbos casi continuos. Guillermín me dijo: "Chamo, usted va muy rascao". Yo no le miré. Me puse de pié y me acerqué a la barra. El tipo que estaba ahí me miró con condescendencia:

.-¿Cuándo carajo comienza el show?

.- Ahorita. Ya va- me contestó sin inmutarse.

 Me giré y me puse a bailar. Los Guillermitos se acercaron y me dijeron que me fuera a sentar con ellos.

.- Mira, coño e´madre. ¿Quién va a pagar esta ronda, pajuo? No tenemos plata, mamagüevo.

 Justo ahí levanté la mano en dirección a la barra con la botella en la mano. Le pedí tres más gestualmente. El tipo co un gesto robótico miró a la chica que nos había atendido y la mando servirnos tres cervezas. Guillermito seguía instalado en esa nebulosa extraña, pero algo más pendiente de mi. Guillermín se ponía nervioso y buscaba soluciones para frenar mi comportamiento. Cuando la tipa se acercó con la bandeja y las tres cervezas dijo de una vez lo que debíamos. Hice el amago de sacar la cartera y Guillermín me miró como el que ve venir un tsunami y no hay lugar donde correr. Les miré y afirmé.Sólo nos valía correr. Teníamos ventaja sobre el tipo de la barra hasta la puerta y de seguro no había ningún sistema de walkie-talkies. La salida fue coordinada, como si hubieramos ensayado o practicado más veces ese tipo de huidas. Guillermín empujó la puerta y salimos. Al tipo de la puerta no le dio tiempo a reaccionar. Guillermito arrancó el coche como si fuera el protagonista de una película de Steven Seagal. Creo que huimos por la Pedro León Torres. Creo que no bajamos la velocidad hasta el Obelisco. Hasta allí nadie habló, como si hablar fuera a reducir velocidad. En el Obelisco Guillermín me insultó riéndose y me dijo que estaba loco. Un poco más abajo, en la Licoreía el Obelisco, paramos a comprar más ginebra. Ellos me esperaron en el coche, yo la pedí, cuando el tipo me la dio en mano salí corriendo. De repente le vi un sentido a la delincuencia. Le vi un una arquitectura, una forma, una estructura solidisima. No sentía remordimiento por robar, por no pagar, sentía una forma de justicia. Básicamente yo no pertenecía a una familia pobre, a pesar de que los últimos años la cosa estaba apretada, pero nos habíamos instalado en una especie de indigencia existencial. Nuestras vidas, las vidas de los miembros de mi casa, habían perdido el hilo que nos comunicaba con la sociedad, con el mundo. Estábamos instalados en una forma extraña de aislamiento. Esas dos fugas me reunían de nuevo con la sociedad, no sé de qué modo, pero eso era lo que sentía mientras me subía al coche de Guillermito en marcha. Creo que nunca bebí más rápido en mi vida. Nos bebimos la botella a modo casi de competición. Como un campeonato cuyo premio era la borrachera absoluta. Cuando dejamos a Guillermín en su barrio, en la esquina de siempre, pensé en bajarme y entrar en su calle, entrar con él, ver qué pasaba en ese mundo al que Guillermín me había negado entrar. No lo hice. Volvimos al edificio Guillermito y yo sin hablar. En la Avenida Venezuela con Bracamonte le pregunté por la madre de Ricardo. No me contestó, siguió avanzando. En la esquina de la avenida Lara me dijo:"Loco, no quiero volver a verte montado en mi coche, ¿ok?" Cuando llegamos al edificio. Vi luz en casa de Lorena. Me quedé abajo, en el cesped que había en la puerta de la torre B. No quise subir con Guillermito en ascensor. Me quedé dormido, allí, en el suelo.

jueves, febrero 13, 2014

Empanadas chilenas

 Cuando llegué a Barquisimeto no me gustaba nada. Ni un sólo elemento de esa ciudad me resultaba agradable. No he vivido en guerra, vivo en un mundo que habita otras formas de guerra y que está merodeando permanentemente el estallido total, pero aún no conozco la guerra como tal. Mi entrada en Barquisimeto se asemeja a una entrada en una batalla que se sabe perdida. En realidad es lo más cerca que he estado de ser un preso, un soldado miserable atrapado por el bando enemigo. Aquella sensación bélica duró tres meses, luego asumí el destierro y sin llegar a habituarme, si llegué a habitar sin sufrimiento. Pero la entrada, la entrada fue atroz. Si hay algo que refleje la desubicación, fue mi vida aquellos tres meses. Realmente no es que no me gustara la ciudad, lo que sucedía es que no entendía nada. No entendía el asfalto, no entendía el ritmo de la luz diaria, no entendía el orden de las calles. Si las ciudades fueran idiomas, de repente me veía rodeado de un idioma incomprensible, imposible de descifrar: aquella ciudad me hablaba en chino.

 Evidentemente aquel desagrado lo abarcó todo, por supuesto también la comida. En general todo me daba asco. Las arepas, las carnes, casi todas las frutas, el olor de las verduras. Todo era ajeno, como si alcanzaras un planeta remoto y todas sus formas fueran abominables. Creo que viví tres meses en una forma extraña de desconsuelo. Tenía doce años y no había forma humana de escapar de allí, mis padres sospechaban la desadaptación, jamás comprendieron cuan profunda fue. En especial había algo que me resultaba nauseabundo, unas empanadas muy afamadas en la ciudad: las empanadas chilenas. No las probé hasta pasado mucho tiempo, lo que me resultaba terrorífico era ver a los otros comerlas. Aquel queso que emergía como alien desintegrado de entre la masa, colgando como estalactita, me invitaba a la arcada permanente. La comida, ya se sabe, es sobre todo un estado de animo.

 No sé cómo me adapté a aquello. Fue un proceso no consciente o supongo parte de esa afamada supervivencia humana. De repente empecé a comprender ese idioma. También la comida, el ánimo cambió. Mi adaptación a la ciudad fue curiosa, pasé de verla perifericamente a habitarla hasta la médula. No sé muy bien quién fui en Barquisimeto. En realidad Barquisimeto desmonta cualquier débil teoría psicoanalítica: nuestra vida no tiene una línea argumental. Somos una cosa adaptándose a lo que viene, marcados a fuego por la circunferencia social de la que estamos rodeados. ¿Soy el mismo? No lo sé, tiendo a ver aquella época como la vida de otro y a veces me gusta recrearme en esa vida porque es como si alguien te contara algo, una vida ajena. No es ego. Es divertimento, porque en verdad esa vida no es mía. Esto no sólo me pasa con Barquisimeto, hay épocas de Madrid o de Vigo que recuerdo como si no lo recordara, como si lo acabara de leer en algún libro de calidad discutible.

 Por supuesto que terminé probando las empanadas chilenas. Ahora mismo pagaría un avión a precio de oro por irme a comer una. Comí muchas. No recuerdo la primera. Debió ser algo así como probar droga por primera vez. Y como tantas veces sucede con la droga, no hubo vuelta atrás. Creo que hay una línea paralela entre la vida en Barquisimeto y cada empanada chilena que me comí. Seguramente ahí sí haya explicaciones científicas de peso. Borracheras, fiestas, desayunos desesperados, paseos amargos, pero sobre todo empanadas con Elena. Elena tenía una relación obsesiva con aquel envoltorio de masa y queso espeso. jamás se enfrentó a su familia por nada. La madre, que me detestaba como sólo una madre puede detestar al primer novio de su hija mayor, la tenía maniatada existencialmente, y ella, sumisa, acataba aquel dictado, con todo, con cada cosa de su vida, salvo con las empanadas. Cuando se escapaba de su casa, yo creía que lo hacía para verme, para hacer el amor conmigo en escaleras de edificios ajenos, y en realidad yo también era una barrera, la barrera final para comer empanadas, para que la llevara al centro, donde ella no se atrevía a ir sola, para comer empanadas chilenas. Elena era pausada, silenciosa, tímida, pero con las empanadas perdía todo. Le colgaba el queso, masticaba con desgarro como un troglodita famélico devorando carne asada en la hoguera del tiempo. Cada vez que hicimos el amor comimos dos o tres empanadas y ella era adicta a las empanadas. La última vez que hicimos el amor subimos en Ruta 5 hasta el centro, cuando se limpió con una servilleta no sospeché que allí se acababa todo, que jamás volveríamos a comer empanadas ni nada de todo lo que nos llevaba hasta comer empanadas. Me dejó por otro. No me lo explicó con mucha claridad. Creo que me humillé inutilmente. Mi peor intento fue tocar en la puerta de su clase en la universidad. Salió y me dijo que estaba loco, yo lo único que pude decir fue "¿Quieres que te invite a una empanada?".

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