Nadie lo creería dicho así, sin aportes científicos. Pero el alma no es mas que un gas con poco olor. Esto posiblemente tiré abajo muchas creencias, muchas formas de vida, muchas esperanzas y muchos egos, pero el alma, esa a la que cargamos con tantas penas, con tantas historias, no es mas que un gas. Lo sé por ella, por aquella tarde en su casa, por aquella cita que terminó en su sofá y por aquel beso. Lo habíamos pasado tan bien. Hacía frío en la calle y habíamos quedado a comer y luego tomamos café en aquella mesa pegada al cristal que daba a la calle. Y luego íbamos caminando y paseábamos cerca de su casa y el cielo estaba gris y llevábamos la bufanda apretada y los abrigos abrochados, pero yo me había dejado los guantes y nos estábamos llevando tan bien y había tanta química (La palabra, ahora lo se, no es gratuita. Gases que entran en contacto y reaccionan), que ella me dijo que si subíamos a su casa, que estaría calentita. Entramos puso un disco de algo que parecía bueno pero que terminó siendo aburrido. Uno de esos discos que sueltan dos canciones épicas a las primeras de cambio y luego ocho de poesía de medio pelo. Entonces ella silbó y yo noté algo raro, un olor a globo, a gasolinera y la noté mas flaca, Bien mirado los pómulos mas huesudos, menos elaborados, en las manos mas piel y menos cuerpo. Luego me besó y noté un silbido desde atrás, como los globos pinchados pero que no se deshinchan de golpe sino poco a poco y hacen ruido de trompeta y me dijo algo que no comprendí porque su voz se hizo grave como la de un robot del siglo 27 y, honestamente, se volvió tremendamente fea. Entonces noté poco mas, sólo que me decía entre sonidos de trompeta y un olor como a butano: "Me quedo sin alma. Se me va el alma, amor" y se deshinchó del todo y se quedó aplanada y ausente de gestos y emoción en el sofá donde nos estábamos besando. Y sentí un pinchazo en el alma, un dolor, un punzón, una aguja y noté, claro que lo noté, que perdía peso y que perdía la forma y dije su nombre en voz alta y mi voz fue grave y también me quedé planchado, a su lado y en el último vestigio de alma, en el último gramo de gas a punto de irse de mi, encontré fuerza y cogí su mano y me fui hinchando de nuevo, volví a mi forma, me volvió el alma. La besé así, planchada, pero no reaccionó, pero el esfuerzo me daba aire y me hinchaba el alma y la volví a besar con emoción, con euforia aunque no conseguía nada y tal era mi esfuerzo que la besé y la besé y ella nada, pero yo me hinchaba mas, cada vez mas y si, claro, salí volando de allí y por eso lanzo este papel hasta tu terraza. Mira hacia arriba:
¡¡Ayúdame a bajar!!
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lunes, noviembre 09, 2009
sábado, noviembre 07, 2009
Esteárico
Quizá sea el tacto, seguramente sea eso. Me gusta lanzar mis dedos y sentir esas formas de tu piel. También tiene mucho que ver el color variable de esa piel. No hay un tono único, hay una variación que deja ver el principio de varios colores. A veces naranja, por ahí rojizo, marrón, blanco e incluso un azul leve. Me gusta esa forma de fragilidad, si te toco tu piel se hunde, se forma un hueco donde algunas de las tonalidades forman casi una nueva, me gusta porque te hace infinita. Tu forma es siempre variable y es sensible a cada contacto con otro y de cada contacto siempre surge otra forma de ti nueva, que ya no es la anterior, Pero lo que mas me agrada, lo sabes, es lo que siente mi piel cuando toco tu piel, ese tacto único. Esa delicadeza infantil, y no niego que en esta relación todo se mueva bajo esas percepciones infantiles. Pero toco tus formas que coinciden con las que yo te he ido creando con estas caricias, recreo tu cuerpo y también hay algo muy adulto, créeme. Aquí formo tus piernas, aquí tu pecho, aquí, aquí sigo formándote con antojo, aquí giro los dedos con precisión y formo lo que aparece y está, pero es recorriéndote, mientras paso la punta de mis dedos por todas tus formas donde percibo ese tacto único. Es el juego de siempre y te miro y casi te podría oír hablar, casi te puedo ver moviéndote, casi te puedo ver animada, real. Sigo dándote formas. Que no siempre es fácil, porque este material es moldeable, pero complejo. Los colores se mezclan enloquecidos, mi querido muñeco. Es fácil moldearte pero no culminarte, precisar. Y aquí estoy con mis dedos en tu piel, entre la plastilina, creándote, haciéndote casi real y cuando termine te quedarás aquí o te subiré a la estantería donde vivirás en silencio junto a mis otros muñecos de plastilina, mi amor.
jueves, noviembre 05, 2009
Primera frase
El principio siempre tiene enormes complicaciones. La primera frase, inevitablemente, ya va a marcar el curso de lo que vendrá. El texto es como un rio, la metáfora es fácil y mala, pero es a lo que mas se asemeja. Nada sabe ese cúmulo de agua de donde, realmente, irá a terminar. Que geografía recorrerá a partir de ese primer punto de deshielo, pero sin embargo marca trascedentalmente el curso. Se puede jugar al engaño, al despiste. La primera frase puede no tener nada que ver, expulsar para simplemente ya a partir de ahí ir hacia otro sitio, pero siempre marca, siempre condiciona, siempre es lo primero leido. la primera frase es la invitación, la puerta. Se sabe que comienza una ruta, pero ese primer paso nos da la primera imagen de ese paisaje a recorrer. Seguramente no es la que mas se piensa, pero seguro no es la que menos. Se piensa y mucho. Hay frases después que son una tortura, que son imposibles, pero la primera tiene su miga porque también es la que abre el fuego. Te puedes sentar con una idea clara, un argumento, un recorrido, pero sea como sea la primera frase, de algún modo, ya modifica el plan. Altera lo pnesando porque la prímera frase tiene algo de imposible y es siempre inexacta. Nunca es la primera frase la que engloba el principio. Hay mucho mas por detrás, pero eso no lo sabe el que lo lee. Es el juego, los primeros dados lanzados. Hay mucho de poker, se esconden cartas, se falsea, se manipula. Luego viene el resto, de lo que ya se tiene cierto control. La primera fase no, suele tener mucho de libre, de autosuficiente. Nace y lanza la cadena. El punto de partida, la primera luz o el nacimiento de la oscuridad. El principio. Luego está el final, pero ese es mas juguetón y mas domable. El principio es rigido hacia a ti pero libre en su existencia, hace un poco lo que le da la gana. El final obedece, aunque no sea un buen final. Sino siempre te da la opción de poner: FIN
miércoles, noviembre 04, 2009
Este texto
19:22
Lo único que motiva este post son las ganas de escribir, pero tras eso hay vacío. Ganas de escribir, nada mas, ganas sin mas, una fuerza considerable pero sin contenido, o sin imagen aparente. Estas cosas suelen esconder reflejos. Aquí los busco. Arranco este texto sin saber hacia donde va. Es otoño y oigo una conversación lejana, al otro lado de las ventanas. Oigo el ronroneo de la nevera, la luz muy baja de la lámpara que ilumina esta pantalla, estas teclas y algo de la mesa donde se apoya todo esto. No se que coño, en todo esto, me motiva a sentarme aquí a escribir. Hay, creo, un placer difuso, muy abstracto en escribir. Se asemeja a meterte en un laberinto. Como agradable es el tiempo mientras se escribe. Se amolda todo a otra velocidad. Puedes quedarte, como ahora, un buen rato con los dedos quietos, esperando a teclear. Ese gesto, en esa posición, hay algo que me gusta. Se quedan los dedos en el aire, apuntando sin apuntar a unas teclas que tu cabeza aún no ha decidido cuales son, como si los dedos ya supieran cuales fueran a ser esas teclas que se van a pulsar pero tu cabeza lo desconociera. Eso, claro, cambiaría el orden que se sospecha. Son los dedos los que deciden el texto y la cabeza va por detrás, con la lengua fuera. Siguiendo a unos dedos que saben como terminará el texto, mientras la cabeza se detiene a cada frase buscando lo que en realidad los dedos ya saben. Ese gesto, como ahora otra vez, es curioso. Pasan unos segundos con los dedos al aire, colocados indefinidamente sobre ese bosque de teclas. El meñique apunta entre la ñ, la l y la p y la cabeza busca la continuidad, al frase que se cree o se decide que debe ir a continuación. Los dedos avanzan. Tac, tac, tac. Aparecen letras, se va formando este texto que la cabeza persigue. El juego es curioso, porque aparecen las letras y uno sospecha que ha sido la cabeza la que ha decidido esta frase, sin embargo, la palabra aparece cuando yo aún la voy pensando. No pienso: "Escribo esta frase" y la escribo, sino que según escribo "escribo esta frase" voy pensando "escribo esta frase". Claro esto tampoco es del todo cierto, pero como juego me parece gracioso. Quizá es eso el motivo de sentarse cuando ya ha anochecido aquí a escribir, ese sensación de juego. Bien visto escribir tiene algo de disfraz. Al menos en mi caso. Y escribir tiene muchas veces, la forma de una fiesta tranquila. Hay juegos y disfraces. Nadie existe del todo y se puede ser transparente. Se puede ser invisible, como ahora, que miro mis dedos que conocen este texto y miro mis manos y mis pies y no están. No hay, no estoy. Esto aparece mientras me hago invisible, entonces freno este texto y salgo a la calle, quizá a tu casa, quizá a tu ducha. Eso, era, claro. Eso quería hacer cuando comencé a escribir este texto
Lo único que motiva este post son las ganas de escribir, pero tras eso hay vacío. Ganas de escribir, nada mas, ganas sin mas, una fuerza considerable pero sin contenido, o sin imagen aparente. Estas cosas suelen esconder reflejos. Aquí los busco. Arranco este texto sin saber hacia donde va. Es otoño y oigo una conversación lejana, al otro lado de las ventanas. Oigo el ronroneo de la nevera, la luz muy baja de la lámpara que ilumina esta pantalla, estas teclas y algo de la mesa donde se apoya todo esto. No se que coño, en todo esto, me motiva a sentarme aquí a escribir. Hay, creo, un placer difuso, muy abstracto en escribir. Se asemeja a meterte en un laberinto. Como agradable es el tiempo mientras se escribe. Se amolda todo a otra velocidad. Puedes quedarte, como ahora, un buen rato con los dedos quietos, esperando a teclear. Ese gesto, en esa posición, hay algo que me gusta. Se quedan los dedos en el aire, apuntando sin apuntar a unas teclas que tu cabeza aún no ha decidido cuales son, como si los dedos ya supieran cuales fueran a ser esas teclas que se van a pulsar pero tu cabeza lo desconociera. Eso, claro, cambiaría el orden que se sospecha. Son los dedos los que deciden el texto y la cabeza va por detrás, con la lengua fuera. Siguiendo a unos dedos que saben como terminará el texto, mientras la cabeza se detiene a cada frase buscando lo que en realidad los dedos ya saben. Ese gesto, como ahora otra vez, es curioso. Pasan unos segundos con los dedos al aire, colocados indefinidamente sobre ese bosque de teclas. El meñique apunta entre la ñ, la l y la p y la cabeza busca la continuidad, al frase que se cree o se decide que debe ir a continuación. Los dedos avanzan. Tac, tac, tac. Aparecen letras, se va formando este texto que la cabeza persigue. El juego es curioso, porque aparecen las letras y uno sospecha que ha sido la cabeza la que ha decidido esta frase, sin embargo, la palabra aparece cuando yo aún la voy pensando. No pienso: "Escribo esta frase" y la escribo, sino que según escribo "escribo esta frase" voy pensando "escribo esta frase". Claro esto tampoco es del todo cierto, pero como juego me parece gracioso. Quizá es eso el motivo de sentarse cuando ya ha anochecido aquí a escribir, ese sensación de juego. Bien visto escribir tiene algo de disfraz. Al menos en mi caso. Y escribir tiene muchas veces, la forma de una fiesta tranquila. Hay juegos y disfraces. Nadie existe del todo y se puede ser transparente. Se puede ser invisible, como ahora, que miro mis dedos que conocen este texto y miro mis manos y mis pies y no están. No hay, no estoy. Esto aparece mientras me hago invisible, entonces freno este texto y salgo a la calle, quizá a tu casa, quizá a tu ducha. Eso, era, claro. Eso quería hacer cuando comencé a escribir este texto
Banco
Últimos minutos de esta tarde. Tengo la sensación de agua pero estoy lejos del mar, a unos cuantos kilómetros del río, no va a llover por mas que el cielo lleve todo el día grisáceo. Estoy sentado otra vez en el mismo banco. Si a mi me preguntaran este banco es el centro del universo, pero sospecho que cada uno tiene su centro ¿Dónde instalamos nuestro centro espacial? Esto es relativo, el banco lleva siendo mi centro un tiempo, antes habían sido otros, quizá ni siquiera había tenido centros espaciales. Ahora es el banco por muchas cosas, porque veo pasar a la gente por el parque, los corredores, los que pasean a su perro, las parejas perdidas, los turistas irreales y el tiempo no parece hacia adentro, sino que parece de todos, o del parque, de esos árboles, de esos pájaros, del cesped pero no se mueve hacia adentro que es como se mueve el tiempo cuando no estoy en el parque, sino que sale, se desplaza entre las hojas, entre las pisadas de los atletas que pasan a mi lado. Estoy en el banco, sentado como todos estos días de los últimos meses. He visto pasar las últimas estaciones, la variación solar a la misma hora a lo largo de los meses. Estoy en el banco al que no pertenezco. A veces fantaseo con la posibilidad de imaginar quien mas se ha sentado cada día aquí, que conversaciones ha habido mientras yo aún no llegaba, sino que estaba fuera, fuera del parque y aquí una pareja de italianos se han hecho una foto y han hablado de las percepciones de pasear por esta ciudad a la que quizá no vuelvan juntos o quizá si, una pareja que sigue su destino o como quiera que se llame ese juego de casillas invisibles ¿Quién ha pasado por aquí hoy, ayer, todos estos meses? ¿Qué invisibles instantes se han vivido en el banco antes de volverme a sentar a esta hora como todas estas tardes? Ese juego también me gusta del banco, imaginar que soy uno mas en ese vaivén de visitantes fugaces que tiene el banco en su día a día. También me gusta sentarme aquí y ver el parque desde esta posición. Ver a los atletas pasar, a esa niña que juega y lanza la pelota mientras su padre recibe el pase y la devuelve y la pelota se desliza como un planeta por el césped verde y la niña mira al cielo y le dice al padre algo que no alcanzo a entender y el padre la coge de la mano y se van. Me gusta el banco por eso, porque como todo en la vida, como cada cosa, es un extracto, una visión, un instante y todo cambia y gira y sigue. Soy otro visitante momentáneo del banco. Cae del todo la noche y me voy
martes, noviembre 03, 2009
Crónica
18:45
Entran en South Kensington, con la idea de montarse en un tren de la Circular Line dirección Barbican, pero cuando alcanzan el hall de la estación un letrero, escrito a mano, anuncia que durante todo el fin de semana esa línea tiene suspendido en servicio por problemas técnicos. Barajan opciones, calculan posibilidades mientras hacen cola para comprar el ticket que les da acceso al uso del metro. Ella, que en el momento de adelantarse hasta la ventanilla ha sospechado un ritmo interno parecido a una forma de vida, pregunta en un ingles único al tipo que atiende la opción mejor para ir, bajo estas circustancias, hasta Barbican. El espera mientras ve pasar una tipa con las medias rotas y sangrando por la cara, lo que le hace percibir un vestigio de susto, disminuido inmediatamente al recordar que es la noche de halloween, y que el asunto, mas que una tragedia, es un disfraz. Ella se acerca y le comunica a el la opción, entre todas, mas acertada, según el hombre de la ventanilla. Entran al metro. El anden está lleno de muertos vivientes e inmigrantes ilegales. Unos van de fiesta, otros salen de trabajar, una voz feroz, anuncia que esa línea debido a que la otra está averiada, está sufriendo retrasos.
19:10
El tren con dirección King´s Cross aparece. El anden, por el retraso estña reventado de gente, el tren tiene los vagones con mas muertos vivientes y chcias que recuerdan a Carrie. A ella todo eso le recuerda a un video del fallecido Michael Jackson y como buenamente pueden se montan en el tren.
19:25
El mira el reloj en la muñeca de una señora muy rubia, muy blanca y muy gorda que mira, sin mucho interés hacia la nada. El reloj a el le recuerda que lo que era un trayecto sencillo y rápido se ha complicado y que si antes iban con tiempo de sobra, ahora la hora es exacta, no sobran minutos según sus cálculos. Mientras el tren se detiene en medio de un tunel. La cosa podría parecer una comedia, pero si se mira con cierto grado de paranoia, el chiste de los muertos vivientes de repente puede parecer menos gracioso y convertirse en una malísima película de serie B. El tren arranca
19:32
El tren alcanza King´s Cross. Los dos, a paso mas que acelerado comienazan a recorrer el pasillo para cubrir el trasbordo. Cuando llegan al nuevo anden donde deben coger la Metropolitan Line, resulta que también está averiada. La decisión es rápida. Si no cogen un taxi, no llegan al Barbican.
19: 42
Se montan en un taxi negro y solicitan el viaje. En ese momento ella mira hacia afuera, ve una tienda donde un señor compra, tras unas luces de neon verdes, un dulce. A ella el asunto le recuerda que las últimas diez libras las habían gastado en un antojo de dulces un par de horas antes en una tienda del centro que parecía un decorado de una película infantil de los años setenta. Mira rápidamente la cartera y dice en alto:"No nos queda dinero"
19:50
A mitad de trayecto entre King´s Cross y el Barbican Centre cuentan las monedas que tienen entre los dos y suman 8 pounds. Ella le cuenta la notica al conductor del taxi y le solicita que por favor detenga el taxi, que no tienen mas que ocho pounds, el taximetro en ese instante marca: 7,80. El hombre adelanta e inolvidablemente amable, mira hacia atras y pregunta:"Pero ¿Saben ustedes llegar desde aquí al Barbican? La respuesta es inmediata: "No"
19:52
El taxista detiene el taximetro y dice: "No se preocupen, les acercó un poco"
19:55
Casi corriendo atraviesan la calle hasta la puerta del Barbican Centre, a medida que corren muchas manos les van entregando papeles publicitarios para fiestas de la noche de halloween. Ella saca las entradas, en la prímera puerta una chica muy amable les indica hasta que puerta deben ir para entregar las entradas y entrar al recinto. Cruzan esa puerta y ella, que va cargada de papeles, según pasa por una papelera se deshace de todos los papeles publicitarios, sin saberlo también está lanzando a esa papelera de metal, cerrada con llave, las entradas. Siguen y diez metros mas adelante ella le mira a el y dice:"¡¡Acabo de tirar las entradas!!"
19:59
Una mujer de la limpieza, después de varios ruegos aparece con la llave que abre la papelera. Entre millones de papeles, ellos dos, la chica de la limpieza y la chica de la puerta encuentran las entradas, lo que, sin saberse aún, tampoco es cierto, porque según avazan ella mira y descubre que son entradas de un evento, cuyo diseño de entradas es idéntico, pero sucedió dos días antes.
20:01
El la mira, sale corriendo, detiene a la chica de la limpieza mas adelante y le muestra lo que no son sus entradas: "Por dios, abre otra vez la papelera". Abren. Salen periodicos, revistas, entradas, recibos, una piruleta, una foto, publicidad de Halloween, una hoja escrita a mano y al final, entre esa selva imposible aparecen las entradas. Sale corriendo y en el último suspiro entran.
Arranca de ese modo un concierto inolvidable de un grupo inolvidable en un lugar inolvidable. Así y de ese modo ella, el y seguramente Daniela, escuchan ese emotivo concierto de Grizzly Bear.
Por prímera vez para las dos
Entran en South Kensington, con la idea de montarse en un tren de la Circular Line dirección Barbican, pero cuando alcanzan el hall de la estación un letrero, escrito a mano, anuncia que durante todo el fin de semana esa línea tiene suspendido en servicio por problemas técnicos. Barajan opciones, calculan posibilidades mientras hacen cola para comprar el ticket que les da acceso al uso del metro. Ella, que en el momento de adelantarse hasta la ventanilla ha sospechado un ritmo interno parecido a una forma de vida, pregunta en un ingles único al tipo que atiende la opción mejor para ir, bajo estas circustancias, hasta Barbican. El espera mientras ve pasar una tipa con las medias rotas y sangrando por la cara, lo que le hace percibir un vestigio de susto, disminuido inmediatamente al recordar que es la noche de halloween, y que el asunto, mas que una tragedia, es un disfraz. Ella se acerca y le comunica a el la opción, entre todas, mas acertada, según el hombre de la ventanilla. Entran al metro. El anden está lleno de muertos vivientes e inmigrantes ilegales. Unos van de fiesta, otros salen de trabajar, una voz feroz, anuncia que esa línea debido a que la otra está averiada, está sufriendo retrasos.
19:10
El tren con dirección King´s Cross aparece. El anden, por el retraso estña reventado de gente, el tren tiene los vagones con mas muertos vivientes y chcias que recuerdan a Carrie. A ella todo eso le recuerda a un video del fallecido Michael Jackson y como buenamente pueden se montan en el tren.
19:25
El mira el reloj en la muñeca de una señora muy rubia, muy blanca y muy gorda que mira, sin mucho interés hacia la nada. El reloj a el le recuerda que lo que era un trayecto sencillo y rápido se ha complicado y que si antes iban con tiempo de sobra, ahora la hora es exacta, no sobran minutos según sus cálculos. Mientras el tren se detiene en medio de un tunel. La cosa podría parecer una comedia, pero si se mira con cierto grado de paranoia, el chiste de los muertos vivientes de repente puede parecer menos gracioso y convertirse en una malísima película de serie B. El tren arranca
19:32
El tren alcanza King´s Cross. Los dos, a paso mas que acelerado comienazan a recorrer el pasillo para cubrir el trasbordo. Cuando llegan al nuevo anden donde deben coger la Metropolitan Line, resulta que también está averiada. La decisión es rápida. Si no cogen un taxi, no llegan al Barbican.
19: 42
Se montan en un taxi negro y solicitan el viaje. En ese momento ella mira hacia afuera, ve una tienda donde un señor compra, tras unas luces de neon verdes, un dulce. A ella el asunto le recuerda que las últimas diez libras las habían gastado en un antojo de dulces un par de horas antes en una tienda del centro que parecía un decorado de una película infantil de los años setenta. Mira rápidamente la cartera y dice en alto:"No nos queda dinero"
19:50
A mitad de trayecto entre King´s Cross y el Barbican Centre cuentan las monedas que tienen entre los dos y suman 8 pounds. Ella le cuenta la notica al conductor del taxi y le solicita que por favor detenga el taxi, que no tienen mas que ocho pounds, el taximetro en ese instante marca: 7,80. El hombre adelanta e inolvidablemente amable, mira hacia atras y pregunta:"Pero ¿Saben ustedes llegar desde aquí al Barbican? La respuesta es inmediata: "No"
19:52
El taxista detiene el taximetro y dice: "No se preocupen, les acercó un poco"
19:55
Casi corriendo atraviesan la calle hasta la puerta del Barbican Centre, a medida que corren muchas manos les van entregando papeles publicitarios para fiestas de la noche de halloween. Ella saca las entradas, en la prímera puerta una chica muy amable les indica hasta que puerta deben ir para entregar las entradas y entrar al recinto. Cruzan esa puerta y ella, que va cargada de papeles, según pasa por una papelera se deshace de todos los papeles publicitarios, sin saberlo también está lanzando a esa papelera de metal, cerrada con llave, las entradas. Siguen y diez metros mas adelante ella le mira a el y dice:"¡¡Acabo de tirar las entradas!!"
19:59
Una mujer de la limpieza, después de varios ruegos aparece con la llave que abre la papelera. Entre millones de papeles, ellos dos, la chica de la limpieza y la chica de la puerta encuentran las entradas, lo que, sin saberse aún, tampoco es cierto, porque según avazan ella mira y descubre que son entradas de un evento, cuyo diseño de entradas es idéntico, pero sucedió dos días antes.
20:01
El la mira, sale corriendo, detiene a la chica de la limpieza mas adelante y le muestra lo que no son sus entradas: "Por dios, abre otra vez la papelera". Abren. Salen periodicos, revistas, entradas, recibos, una piruleta, una foto, publicidad de Halloween, una hoja escrita a mano y al final, entre esa selva imposible aparecen las entradas. Sale corriendo y en el último suspiro entran.
Arranca de ese modo un concierto inolvidable de un grupo inolvidable en un lugar inolvidable. Así y de ese modo ella, el y seguramente Daniela, escuchan ese emotivo concierto de Grizzly Bear.
Por prímera vez para las dos
miércoles, octubre 28, 2009
Bibliografía
Publicó su primer y único libro a los 27 años. El libro era malo bajo un criterio de calidad indefinible y abstracto que existe en la literatura. La mala literatura es mala por mala, no hay otro motivo. Hay tipos que usan la palabra con habilidad, manejan el lenguaje con mucha técnica, como técnica es la estructura de sus historias, pero sin embargo lo contado ser malo. Aquel libro era malo porque seguramente hablaba desde el resentimiento. Se puede usar la literatura como metafórico ajuste de cuentas, pero no como venganza. Esa es una batalla sucia y se puede ser sucio con la literatura pero no deshonesto, para eso está la política y el periodismo. Aquel libro no era malo en el sentido técnico, pero no había nada. Podría parecer un tópico pero hay quien escribe para los demás y quien lo hace por salvación, por grito, por enfermedad. Bien pensado escribir, la necesidad de escribir, es una enfermedad. Una enfermedad que te lleva a estar sentado durante horas frente a un texto, a símbolos. Darle forma al dolor o la que sea que se esconde y no se comprende en forma de letras. Eso es retorcido, es complejo, tedioso. Aquel libro sin embargo no estaba escrito desde esa necesidad imperiosa, estaba escrito para la rueda de prensa, para la presentación, para el padre. Sospecho que mucha gente hace su actividad pensando en el padre. Ser escritor es de alguna manera un brillo, o así lo vende esta sociedad. Aquel tipo, era evidente, tenía un conflicto paterno. Su ego extraño, su necesidad de mostrar una vida que objetivamente no tenía nada de atractivo, su necesidad de ser público escondían a un tipo que en el fondo buscaba conquistar al padre, el que seguramente no le prestó demasiada atención. Aunque, cierto es, que se puede escribir por ego, porque el ego no deja de ser dolor jamás debería ser esa la materia principal de esos símbolos indestructibles que son las letras escritas. El libro era malo, como malos fueron sus siguientes intentos de literatura. Los argumentos seguían siendo ajustes de cuentas en forma de venganza: Venganza con la hermana, con el hermano, con la ex-novia, con su padre, con viejos amigos, con el que se burló de él en el colegio. Está bien poner a caldo a los demás si se siente esa necesidad, pero ante todo hay que ser elegantes. La literatura es algo serio, no es un borracho al que contarle los problemas, tampoco la portera con la que cotillear de los vecinos. Se puede escribir, hay que escribir, un texto, un diario, un blog, hojas sueltas, letras de canciones, mails, pero no convertirlo en tu espectáculo. La aspiración no debe ser la presentación de tu libro. Ahí el texto ya no te importa. Al que escribe el texto sólo le importa en presente, aunque esté quince años escribiendo un texto. La literatura es presente, aquí, ahora. Lo demás, lo escrito, ya no es tuyo, no te pertenece. En lo que va escrito el que escribe ya está muerto. Y el busco la gloria en eso, en esos pedazos de él que ya estaban muertos y así, y de esa manera, fue que se encontró con el horror.
martes, octubre 27, 2009
Vox
Es la hora. Pasen, vayan pasando lentamente. Comienza este baile. He preparado todo delicadamente. La media luz precisa, las cortinas echadas, las persianas bajadas. He servido algunas copas por si quieren beber. Pasen pero no se sienten, pensaba en bailar así que lo conveniente será hacerlo, yo estoy dispuesto. Sonará el vinilo con esa antigua canción, la aguja atravesará los surcos y conociendo como conozco ese viejo vinilo se detendrá insaciablemente después del estribillo. Ese disco lleva años pinchado en ese mismo punto. Recuerdo aquellos años cuando de niño recorría esta casa ya de noche y desde esta sala donde no nos dejaban entrar salía como una brisa suave esa canción recorriendo el pasillo donde me escondía para escucharla. Me aprendí de memoria ese salto constante. Terminaba el estribillo y comenzaba el salto, la repetición enloquecida de esa sílaba, entonces algunos segundos después mi abuelo debía levantarse y levantar la aguja los milímetros precisos para dejarla caer algo mas adelante y proseguir con esa escucha accidentada. Sin embargo, para mi esa canción es inconcebible sin ese salto, sin esa detención repentina, pero... por favor, no se queden ahí pasen. No se cohiban. Nos conocemos desde hace tanto tiempo que aún sin conocer sus caras no me resultan ustedes desconocidos. Así que pasen, expándanse por el salón, dilúyanse entre la luz baja, entre las lámparas, entre las cortinas y déjense llevar ¿Les apetece bailar? ¿No quieren beber nada? No llevan hoy sus máscaras, han venido sin disfraces. Hoy no será una baile al uso, sospecho. Resulta sorprendente, siempre resulta sorprendente esta ceremonia, en el fondo, créanme, hay algo agradable, hay algo que se disfruta, un oscuro goce. Perdonen, no me entretengo mas. Que suene la música. Siguen aquí los vinilos, siguen aquí. Me veo repitiendo los gestos de entonces, los que escondido veía hacer a mi abuelo. Ahora la aguja comenzará el viaje y... ¡vengan! ¡bailemos!. Suelten sus voces, sus susurros que tantas veces he escuchado a solas. Entren y bailen ¿Quieren beber? Pasen, giren conmigo por este salón. Bailemos, suena esa música antigua, esa voz triste ¿Escuchan la letra, mis viejos fantasmas? Es tan desgarrada, viene de tan lejos. Pasen mis voces invisibles, pasen, vengan conmigo, comiencen otra vez a hablar, a acosarme de cerca, pero hoy, hoy díganmelo cantando, mientras bailamos ¿Están todas? Si, no parece que falte ninguna hoy. Aquí están en este viejo salón. Hablen, hablen, mis adorables fantasmas susúrrenme al oído, que ya falta poco para que termine el estribillo y se quede el disco enganchado en ese surco. Háblenme, háblenme susurrado como tantas veces, pero bailen, bailen que ya va a terminar el estribillo y ahí, hoy, hay sorpresa, les tengo preparado un regalito. Sigan con sus susurros y bailen, que ya está aquí, ya está aquí, quí, qui, quí, qui
lunes, octubre 26, 2009
Un limón, medio limón, dos limón.
Ayer estuve bebiendo conmigo mismo hasta bien entrada la madrugada. La situación es complicada porque hablar contigo mismo cuando estás ebrio es asunto enredado. Yo le decía a mi que estaba cansado del estado de las cosas con Carla, que se había perdido la motivación, que ya todo se arrastraba por una inercia que a cada segundo perdía fuelle. Una corriente que algún dia fue marea alta y ahora apenas empujaba olas minúsculas a la orilla. Y yo, o él, porque desde mi punto de vista yo era yo y yo, que era él, era él, me habló de Carla, claro, pero también andaba cabizbajo, existencialista, borracho común que declara que el mundo fue y será una porquería. Yo le hablé del mundo si, de sus miserias, pero sobre todo de Carla porque si había aceptado beber conmigo mismo era porque en el alcohol las penas de amor son menos. Cosa, que sospecho hoy, no es del todo cierta. Me parece que bebía conmigo porque lo de Carla ni yo mismo lo entiendo y si se lo contaba a yo, que era él, las cosas a lo mejor cobraban otra perspectiva, se veían diferentes pero como yo andaba existencialista apenas me escuchaba con lo de Carla y el sorbía Ron y hablaba del tiempo, de lo miserable y cruel que es la existencia en un mundo como este. Y yo callaba y le miraba tratando de entenderle, pero borracho es borracho y a mi me parecía que yo se enredaba y que la lengua le iba a trompicones con las palabras y que las palabras le podían y que además su conversación beoda había dejado de ser coherente y se arrastraba por ese lado incomprensible y laberíntico que es el jardín del ron. Le miraba, le miraba a mi y yo me miraba mirándole y en un silencio largo en el que ambos nos mirábamos pensando que el otro debería cambiar algunas cosas si se quería alcanzar determinada felicidad, yo me dijo que olvidara lo de Carla y entonces soltó un monologo largo y duro contra Carla, los defectos de Carla, los problemas de vivir cerca de Carla, lo que el sentía hacía Carla, que era tan parecido a lo que yo sentía por Carla, que le veía hablar y comprendí que yo además de estar jodido por el mundo y sus miserias tampoco llevaba nada bien lo de Carla y sentí, además de identificación con yo, cierta forma de tristeza. Le miraba, tan borracho, arrastrando las palabras como piedras pesadas, como cargas terribles y sentí que lo que hacía por Carla, lo que el tenía con Carla no tenía sentido y se lo dije. Mira yo, te veo hablando de Carla, del estado del mundo, tan borracho y creo que deberías ubicarte en otro espacio. Estás viviendo en una colocación que no te corresponde, de ahí tu incomodidad. Luego cerraron el bar y nos echaron. Nos fuimos hasta casa, los dos tratamos de abrir la puerta lo que realmente fue difícil porque yo tiene su casa medio centímetro sobre la mía y la ranura de su puerta está desplazada ese medio centímetro de la mía y ni el ni yo atinábamos a encontrar nuestras respectivas ranuras. Y nos fuimos a la cama y su cama, que está a medio centímetro de la mía hacia que su cuerpo estuviera casi sobre el mío y yo trataba de moverle, de desplazarle de encima de mi, pero yo seguía ahí instalado hasta que nos fuimos durmiendo y fuimos soñando y fuimos siendo el uno en el otro y yo o yo nos hicimos yo. Hoy me he despertado siendo yo del todo, me he jurado no volver a beber y sacando en claro que lo de Carla, eso si, para yo, que es él, no tiene ningún sentido. Aunque luego me ha llamado y hemos quedado a comer.
sábado, octubre 24, 2009
La tintorería
Empecé a venir a esta tintorería porque se me destrozo la lavadora una noche mientras veía una película muy mala de ciencia ficción. Lo recuerdo porque el sonido de frenada que generó aquel destrozo me pareció una invasión repentina de un comando de alienígenas borrachos llegando a tierra por equivocación. Me levanté a toda velocidad de la butaca y vi que aquel brutal sonido, efectivamente no era provocado por una aterrizaje forzoso de una nave que venía de un planeta inexistente, sino que la lavadora había aterrizado su existencia de manera violenta. La lavadora, y podría maquillarlo pero prefiero ser directo, se había suicidado y en aquel violento acto, había acabado con mi ropa. Así que descubrí esta tintorería porque me pillaba cerca de casa y porque no tenía mejor sitio donde lavar mi ropa. Me gusto por muchos motivos, entre ellos el económico pero también el artístico, y aquí seré preciso: Me gustó aquella vez y me sigue gustando, el movimiento que ejecuta la lavadora que siempre escojo, la número 5, mientras completa el proceso total de lavado de la ropa. Me gustan esos giros que recuerdan al cosmos, claro, pero también al masaje, al roce, a la caricia, al coito. Puede parecer una perversión pero veo algo erótico en ese vaivén que se trae la lavadora con mi ropa. También veo algo de baile, una pareja que se entrega a un baile hermoso, como esas parejas que bailan a solas, a media luz, una noche de viernes cuando han vuelto a casa y han dejado la semana atrás, el trabajo, el tedio del día a día y se entregan el uno a los brazos del otro y se mueven por el salón con desparpajo pero con ritmo, con libertad pero con precisión. Eso veo siempre, también ahora. Gira, gira a toda velocidad, se detiene, sale un chorro de agua con jabón, arranca de nuevo la ropa, salta enloquecida, motivada por ese ritmo que impone con sabiduría la lavadora. Distingo esos calcetines verdes que desaparecen de repente tras la aparición imponente de la camiseta de Andrew Bird. Salta en medio, casi manteniendo la posición la camiseta como medianamente puede, y entonces es cuando esa masa imponente que son las sabanas de repente copan la escena, el círculo en el que todo sucede de repente se vuelve ese blanco apagado, venido a menos por tantos lavados que llevan sus hilos. Esas sabanas que estaban tan sucias y que aún olían a Ana. Ahí las veo ahora, brincando, girando enloquecidas. Fantaseo con esas partículas invisibles que son el perfume de Ana diluyéndose en la lavadora, entre el agua y el jabón, desapareciendo en ese fenómeno bestial que es el centrifugado. Ahí se va el olor de Ana, esa presencia inevitable que aún quedaba cada vez que me metía en la cama. Eso pienso, ese es el arte que veo en la número 5. Su movimiento de Vals. Tres por Cuatro y giro. Un, dos, tres. Un, dos, tres y giro, he visto caer momentáneamente la camiseta que me regaló Paula. Bien visto la lavadora es un diario, una radiografía de tu vida. Ese baile de telas y algodón define tu existencia. Un, dos, tres la chaqueta del invierno pasado. Un, dos tres, gira y veo los calcetines que llevaba anoche en la cena con mi padre y su novia. Y de repente, como un fogonazo, como una explosión, incluso como el mismo orgasmo, aparece el chorro de agua con jabón y me imagino todos los restos de la ropa diluyéndose en un enfrentamiento químico precioso. El olor del restaurante donde cenamos anoche desapareciendo y confundiéndose con el olor de Ana que aún permanecía en las sábanas. Si, claro que si. Bien visto eso podría ser mi biografía, la esencia total de mi existencia. Por eso vengo aquí, porque es terapia y porque es erótico como se mueve y acaricia la lavadora a toda mi ropa. En un minuto se acaba el ciclo y no volveré hasta dentro de cinco o seis días, incluso una semana a que todo esto, todo lo que soy cobre sentido y parezca un baile, una pieza. Una lucha química del pasado, de lo sucedido, contra lo que vendrá que ya sucederá con la ropa limpia, esperando a adquirir las nuevas fragancias, la de Ana si vuelve, la de otras cenas, las de la oficina. Aquí gira mi vida, cambia de ciclo y paso los dias contando para volver y sentarme y ver la lavadora girando, moviéndome. Suena el timbre, acaba el ciclo y lo mejor, hoy lo mejor no será sacar la ropa, hoy lo mejor será abrir la pequeña compuerta y meterme yo dentro y girar, girar. Un, dos, tres y revolverme con los calcetines verdes, con la chaqueta del invierno anterior, con las sábanas donde tantas veces durmió Ana.
viernes, octubre 23, 2009
Ofelia
Ofelia era un desenfreno. Ofelia era frenesí. La primera vez que oí hablar de Ofelia fue por la famosa anécdota que tanto tiempo anduvo a nivel del susurro por los pasillos del edificio donde vivíamos en aquella época. Ella se acababa de mudar al primer piso y alguien contó que la muchacha se había asomado por la ventana y a gritos pedía sexo con urgencia. Nunca pude certificar si aquello fue real, lo que si pude comprobar mas de una vez era que Ofelia iba a dos mil o tres mil por hora. Un día Ofelia, sin conocerla, nos invitó a entrar en su casa a un vecino y a mi. Nos dio de beber, nos dio mucho de beber. A menudo estaba sola en aquella casa acompañada por dos personajes que potenciaban la sensación de estar entrando en una escena de una película de serie z, una era una mujer mayor que parecía mas que una mujer de servicio, alguien que se ocupaba de la complicada Ofelia. EL otro era un hombre muy mayor también que hacía las funciones de Chofer. Bebíamos descarnadamente mientras aquella peculiar pareja veía una película a dos o tres metros de nosotros. La actitud del chofer y de la cuidadora de Ofelia era llamativa porque a pesar de que Ofelia hablaba a gritos y nos ponía bebida a ritmo esquizofrénico, ellos se mantenían atentos a la pantalla, jamás giraban, aunque era evidente que ellos prestaban toda su atención a lo que sucedía entre nosotros tres. Yo estaba muy borracho y callado, mi vecino, sin embargo, trataba de seducir a Ofelia influenciado por la fama que tenía de ser adicta al sexo y por ser un tipo desagradable y sórdido. Si yo me mantiene callado era porque sus métodos me resultaban vomitivos y primitivos, y porque todo aquello me parecía extraño. Ofelia sin embargo iba a otro ritmo, Ofelia no tenía límites, pero Ofelia era lista. miraba al vecino con indiferencia y le driblaba con precisión sin que mi vecino se diera cuenta de que en aquel partido de futbol iba perdiendo por 9 a 0. Entonces Ofelia, que era caprichosa y tenía aquel micro reino surrealista creado por la madre ausente, decidió elegir al callado, se encaprichó con el vecino tímido con el que bebía y no hablaba y se lanzó encima de mi. Se sentó en mis piernas y comenzó con las primeras secuencias del rodaje de una mala película porno (En este caso sobra el adjetivo, esta por ver la primera buena película porno) en el que los espectadores eran mi vecino, el chofer y la cuidadora de Ofelia. El vecino miraba atónito, se puso en pie, abrió la puerta y se largó. La cuidadora y el chofer no miraban, mantenían la atención en una escena de acción donde Arnold Schwarzenegger se enfrentaba a un montón de gente. Mantuve el tipo un rato, aquello me parecía bien. Ofelia, y en eso todo el mundo estaba de acuerdo, era muy atractiva a pesar de su locura. Con cuidado le solicité un cambio de escenario y giré mis ojos hacia la pareja que seguía atenta a las aventuras y desventuras del gobernador, pero Ofelía no, a Ofelia no era, seguramente, yo lo que le atraía de la escena, sino que le atraía la escena en sí. Así que el desarrollo de lo que vino me mantuvo en un debate intenso durante bastantes minutos y Ofelia no colaboraba con mi pudor y sonorizaba con poca credibilidad todo lo que acontecía. No recuerdo como terminó aquello, estaba muy borracho y bastante desconcertado. Tuve mas encuentros con Ofelia. Siempre acompañados de mucho alcohol y de bastante irrealidad. Luego Ofelia se fue diluyendo, fue desapareciendo, la última vez que me crucé con ella me llevó a su casa y bebimos muchísimo, hicimos el amor en el suelo del pasillo, después llamó al chofer y le dijo que nos llevara de madrugada a un barrio, en el coche mientras el tipo atravesaba no hablábamos, entramos en uno de los barrios mas peligrosos de la ciudad, ella se bajo casi en marcha en medio de un callejón y tardó un rato en volver a aparecer. Traté de hablar con el chofer, pero el tipo apenas contestaba con monosílabos. Pasó mucho rato y Ofelia apareció de nuevo. Volvimos al edificio y yo me largué por otro lado. Al tiempo la vi en el ascensor, me miró como el que mira desde lo alto de una montaña una luz ínfima en la ventana de un edificio de la lejana ciudad. Estoy seguro que no me reconoció, no sabía quien era. Subimos varios pisos y cuando ibamos por el septimo yo caí en cuenta que Ofelia vivía en el prímero, la puerta se abrió en el decimo, que era mi piso y me despedí y me bajé. La puerta se cerró y no se si Ofelia seguiría bajando, subiendo o si tan sólo las puertas se cerraron y ella se quedó ahí.
jueves, octubre 22, 2009
Club silencio
Has vuelto. Aquí estás otra vez. No niego que te esperaba, que quizá llevo demasiado tiempo aquí sentado esperando ver que se abre esa puerta y que la cruzas. Has vuelto, aquí estás. No has cambiado o sólo has cambiado lo que el tiempo decide que cambie. Lo que el tiempo opera en nuestros gestos, la impresión lenta del dolor, del pasado, de las noches sin dormir, de las angustias. Si te miro desde aquí, iluminada por la tenue luz de la lámpara de pie, podría jugar a intuir cosas que desconozco de todos estos años. Sin embargo, y eso es lo sorprendente, apenas has cambiado. A eso juega el tiempo, a ir pacientemente y con muchísimo cuidado, variando las formas de las cosas, de nuestras caras, de nuestras manos, de la tierra, de las cordilleras, de las costas. Mantienes intacta, como lo diría... esa dulzura sensual. Odio usar las dos palabras. Dulzura, sensualidad, pero tenías entonces y mantienes ahora, esa inocencia animal. Uno sabe, o sospecha, que el sexo contigo sería el ejemplo exacto de eso que leí ayer: "Hacer el amor es un retorno, un impulso atávico que nos conduce a la caverna original, donde se bebe el agua que nos dio la vida". No me malinterpretes, ya estamos mayores para malinterpretarnos, no es que te vea ahora, tanto tiempo después y este llevándolo todo a un terreno sexual. Yo también se que eso es lo que menos va a suceder esta noche, que es lo menos interesante de toda esta reaparición. Nada mas emocionante que tenerte ahí, de repente, fantasmal. Ahora estás ahí, le llaman reencuentro, pero en nuestro caso es distinto. Estamos cercanos pero distantes.
Ahora llega la parte mas demoledora. Recordaré algo de aquellos años que seguramente tu tengas borrado, enterrado en las cajas de la memoria y tu hablarás de otras imágenes, de otros recuerdos que yo no tengo, que también están ocultos en mis cajas, en los almacenes subterráneos. Y nos sorprenderemos escuchando al otro contando eso que ni sospechábamos y nos conoceremos un poco mas, el uno al otro, pero también a nosotros mismos. Esa sorpresa de reconocerte a ti mismo en un pasado que para nuestra memoria no había existido. Y nos diremos, por dentro, mientras el otro narra "Caray, yo también soy ese. Lo que recuerdo pero también eso. lo que dejé de recordar". Somos eso, aquí estás otra vez. Has vuelto, sin volver, porque se que tu paso es fugaz, que pasas para dejar esa imagen, tu imagen bajo la luz de la lámpara. Si acaso esos recuerdos que el otro no recuerda. Solo eso. Ahora darás la vuelta, te veré cruzar la puerta de nuevo y extrañamente dejarás el olor que llevabas entonces, no ahora, porque desde aquí no alcanzo a olerte, pero lo huelo, viene otra vez aquel olor que no llevas ahora, sino que llevabas entonces. Girarás y desaparecerás en medio de esta noche y así, así hasta que nos veamos de nuevo aquí dentro de otros quince años, quizá mas. Quizá nunca, que es el tiempo definitivo. Quizá, y eso en el fondo es lo mas posible, nunca mas te vuelva a ver. Entonces guardo tu foto donde siempre ha estado. En ese álbum olvidado en el armario.
Ahora llega la parte mas demoledora. Recordaré algo de aquellos años que seguramente tu tengas borrado, enterrado en las cajas de la memoria y tu hablarás de otras imágenes, de otros recuerdos que yo no tengo, que también están ocultos en mis cajas, en los almacenes subterráneos. Y nos sorprenderemos escuchando al otro contando eso que ni sospechábamos y nos conoceremos un poco mas, el uno al otro, pero también a nosotros mismos. Esa sorpresa de reconocerte a ti mismo en un pasado que para nuestra memoria no había existido. Y nos diremos, por dentro, mientras el otro narra "Caray, yo también soy ese. Lo que recuerdo pero también eso. lo que dejé de recordar". Somos eso, aquí estás otra vez. Has vuelto, sin volver, porque se que tu paso es fugaz, que pasas para dejar esa imagen, tu imagen bajo la luz de la lámpara. Si acaso esos recuerdos que el otro no recuerda. Solo eso. Ahora darás la vuelta, te veré cruzar la puerta de nuevo y extrañamente dejarás el olor que llevabas entonces, no ahora, porque desde aquí no alcanzo a olerte, pero lo huelo, viene otra vez aquel olor que no llevas ahora, sino que llevabas entonces. Girarás y desaparecerás en medio de esta noche y así, así hasta que nos veamos de nuevo aquí dentro de otros quince años, quizá mas. Quizá nunca, que es el tiempo definitivo. Quizá, y eso en el fondo es lo mas posible, nunca mas te vuelva a ver. Entonces guardo tu foto donde siempre ha estado. En ese álbum olvidado en el armario.
El principio
Me han servido de aperitivo un plato de yuca frita para mojar con una salsa de un sabor muy primario, un sabor vivo. Reconozco algunos ingredientes de la salsa, básicamente el aguacate, pero se me escapan las sumas, lo que forma ese sabor nuevo. Afuera cae una tormenta emocionante que va a hacer imposible seguir avanzando por esta carretera vieja y casi invisible, estoy bajo un toldo sujetado por unos oxidados hierros, sentado en una mesa con tres sillas mas, cada una desigual, pero todas de plástico. La mesa está coja y cada vez que cojo un trozo de yuca con la mano tiembla y se desplaza un poco el plato, también de plástico y de color chillón. No hay nadie mas en el restaurante y la impresión es que no ha habido nadie en los dos últimos siglos. Me atiende una chica muy tímida que habla con desgana con alguien que está tras la pared donde debe empezar la cocina. Hace muchos viajes innecesarios, a cada rato viene y sus viajes son muy poco productivos, pero esto tampoco parece importarle. En uno de sus viajes, le he preguntado por el estado de lo que me queda de camino hasta la costa de esa carretera. Me ha contestado sin demasiadas explicaciones, que la carretera es vieja y no ha agregado nada mas. Mi duda no ha quedado aclarada y la chica ha cogido la botella vacía de la cerveza y he aprovechado para pedirle otra. He escuchado el sonido de una sartén friendo, seguramente, mi comida. He sentido la punzada suave del hambre, del apetito abierto. La tormenta se ha ido frenando pero del techo seguían cayendo, como el recuerdo de esa tormenta, chorros de agua, olía con fuerza la tierra húmeda de alrededor y la frondosa vegetación que rodea el restaurante estaba, si cabe, aún mas verde. Me he entretenido escuchando el sonido de esos chorros de agua cayendo contra el suelo de tierra, la evocación de un río inexistente. En ese instante he sentido todo el viaje, lo que llevaba de viaje, lo que me quedaba. Como si en ese instante, en ese momento preciso, estuviera contenido el tarro con la esencia de ese viaje que llevaba días realizando. Ahí, justo ahí, mientras los chorros de agua del techo inseguro, el gato que pasaba mojado por la tierra, justo al lado de mi coche, mientras la chica venía con el plato en la mano hacia mi mesa y ese sorbo exacto de cerveza, estuviera comprendido toda la dimensión de ese viaje.
Lo demás, lo que vino después, ya te lo he contado mil veces, pero quizá la vida, a veces, si marca puntos de partida. El inicio de algo, de un recuerdo. Todo lo que vino después, para mi memoria, para mi recuerdo empieza justo ahí, en ese instante que recuerdo viví con peculiar atención, entrando, sin saberlo, en el principio del camino de ese recuerdo, de todo lo que sucedió. Ahí, justo ahí, empezó todo.
Lo demás, lo que vino después, ya te lo he contado mil veces, pero quizá la vida, a veces, si marca puntos de partida. El inicio de algo, de un recuerdo. Todo lo que vino después, para mi memoria, para mi recuerdo empieza justo ahí, en ese instante que recuerdo viví con peculiar atención, entrando, sin saberlo, en el principio del camino de ese recuerdo, de todo lo que sucedió. Ahí, justo ahí, empezó todo.
sábado, octubre 17, 2009
Tipográfica
No estabas. Puedo jurarlo. No había nadie mas en esta habitación. Sonaban las agujas de ese reloj, sonaban ecos de cosas que venían de fuera, desde otras casas, desde la calle. Los sonidos de los edificios. Unos pasos en el piso de arriba, algo que rebota y se pierde. La luz que entraba por la ventana y que anunciaba los primeros fríos. Pero no había nadie mas. Estaba solo y pensaba en cosas pasadas, no muy precisas. Imágenes fugaces que poco importan pasados unos minutos. Estaba solo, tu no estabas. Pensaba, también, en escribir o para ser mas específicos, pensaba en escribirte, en inventarte escribiéndote, porque hasta hace unos minutos tu no estabas, pero tampoco existías. Pensaba en abrir una página en blanco y lanzarme a contarte, a inventarte, a prefigurarte cuando de repente han empezado a entrar todas esas letras por la rendija de la puerta, como una corriente de aire que se cuela. Una tras otra, en una hilera increíble. Venían todas las letras y se han ido colocando a mi lado, haciendo eso que eres ahora, haciéndote. Esa escultura viva formada de letras. Se venían las letras y se colocaban primero formando tu cabeza, el pelo, la forma de tu boca, los ojos. Se venían unas detrás de otras y formaban tu cuello, tus hombros. La piel de letras, los poros que son la a, la c, la j, la k. Todas las letras tu piel, tu cuerpo. La hilera venía enloquecida atravesando la rendija y crecían y se posaban en eso que no eras y que has ido siendo. Ahora eres eso que tengo delante, ese cuerpo preciso, esos ojos, esas manos con todas las letras, con la v, con la b. Todas las letras tu cuerpo y lanzo mi mano y toco la d, toco la h, toco la g. Toco las letras y te leo. Te leo y siempre descubro nuevos significados. Podría ser mas ingenioso, pero te veo y pienso que eres todo un poema.
jueves, octubre 15, 2009
Hermanos
Al mayor le llamaban Poliester sin saberse el nacimiento real de ese apodo. Al pequeño le llamaban Planeta enano, porque estaba mentalmente muy lejano, a la altura de Plutón. Poliester y planeta enano iban juntos por el camino de charcos, sin hablar el uno con el otro, tampoco con nadie en el mundo. Había la opinión generalizada de que la madre se iba a trabajar lejos, a países tropicales y que nunca estaba con ellos, pero el asunto no es cierto porque yo la vi un día con ellos dos por el camino del pozo, era media tarde y ella los llevaba a los lados. Les seguí de lejos, sin saber muy bien porque les seguía. A mi, es cierto, había algo que me llamaba la atención en Poliester. El pelo negro profundo, liso y mal peinado hacia juego con esa mirada inocente y espabilada pero de una enorme distancia. Poliester miraba desde lo lejos, por mas cerca que estuviera, como si hubiera una estepa de por medio. Su hermano era casi invisible, si la mirada de Poliester era lejana, la de Planeta enano no se veía porque vivía detrás de la mirada de Poliester y detrás de su propia mirada y detrás de medio universo. Planeta enano era mas bajito y tenía el pelo mas castaño, tenía los pómulos rosados, como si siempre tuviera mucho frío y cara de animal herido, de un animal hermoso en medio de una noche temible y que se ha escondido de la nieve y de los aullidos lejanos. Aquel dia les seguí a metros de distancia por el campo que iba a dar al pozo, siguieron el camino sin hablar y la madre se paró un par de veces a atarle los cordones a Planeta enano. Cuando llegaron al pozo siguieron de largo y yo me detuve porque se hacía tarde y pronto caería la noche y me dio miedo seguirles. Me volví corriendo a casa y no le conté a nadie que había visto a la madre de los dos muchachos. Pasó un tiempo, un tiempo en el que la vida de Poliester y Planeta enano se acumuló de leyendas extrañísimas, ellos no mutaron su silencio, su lejanía, su distancia. Lo común era escuchar que nadie cuidaba de ellos y que por eso tenían ese aspecto descuidado y desaliñado, también había madres que configuraban vidas a la madre, pero nunca alcancé a escuchar nada creíble. El caso es que ellos nunca hablaban con nadie y apenas se les veía. Salían de la escuela y se perdían a lo lejos, por el camino al pozo y luego nadie sabía mas. Un dia traté de hablar con Poliester, que iba a mi clase, pero no contestó mis preguntas. Yo creo que hablé de un jugador de futbol, luego hablé algo que había oido sobre la directora, hablé de gente que se burlaba de él buscando complicidad pero Poliester no me contestó. Me di la vuelta y pensé que Poliester era un imbécil, pero ese día al salir de clase les seguí. Seguí mucho rato, muchos kilómetros fuera del pueblo. No temí a la distancia, tampoco a la posibilidad de la noche, no temí a Poliester ni a Planeta enano. Les seguí tanto como pude. Cruzamos la carretera ancha. Cruzamos el río y seguían, cruzamos la finca de Frutos, la carretera vieja de la comarca. Atardeció lento, fue cambiando la luz. Se detuvieron en medio de la esplanada, donde empieza la meseta y donde yo jamás había llegado. Había dos arboles y en medio una chabola de madera. Abrieron la puerta y entraron. Me quedé quieto, por agotamiento y paralizado por el silencio y por la luz de aquel atardecer de invierno. Me senté en el suelo mirando la chabola. Se encendieron unas velas que daban una luz intermitente. Se fue haciendo de noche y tuve ganas de tocar la puerta y resguardarme con ellos, pero de algún modo estaba paralizado por la inmensidad de la meseta y por la luz de las velas que lentamente fue lo único visible en la noche creciente. No se que hora era. Un coche llegó desde el otro lado, las luces iban creciendo desde lo lejos como dos ojos abiertos que se van acercando desde un pasillo larguisimo. El coche se detuvo. Se abrió la puerta del copiloto, era la madre de Poliester y Planeta enano, la mujer besó al hombre que conducía ese coche que reconocí. Se besaron un rato, el hombre trato de quitarle el jersey pero ella hacia gestos de silencio y se bajó del coche dando un último beso al hombre. Ella se metió en la casa y ese coche, el coche de mi padre, giró y se fue perdiendo en la esplanada infinita de la noche.
miércoles, octubre 14, 2009
El regreso
La carretera continua pero me desvíe por ese camino de tierra que reconocí después de tantos años. Amanecía y no pasaba ningún coche mas, giré sin precaución y me metí de lleno en aquel camino que veía tantos años después. La inmensidad se abría a los lados y el terreno seguía intacto, difícil de atravesar, árido y brusco, agrietado y desigual . La arena marcada por algunas ruedas, las mismas ruedas de siempre. Parecía como si después de tanto tiempo cada piedra, cada grano, cada limo, la grava, permanecieran colocadas en el mismo sitio, exacto, que la última vez que recorrí este camino perdido. La luz azul profunda del amanecer aumentaban el brillo de sensaciones escondidas, la hora y la memoria se confundían y los recuerdos aparecían como medusas desplazándose a contracciones, la visión que se superpone a la otra visión, la visión gelatinosa de los recuerdos confundiéndose con lo que mis ojos realmente veían. Avancé temiendo por mi coche, bajé la ventanilla, entró de golpe el fresco y un olor impreciso a rama seca, todo sonorizado por el ruido de algunos animales e insectos invisibles, habitando en cualquier rama esparcida a lo largo de ese pseudo desierto. Detuve el coche, me bajé. El Sol aparecía bestial de entre la oscuridad y la noche y lo volvía todo rojizo, violeta, precioso. Me sentí en el medio del mundo. Pude percibir mi respiración como parte acompasada de ese infinidad que empezaba en ese punto y no terminaba jamás. No sentí un placer individual, sino que me sentí colectivo, mis pies pisaban la arena, mi respiración se confundía con la brisa, giraba universalmente con lo que me rodeaba, como parte de una misión eterna, responsable también del universo. Volví al coche, arranqué, conduje torpemente en ese terreno complicado. Avancé reencontrándome visualmente con lo que mi memoria tantas veces había recreado. La inevitable comparación con las dimensiones recordadas y las que ahora tenía frente a mi. Seguí avanzando, hasta que a lo lejos fui viendo aquella casa. Sentí la misma emoción de entonces, la misma y una nueva sumada. La emoción de llegar y el recuerdo de la emoción de llegar. El acercamiento era idéntico que entonces, y la emoción creciente como entonces, ahora recordaba aquello y sentía la misma emoción adulta, algo mas contenida, pero también intensa. El último tramo vino acompañado de voces, de imágenes precisas, hice al volante las mismas maniobras que tantas veces vi hacer. Me detuve bajo los cuatro arboles. El Sol había crecido inmenso y la luz era absoluta. Bajé del coche. El olor me trajo las manos de Elisa, la luz los ojos de Gabriel. La voz del abuelo diciendo: "a su manera esto también es un mar". Caminé hasta la puerta. Noté los cambios inevitables del tiempo, la puerta estaba medio abierta, la empuje. Crucé el pasillo, llegué al salón. Me senté donde tantas veces se sentaba mi padre. La luz del día entraba por la ventana. Me senté y me quedé quieto. Los cristales de la ventana estaban rotos, escuché y vi pasar unos pájaros. Me quedé viendo el horizonte. Desde la línea lejana vi una aparición extraña, una masa que iba creciendo metro a metro, hasta que comprendí. Era agua, era el mar que venía inmenso atravesando el desierto, no hubo tiempo de mas. El agua crecía y avanzaba velocísima por el desierto, volviéndolo todo mar a su paso. Ni me moví, me quedé quieto en el sillón cuando aquel mar alcanzó la casa y lo volvió todo profundidad, el fondo del mar. Fue así, y en ese mismo instante, que me convertí en pez.
domingo, octubre 11, 2009
Domingo
11 de octubre. 8:11
Creo que se ha dicho millones de veces, pero el valor de los amigos es infinito. Cuando percibes la magnitud de este encuentro, aún mas que nunca, te das cuenta que la vida es azar. Eliges los amigos, si, pero es el azar el que reparte las cartas. La mayoría de la gente mas importante en mi vida apareció en un contexto casual. Los vecinos de Barquisimeto se terminan convirtiendo en una parte fundamental, entrañable, familiar, pero no hay una decisión inicial, terminé viviendo en ese edificio como pude haber terminado viviendo en otro. Una llamada, un cartel, un teléfono, a mis padres les resulta conveniente ese apartamento y 18 años después estas despidiendo a uno de esos vecinos en Madrid, al padre de un chico que conociste casualmente y con el que de repente hablabas de música. Este se monta en el taxi, se va al aeropuerto y giras y sientes todo el privilegio que te ha dado el azar. Podría haber sido el padre de un amigo, nada mas que eso, y sin embargo se ha convertido en tu amigo, en un privilegio. Si tuviera mas habilidad para ello escribiría un elogio de este hombre admirable, del valor incalculable y de lo que aportan los hombres, los pocos y contados hombres como el. El cambio, la revolución, están en su manera de conocer profundamente al ser humano. Cuando el conocimiento, un conocimiento tan vasto, la brillantez y la agudeza intelectual y la acción, se juntan en una sola persona no se puede esperar mas que beneficios, pero no beneficios personales, sino beneficios colectivos, el cambio real del mundo. Son esos pocos hombres lo que cambian a mejor el curso de la historia. Es en ellos donde empieza el cambio, pero el cambio real, donde la idea se hace tangible. Lo logran en su trabajo diario, pero lo logran también con la gente que tratan a diario. Unas cuantas conversaciones emocionantes, la recomendación de unos cuantos libros que ahora tengo a mi alrededor, cerca del ordenador, y que seguro se convertirán en importantes, las anécdotas e incluso los recuerdos, la honestidad y el rigor intelectual. Eso dejan a diario, en sus trabajos, en sus contactos, a los que les rodean. Eso me deja a mi según se ha montado en el taxi aquel hombre que conocí por azar, porque terminé viviendo en un edificio en el que obviamente yo no había decidido vivir, sino que fui llevado de niño. El azar barajó y repartió las cartas y me tocaron todas las cartas. Escalera real de mano.
Creo que se ha dicho millones de veces, pero el valor de los amigos es infinito. Cuando percibes la magnitud de este encuentro, aún mas que nunca, te das cuenta que la vida es azar. Eliges los amigos, si, pero es el azar el que reparte las cartas. La mayoría de la gente mas importante en mi vida apareció en un contexto casual. Los vecinos de Barquisimeto se terminan convirtiendo en una parte fundamental, entrañable, familiar, pero no hay una decisión inicial, terminé viviendo en ese edificio como pude haber terminado viviendo en otro. Una llamada, un cartel, un teléfono, a mis padres les resulta conveniente ese apartamento y 18 años después estas despidiendo a uno de esos vecinos en Madrid, al padre de un chico que conociste casualmente y con el que de repente hablabas de música. Este se monta en el taxi, se va al aeropuerto y giras y sientes todo el privilegio que te ha dado el azar. Podría haber sido el padre de un amigo, nada mas que eso, y sin embargo se ha convertido en tu amigo, en un privilegio. Si tuviera mas habilidad para ello escribiría un elogio de este hombre admirable, del valor incalculable y de lo que aportan los hombres, los pocos y contados hombres como el. El cambio, la revolución, están en su manera de conocer profundamente al ser humano. Cuando el conocimiento, un conocimiento tan vasto, la brillantez y la agudeza intelectual y la acción, se juntan en una sola persona no se puede esperar mas que beneficios, pero no beneficios personales, sino beneficios colectivos, el cambio real del mundo. Son esos pocos hombres lo que cambian a mejor el curso de la historia. Es en ellos donde empieza el cambio, pero el cambio real, donde la idea se hace tangible. Lo logran en su trabajo diario, pero lo logran también con la gente que tratan a diario. Unas cuantas conversaciones emocionantes, la recomendación de unos cuantos libros que ahora tengo a mi alrededor, cerca del ordenador, y que seguro se convertirán en importantes, las anécdotas e incluso los recuerdos, la honestidad y el rigor intelectual. Eso dejan a diario, en sus trabajos, en sus contactos, a los que les rodean. Eso me deja a mi según se ha montado en el taxi aquel hombre que conocí por azar, porque terminé viviendo en un edificio en el que obviamente yo no había decidido vivir, sino que fui llevado de niño. El azar barajó y repartió las cartas y me tocaron todas las cartas. Escalera real de mano.
viernes, octubre 09, 2009
¿....?
Fuimos preguntas, todas las preguntas, cada una de ellas. ¿Cuántas preguntas fuimos? ¿Cuántas se pronunciaron? ¿Cuántas fueron mudas, silenciosas? ¿En cuántos lugares nos las hicimos? ¿Cual fue sincera? ¿Cuantas preguntas retóricas? Nacen, vienen solas, aparecen como aparecimos nosotros. La secuencia es una pregunta tras otra ¿Tu nombre? ¿De donde vienes? ¿Eres real? Las primeras, sin reparos, sin temores. El descubrimiento esperando la respuesta. Las primeras: frenéticas ¿Habías sentido algo parecido a esto?¿Te ha gustado? ¿Te gusta? ¿Música? ¿Libros? ¿No te pareció sensacional aquella película? Luego las primeras realidades ¿Donde vives? ¿Tus padres? ¿Tus hermanos? ¿Que trabajo? Una tras otra. Respuestas que van cayendo sin consecuencia inicial. Respuestas que luego volverán, otras que caerán borradas, irrecuperables ¿Te gusta esto? ¿Donde cenamos? ¿Te cae bien este? ¿Te sentías bien anoche? ¿Quisieras ir a este lugar? ¿Por qué esa cara? Las respuestas van pasando una tras otra. Se va rellenando el extenso formulario. Colocando respuestas al azar a veces. Son tantas, van viniendo tantas que no da tiempo ¿Quieres quedarte aquí? ¿Quieres venir aquí?¿ Tienes mucho trabajo? ¿Te pasa algo? ¿Por qué no me llamaste? ¿No podías haber avisado? ¿Por qué no contestas? ¿Quien es ese? El test pasa desquiciado. El test agota y vas dejando casillas en blanco. No contestas todas, vas contestando las que sabes seguro. Luego revisarás las que dejas en blanco, sabiendo que nunca las contestarás porque vendrán mas. Fuimos preguntas. Ese examen tipo test tan extenso, de dificultad creciente. Fueron tan fáciles las primeras. Contestábamos sin pensar. Luego eran complejas, de lectura doble, había que estar alerta a cada palabra porque cada palabra de la pregunta tenía un valor y enviaba la pregunta a un sitio concreto pero de visibilidad nebulosa. Eran tan astutas, tan afiladas que era imposible no cortarse, no herirse con aquellos perfiles afilados que eran como cuchillos ¿Por qué ahora? ¿ No vendrás? ¿Será siempre así? ¿No crees que son demasiadas preguntas? ¿No crees que a veces no cabe la pregunta? ¿No te parece que esa pregunta sobra? ¿no tienes respuesta? ¿Mejor así? ¿Que si estoy harto? ¿Por qué te vas? ¿ Que por qué no voy? Tantas, tan veloces, tan exageradas, tan prolongadas que agotan, agotan. Preguntas ¿Preguntas? ¿Quieres respuestas? y una detrás de otra y la hoja en blanco. Preguntas que son respuestas a preguntas que fueron respuestas a respuestas que quedaron vacías porque alguien preguntó antes de contestar. ¿Quieres ser una pregunta? ¿Soy algo mas que una pregunta para ti? ¿Quien eres? ¿Me conoces? y vuelven, van cayendo, como un círculo perverso, las primeras preguntas otra vez, las que contestábamos sin pensar y ahora quedan colgadas ¿Quien eres? ¿De donde vienes? y la afirmación final: No te conozco. Eso queda al dar la vuelta a ese circulo, a esa permanente interrogación que fuimos. Eso queda, una afirmación y una última pregunta:
¿Volverás?
¿Volverás?
jueves, octubre 08, 2009
Escaleras
Por la escalera desciende como una culebra invisible el sonido del piano. Hay poca luz, muy poca luz y yo espero sentado entre el segundo y tercer piso a escuchar entero lo que el nuevo vecino pianista está ensayando. Rebota el sonido por la escalera e imagino ese viaje que no se puede ver, el viaje extraño y exacto, mucho mas prolongado de lo que sospechan mis oídos, que hace cada tecla desde que es pulsada por el vecino hasta que se desvanece en la nada. Hay dos cosas hipnóticas en el instante, la pieza que ejecuta el nuevo vecino y el sonido del piano por toda la escalera. A esto añadiría la poca luz que se cuela ya de fuera y que otorgan a la escena la categoría casi de lo irreal. El pianista, entonces, concluye la pieza. Pasan unos segundos, quizá un minuto, dos. Todo permanece en silencio y decido ponerme en pie. Bajo hasta mi casa. Abro la puerta y me quedo un tiempo manteniendo la esperanza en la puerta, esperando a que descienda el sonido otra vez, pero no ocurre. Cruzo la puerta, la cierro. Llego al salón. Me siento sin quitarme el abrigo. Me golpea algo parecido a la nostalgia. Dejo todo a oscuras mientras trato de recordar algunos fragmentos de la pieza. Me entretengo un rato en reconstruir algunas partes. La, si, la, do,si, sol. De repente ese fragmento, como un eco de mi memoria, incluso de mi voz que va diciendo en la oscuridad y el silencio de mi casa, las notas en alto, se escuchan lejanamente. Deshago el camino, salgo a la escalera y subo al entrepiso. Arranca la pieza otra vez. Me siento a oscuras, una oscuridad aún mas intensa, una oscuridad que ha ganado con respecto a los minutos anteriores en los que estuve aquí. Anochece y suena de nuevo la pieza. me siento y escucho. Descubro a mi lado una presencia que no identifico por la oscuridad. Oigo las notas, el juego melódico, la armonía, la amplitud de algunos acordes cuando descubro que no estoy solo en el tramo de escaleras. Enciendo el mechero para identificar. Unos escalones mas arriba veo a una chica. Es mi vecina. Saludo con un gesto de mano en la mínima claridad que nos da el mechero, ella contesta sonriendo y me invita a sentarme a su lado para escuchar. Apago el mechero y obedezco. Escuchamos en silencio la pieza, se escuchan las notas precisas, de vez en cuando la respiración de alguno de los dos y muy esporádicamente, alguna puerta que se abre en otro piso. Concluye la pieza, nos despedimos en silencio y nos retiramos. Vuelvo a casa, pienso en la melodía, también en ella.
miércoles, octubre 07, 2009
El viaje infinito
La Vostok 100 tiene una masa de 4.713 kg, una inclinación de 64,95°. Su Periodo orbital es de 88,30 min. El que escribe y narra es el Piloto Cosmonauta. Acompañado para la misión por la tripulación de respaldo requerida y entrenada en el centro de alto rendimiento Scooby Doo. Formada por Nikoláy, quien manejara la sala de máquinas. Mijail, voz en vuelo y comunicación. Davydenko constructor de base y turbinas . Lubic, ingeniería astroespacial y sondas e Ignatius manejará la robótica y las lanzaderas.
Se que una de las grandes complicaciones será navegar sin destino fijo, pero se a su vez que esa es la gran turbina de motivación para la tripulación. Avanzamos entre el laberinto infinito del cosmos, comunicando a tierra los avances y las variaciones. Atravesando con emoción y esperanza el espacio. Descubriendo a cada paso lo que nos rodea. La tierra queda atrás. La hemos ido viendo disminuir su tamaño hasta hacerse un punto casi invisible y esto nos ha humanizado, si cabe, aún mas. Estamos juntos en esto, solos y juntos. Somos seis y la nada, o el todo, el espacio que se abre y no acaba. Veo gestos en ellos. A ratos echan de menos sus casas, la parte cotidiana de la vida, pero su devoción y su animo de conocimiento es infinito, como infinito hacia donde avanzamos. En los largos descansos hablamos. Recordamos y luego celebramos. Nos gusta celebrar de manera orgánica, como si estuviéramos en casa. La manera mas humana de atravesar el espacio es tarareando canciones. Nada mas humano que la música. Al terminar nuestras labores nos reunimos en la sala de relajación y tarareamos. Es nuestro acto de fe. Es nuestra manera de sentirnos vivos en el medio del cosmos
No es difícil oír música de los otros en la Vostok. A ratos la tripulación escoge discos y los hace sonar. Davydenko nos deleitó con Rain dogs de Tom Waits hace un rato. Anoche Mijail nos hizo videar un documental de Wilco en la cabina de comunicación. Terminamos emocionados. Lubic se despierta cantando con frecuencia a Bob Dylan y Nikoláy evoca asiduamente la rítmica jazzistica para calentarse emocionalmente mientras trabaja en la sala de máquinas. Ignatius suele colocar música que acompañe el movimiento de las lanzaderas, hay algo cinematográfico en ver ese movimiento en medio del espacio al ritmo tribal de Sung Tongs de Animal Collective.
De resto hacemos nuestro trabajo. Enviamos comunicaciones a Tierra y experimentamos e investigamos con nuestras labores.
El viaje continúa
Se que una de las grandes complicaciones será navegar sin destino fijo, pero se a su vez que esa es la gran turbina de motivación para la tripulación. Avanzamos entre el laberinto infinito del cosmos, comunicando a tierra los avances y las variaciones. Atravesando con emoción y esperanza el espacio. Descubriendo a cada paso lo que nos rodea. La tierra queda atrás. La hemos ido viendo disminuir su tamaño hasta hacerse un punto casi invisible y esto nos ha humanizado, si cabe, aún mas. Estamos juntos en esto, solos y juntos. Somos seis y la nada, o el todo, el espacio que se abre y no acaba. Veo gestos en ellos. A ratos echan de menos sus casas, la parte cotidiana de la vida, pero su devoción y su animo de conocimiento es infinito, como infinito hacia donde avanzamos. En los largos descansos hablamos. Recordamos y luego celebramos. Nos gusta celebrar de manera orgánica, como si estuviéramos en casa. La manera mas humana de atravesar el espacio es tarareando canciones. Nada mas humano que la música. Al terminar nuestras labores nos reunimos en la sala de relajación y tarareamos. Es nuestro acto de fe. Es nuestra manera de sentirnos vivos en el medio del cosmos
No es difícil oír música de los otros en la Vostok. A ratos la tripulación escoge discos y los hace sonar. Davydenko nos deleitó con Rain dogs de Tom Waits hace un rato. Anoche Mijail nos hizo videar un documental de Wilco en la cabina de comunicación. Terminamos emocionados. Lubic se despierta cantando con frecuencia a Bob Dylan y Nikoláy evoca asiduamente la rítmica jazzistica para calentarse emocionalmente mientras trabaja en la sala de máquinas. Ignatius suele colocar música que acompañe el movimiento de las lanzaderas, hay algo cinematográfico en ver ese movimiento en medio del espacio al ritmo tribal de Sung Tongs de Animal Collective.
De resto hacemos nuestro trabajo. Enviamos comunicaciones a Tierra y experimentamos e investigamos con nuestras labores.
El viaje continúa
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