domingo, mayo 19, 2013

Borracho

 Subió por la escalera con dificultad. El quinto piso a esas horas parece una cima sólo al alcance de esos grandes y locos escaladores. Una vez contó los escalones; él, tan poco dado a los números y las casillas. Los contó sin más intención que contarlos y saber que cantidad de escalones subía al día y como parecían duplicarse cuando llegaba borracho, a esas horas raras. Pero hoy, quizá jamás, recordaba cuantos había contado. Los números son una excusa. Lo que si le parecía es que el segundo piso debía ser ya el decimonoveno, porque llevaba seis o siete horas subiendo. Transpiraba el alcohol y tenía ganas de vomitar, pero la última vez que vomitó en la escalera, en el descansillo del tercero, se prometió no volver a hacerlo. Así que aguantó la arcada que venía con sabor a Whisky y a el sabor de la cena que ya no recordaba. Una esencia terrible. Dijo algo en alto: un impulso. Recordó a alguno de sus héroes deportivos y pensó que subir esos cinco escalones intoxicado de alcohol tenía algo de epopeya deportiva. Como esas grandes remontadas de su equipo que le habían llevado a noches inolvidables o aquel ciclista admirado y eléctrico que ascendía las montañas francesas con nervio de genio. Así se sentía mientras ascendía esa escalera terrible. Pensaba eso, que las cadenas de televisión deberían pagar por los derechos de retransmitir ese evento. Miles de espectadores nerviosos, viendo el cronómetro en el lado izquierdo de la pantalla, estadísticas comparativas con otras ascensiones, con otros borrachos, con otras eras. Los comentaristas frenéticos, empujando a la emoción de los televidentes. Las frases hechas, los análisis imprecisos, el recuerdo idealizado de viejas azañas: "quizá ha perdido fuerza, pero ha ganado experiencia, esta ascensión esta siendo antológica" y él, escalón a escalón, sufriendo como sólo saben sufrir los mejores. Con el vómito detenido en la garganta, con los primeros síntomas de sudor. Concentrado como se concentra quien siente que ya casi todo está perdido. Tercera planta, donde vive el presidente de la comunidad de vecinos, ese tipo serio y que lleva las cuentas con precisión y esmero y que siempre saluda con educación, le imagina dormido, con la cabeza sin pelo apoyada en la almohada, hay un silencio roto por las respiraciones de su mujer durmiendo. Quedan dos pisos, el tramo feroz, donde la inclinación se hace aguda, insoportable. Esa escalera que entre semana hace un eco que cuando se silba parece el viejo oeste. Esa escalera que sube y baja solo, cada día. Arriba y abajo no hay nadie. Ya está cerca el cuarto, los comentaristas ven un tiempo de ensueño, el mejor promedio de las ascensiones de este año, va a caer el record anual y si sigue la dinámica y aprieta en el último tramo, cae el del mundo. Vuelve la arcada, el sudor de la frente parece hielo derretido, se desabrocha cuatro botones, se da cuenta que tiene un cordón casi desatado. No queda fuerza. Ya no se escuchan las voces de la narración, se escucha la puerta del portal abajo, como si Satanás estuviera ventilando el infierno. Otro vecino que llega de una noche excesiva. Le quedan doce, quizá trece escalones. Los peores. Luego encontrar la llave, atinar con la cerradura. Ir quitándose prendas por el pasillo. Ya queda nada. No se vayan, vamos a publicidad y volvemos para el final de la etapa.

miércoles, mayo 15, 2013

Vida de CH

 Compraba botellas de cinco litros de un whisky que tenía un sabor dulzón y que daba muchísimo dolor de cabeza. En esa época consumía uno de aquellos al día. Quizá algo más. CH era abrumador en todo, también en el modo de beber. No te podría decir que bebía con ansiedad, no lo hacía. Era constante, no paraba. Bebía como respiraba, como un acto puramente biológico, adherido a sus constantes vitales. Esa era la época que trató de abandonar la heroína. Lo que creo que en su caso fue peor. No tengo base científica para defender esa opinión. Simplemente sustituyó heroína por cantidades abismales de alcohol. Creo que nunca he visto a nadie beber tanto. Además el alcohol potenció su manía persecutoria. CH se instaló un mundo agotador, repleto de abominables paranoias. Después del concierto en el Fanny se le perdió la pista. El concierto del Fanny fue, sin ninguna duda, la noche más enloquecida de mi vida: consumí por primera vez cocaína. CH tocó atemporal. Toda su misera existencia, todos ese mundo ingobernable en el que habitaba salió a soplidos. Yo sentía que lo que sucedía transcurría en túneles luminosos, en cavernas húmedas, llenas de velas, en cierta manera, aquello me parecía estar sucediendo antes, en una era remota, en un escondite atemporal. No sé si tocamos media hora, tres horas o seis siglos, creo que fuimos y volvimos, estuvimos deambulando siglis y diglos y luego de rebote, por un milagro, el tiempo nos dejó otra vez ahí. Cuando terminamos CH se fue al baño y no lo volvimos a ver. Dos semanas después alguien vio como un coche le recogía desnudo en una acera del centro este. Le ingresaron ocho meses en las afueras, en un centro donde nadie podía visitarle. Pero los meses previos la vida de CH fue inabarcable. CH era adicto s todo. También a las prostitutas, no tanto al sexo, sino a esa forma de ludopatía que se encerraba en su forma de tratar con prostitutas. Le gustaba sentir la ruina en ese derroche, le gustaba pagar muy caro y cierta forma de depravación. Pasaba noches enteras sin dormir, consumiendo cocaína hasta bordar el suicidio. No sé definir a CH. No temía la decadencia o la inmundicia. En su miseria, sin rmbargo, siempre conservaba un halo de absoluta elegancia. Incluso cuando balbuceaba, cuando la intoxicación le tenían casi anulado, no resultaba patético. Simplemente allí, en ese frenesí salvaje sentía que su vida tenía sentido. CH no hubiera soportado otra forma de vida. Sólo soporta a vivir intoxicado, drogado hasta las cejas. Murió joven, demente, sin nada más que frases deshilachadas. En cierta manera era un sacrificado. Dejó todo por ser traspasado por toneladas abrumadoras de ingenio musical. Nada es explicable en lo que hacía. Su legado será eterno. Su cuerpo y su cerebro eran el precio. Fue usado por un talento irrepetible. 

martes, mayo 07, 2013

Los muchachos

 Fui perdiendo el contacto con todos aquellos muchachos. Nos fuimos esparciendo por lugares distintos, cada vez más lejos. Hay una dinámica salvaje en mi vida: todo aquello que resultó importante en un momento preciso, desaparece, casi como si todo se fuera muriendo. Sé que siguen vivos, alguna vez, cada mucho tiempo, recibo una noticia, un detalle de alguno de ellos, pero en verdad habitan un espacio casi irreal, hay veces que creo que me los inventé. Cada uno en un país, en una ocupación lejana. Aquellos muchachos, en cierta manera, me salvaron la vida, me empujaron a donde estoy. Hoy soy yo, con lo que quiera que eso signifique, por ellos. Hoy, si sigo a flote, es por ellos, porque en la agonía, cuando casi no quedaba oxigeno y el agua seguía subiendo y ya pasaba la altura del cuello, me rescataron de un modo heroico, pero sin aspavientos, que es como salvan, en realidad, los gigantes a los diminutos. Aquellos muchachos me dieron las armas para salir a la batalla. Unas armas que no eran de fogueo. Yo no sé de que coño eran esas armas, pero cuando empezó el tiroteo salí indemne. En cierta manera todo empezó sigilosamente. Con ellos no hubo grandes pactos, ni siquiera abrazos euforicos. Todo se sucedió en la normalidad de la post adolescencia. Hubo muchísimas borracheras y algo de marihuana. Hubo un viaje a los andes donde creí descubrir o vislumbrar el origen de mi desasosiego, en un atardecer vibrante mirando por la ventana de un apartamento que daba a una ladera solemne de una montaña preciosa. Allí estaban ellos y confesé que era un desgraciado, y ellos no cayeron en mi facilidad dramática. Cogieron unas botellas baratísimas en una licorería enorme. Bebimos caminando por calles de una ciudad hermosa. Bailamos grupos ingleses en un local de nombre brasileño. Hubo una redada policial, sin ningún motivo me quisieron poner preso, me salvé porque un canadiense lloraba víctima de una ataque de pánico y un coronel machote se sintió Dios, salvándole de una noche de rejas al pobre catirito. Salí a la calle y los muchachos me esperaban. Caminamos y uno de aquellos memorables muchachos habló de aquella cordillera, y nos contó un viaje largo por montañas, un paseo en las alturas y el mal del páramo, de un tipo que vivía cerca de la cima más alta del país, aislado, aislado en las alturas. Aquella noche fue mi primera noche de insomnio, me quedé mirando la montaña y escuchando los ronquidos de uno de los muchachos. Amaneció como si jamás hubiera amanecido en la tierra, amaneció con cierto exceso. Lloré porque me quedaban dos semanas en aquel país y porque esos muchachos desaparecerían a pesar de mis esfuerzos, se irían diluyendo en la nada, serían iconos, marcas, referencias, la vida pasada, el pilar, columnas, pero se diluirían. En verdad en aquel amanecer, los muchachos y yo, nos estábamos muriendo. A las horas volvimos a casa en bus, un viaje eterno. Me quedé sin dinero, atravesé estados que no conocía. En una de las paradas, me sentí solo, solo como jamás me he vuelto a sentir. Olía a fritura y a asfalto derretido, una chica algo mayor que yo, besó a su novio con desgarro y me pareció uno de los besos más tristes de la historia de la humanidad. El viaje terminó de noche, cuando llegué a casa, mi padre seguía sin hablarme y mi madre tenía la mirada llena de rabia y rencor, ambos, rabia y rencor, eran suaves, como si fueran una rabia y un rencor que arrastrara de otra vida, de un par de siglos atrás, una rabia y un rencor, que en cierta manera, ella sabía que ya no le pertenecían, había sobre aquella rabia y aquel rencor un halo brutal de resignación. Dormí profundamente. Al despertar vi a mi hermano pequeño jugar con una tortuga ninja, me miró riéndose, ajeno al vacío y a la tristeza. A la semana despegué de un avión, poco después de haberme despedido de aquellos muchachos inolvidables, aquellos tipos que me salvaron de la hoguera.

lunes, mayo 06, 2013

Grupo punk

 A mi lo que me gustaba de ser punk es que los punk no saben tocar, o no deberían saber tocar. Yo no tenía ni idea de tocar, no tenía ni idea de música. Yo tenía ácido en las entrañas y en general me parecía que todo recorría un abismo con olor a agua de colonia, esa agua de colonia que usaba mi abuelo: un olor nauseabundo, duro y con rastros de madera, que me parecían haber impregnado el mundo entero con esa esencia terrible y esa química de laboratorio de segunda mano. No tenía mucho que hacer, en realidad no tenía nada que hacer, y lo que mejor hacía era fumar porros baratos, seguramente sucedáneos de porros malos, beber licores de esos que ya casi nadie bebe y que te van reventando el hígado a modo de boxeador, como si cada vaso de esos venenos sin hielo fueran un derechazo implacable a toda la zona alta del abdomen y pasar el rato en los caminos de las huertas, dónde nadie nos tocaba los cojones. Escuchábamos de todo, lo mismo nos poníamos a Black Sabbath que a OMD, no había un criterio o el criterio rondaba en aquello que nos sacudía, que nos hacía pensar que afuera habría una explosión sideral que acabaría con todo aquello, con todo lo que se ve o con la forma de comprender, que es la mayor de las prisiones, tu propia forma de entender, de comprender la capa superficial de lo real. Realmente no escuchábamos grupos punk, o escuchábamos alguno, por ahí, esporádicamente, pero nada llamativo, nosotros no eramos punk, nosotros estábamos hasta los cojones, hastiados, éramos ácratas por forma de vida, ni siquiera porque supiéramos que éramos ácratas. La idea del grupo fue un accidente o una huida adelante, una salvación. No había más pretensión que la de hacer letras, gritar un poco y unirnos algunos días a la semana a reventar los amplificadores. No voy a decir que soy un gran letrista, ni siquiera soy letrista. No busco hacer poemas musicados. Generalmente no mimaba las rimas, a mi lo de cantar me parecía una tubería, como esos presos que se escapan por agujero imposible, que va a dar al alcantarillado de un barrio cercano a la prisión. Aprendimos algunos acordes, algunos ritmos y nos dedicábamos a soltar furia. En el pueblo nos llamaban los jodidos, los jodidos gritones, los jodidos chalados, los jodidos en general. Empezamos a tocar en los pueblos cercanos, los que tienen más habitantes. En esos pubs tristes que huelen a cáscara de cacahuete. Cuando no salíamos a patadas, salíamos como toreros. Ovacionados como si hubiéramos inciado la revolución definitiva. El público es, sobre todo, esquizofrénico. La gente o te odia o te venera. A mi me hubiera gustado un poquito más de sensatez. Aprendimos a manejarnos en ese submundo de escenarios lamentables y técnicos de sonido despiadados. Conocímos a gente que hacía industria y que nos quería llevar al norte a tocar en tabernas punk. A los punk, evidentemente, no les gustamos. No llevábamos pinta punk. Nosotros no éramos ni pretendíamos ser punks. Nada más aburrido que pertenecer a una secta, a cualquiera. Nosotros éramos perros con rabia.

 No me arrepiento de nada. Ni siquiera de las cuatro o cinco peleas que tuvimos en aquellos años. No me arrepiento del salvajismo con las drogas, a mi no me han hecho tanto daño. Me han hecho más daño otras cosas, otras cargas, otras presiones. Me arrepiento no haber sido más firme aún. Los chicos dicen que a veces era demasiado intransigente, que siempre veía a todo aquel que se acercaba a las periferias del grupo con fines industriales como un enemigo, y sólo por los chicos a veces bajé la guardia. Habría que haber sido más radicales con esos desgraciados. Creo que el gran problema de la música es que se ha convertido en una industria bestial, seguramente de las más importantes y más grandes del mundo. La música es otra cosa. Todo es salchichero en la música. También esos que dicen no ser salchichas. Un disco publicado es una salchicha, una salchicha fabricada en cadena. La música era reunión, el ocio primitivo y la comunión. Un tipo cantaba o daba mamporros a una piedra para toda la villa. Algunos daban palmas, otros cerraban los ojos, en cierta manera era la comunicación total en la villa. Esa mierda se ha acabado. Ahora, el que canta, se asume que tiene un poder especial, es un superhombre. Esa es la basura, la búsqueda permanente de iconos.

 Nosotros tocábamos, nos drogábamos y bebíamos todo el día. En ciudades que no conocimos. Hablamos con gente buena, y con gente lamentable. Tuvimos problemas con políticos bajitos y gordos, que ocupaban puestos de segunda en ciudades dormitorio. Tuvimos noches terribles. Noches que la salud de alguno reventó en mitad de una carretera. Noches excesivas. Noches que se han ido, borradas, sumadas a otras noches borradas, desaparecidas. Nosotros nos hicimos grupo por salvación y hoy, tantos años después; mírame, medio calvo, con menos salud y mayor, te digo que en cierta manera, nos salvamos. Logramos correr, saltar a un abismo indoloro. Y ese es el beneficio final de la música.

lunes, abril 29, 2013

Un lugar lejano

  Conduje algunas horas para llegar hasta aquella casa. Las indicaciones eran bastante confusas, pero curiosamente, y con más suerte que habilidad, llegué sin desviarme en ningún momento. La casa estaba a pie de una de las montañas de la zona.  Se llegaba por un camino de arena algo complicado. Una reja baja y un muro de piedra, que se levantaba poco más de medio metro del suelo, delimitaban la casa. Abrí el candado y entré con el coche. A la izquierda, mirando hacia occidente, las vistas eran sobrecogedoras, el valle se extendía de un modo hermoso. Detuve el coche y me bajé. Me quedé un buen rato con la mirada perdida en el paisaje. El aire era suave y frío, la luz era azulada sobre toda la zona. Abrí la puerta de la casa, porque prefería entrar aprovechando aún la luz que quedaba del día. La puerta crujió, ese cálido sonido de la madera que parece una vibración del tiempo. En el hall de entrada había uno de los pianos que me había dicho JP que me encontraría. Levanté la tapa y marqué un acorde aleatoriamente y me pareció que emitía un sonido único. Crucé la puerta que daba al salón, un ventanal sin cortinas dejaba ver la vista hacia oriente, a la izquierda se veía a lo largo las formas de algunas montañas de la sierra, al otro lado, hacia la derecha una extensión gigante de árboles y los vaivenes de la tierra. La casa tenía un olor que me recordaba a otra época de mi vida que no estaba seguro haber vivido o que era tan lejana que sólo acudía ya como olor, sin imágenes, cubierta de una maraña indescifrable de sensaciones. Desde el salón se pasaba a la cocina y a una escalera que subía a las dos habitaciones. Me familiaricé con la casa en pocos minutos. Salí al coche a buscar la mochila y dejé todo el equipo metido, pensando que hasta el día siguiente no lo bajaría. Miré y respondí algunos mensajes en el teléfono, cuando ya se hizo de noche volví a salir y me quedé un buen rato mirando la oscuridad a la que me fui haciendo. Empecé a distinguir las luces de algunas poblaciones lejanas y luego, con bastante frío, volví a entrar. Me metí en la cama sin mirar la hora. El silencio y la oscuridad me hicieron pensar en algunos asuntos de la infancia de un modo casi onírico, se amontonaban imágenes y caían sin mucho orden, sin una frecuencia precisa. Dormí de corrido, Tuve algunos sueños que no reconstruí con facilidad por la mañana. Tomé café mirando la vista desde el ventanal del salón y me fui haciendo un plan de organización mental. Salí al coche y empecé a bajar cosas. Coloqué todo el equipo por el salón de modo que todo sucediera mirando hacia la ventana. Cuando tuve todo más o menos colocado, salí y me fui a caminar monte arriba. En cierta manera, todo sucedía despacio, sin prisa, quise olvidar, permanentemente, cualquier marca temporal. Eliminar la sensación de tener que acabar. Hasta que no me sintiese liberado de esa tensión invisible e inconsciente de mirar hacia un fin, no me pondría a trabajar. No lo hice hasta pasados dos días. Dos días en los que dormía, comía y caminaba. Los sueños, en cierta manera, me parecían más importantes que lo que sucedía en las horas conscientes. Soñé con muchas personas, viví algunas situaciones improbables y habité espacios amorfos, pero de una belleza peculiar. Noté cierta frecuencia a soñar con gente de una de las ciudades donde viví años atrás, gente de la que ni las redes sociales me habían refrescado su vida, gente que habita en mi memoria con un halo semejante al de los fantasmas, como si no hubieran sido más que una proyección, algo no del todo vivido. A los dos días me senté en uno de los pianos, el más pequeño. Noté que tenía un grado de desafinación perfecto para hacerlo más íntimo. Pasé algunas horas tocando acordes imprecisos, casi aleatoriamente. Sonó la puerta varias veces, alguien tocaba con la mano. Me levanté del piano con extrañeza, también con cierto pudor, porque había estado acompañando los acordes con voces no muy precisas, no muy afinadas y aun volumen bastante alto. Al abrir la puerta me encontré a una mujer de unos cincuenta años. Se presentó con muchísima educación y me dijo que era amiga de la familia, que vivía en el pueblo más cercano. Me informó de las posibilidades que tenía para comprar y me dio algunas indicaciones. Hablaba con una pausa increíble, había algo hipnótico en la voz de aquella mujer.  Me preguntó si estaría muchos días por allí. No supo que contestar y le dije una cifra al azar. Cuando se fue me quedé viendo como se iba el coche desde una de las ventanas. Esa tarde bajé hasta el pueblo andando, tardé algo más de media hora, sospeché que no había ido en línea recta. Entré en el pequeño abastos para comprar algunas cosas, al salir, me encontré con la mujer, me sonrió con mucha calidez. Le pregunté si había algún bar tranquilo para tomarme una cerveza, me dijo que me acompañaba a uno. Entramos en un bar que a esa hora estaba vacío. La mujer me habló de la familia de JP con bastante cariño, pero yo desconocía a la familia de JP, estaba en su casa porque él me había dejado las llaves y porque JP es de un generoso extremo conmigo, con casi todos sus amigos, pero yo no había conocido jamás a la familia de JP y me hablaba de gente que yo no tenía ni idea de quienes eran. Al cabo del rato pagué y la mujer me acompañó hasta la salida del pueblo. Le pregunté si vivía con familia o si vivía sola en el pueblo. Me contestó que sus hijos se habían ido hacía bastantes años y que ella vivía sola con su marido. Volví caminando siguiendo las indicaciones que ella me había dado, el camino, ahora, era más duro, mucho más empinado, pero tardé muchísimo menos. Llegué cuando estaba oscureciendo. Entré en la casa y me quedé sentado en uno de los viejos sofás. Cuando me di cuenta la casa estaba totalmente a oscuras y me costó encontrar el interruptor de la luz. Esa noche soñé con una ciudad desconocida y tuve un sueño que me despertó de un sobresalto, un sueño en el que caía al agua, como si hubiera saltado en una especie de acantilado. Esa noche empecé a grabar.

martes, abril 23, 2013

Textos distantes

Mi duda final al pensar en una creación perfecta, pongamos por ejemplo la creación de un escritor, es si equilibrando su capacidad intuitiva y su capacidad racional, a la hora de repetir un mismo texto en épocas distintas, en tiempos muy separados, ese texto quedaría exacto, inamovible, absolutamente identico. El escritor perfecto se sienta en el año 1921, está un par de meses o tres, quizá medio año o un año entero, entregado a una narración. Desarrolla con esmero e inteligencia, pero no ausente de emoción y movimiento, un texto espléndido, lúcido, tremendo. La utilización de la palabra es precisa, sin manierismo, pero sin escasez. Equilibrado entre la complejidad y la sencillez. Las descripciones no se extienden en pomposidades literarias, pero dejan ver con precisión los escenarios y los personajes. Cuando el escritor termina el texto, no ahorra esfuerzos en la corrección, pero sin caer en un perfeccionismo obsesivo que termina perdiendo objetividad ni frescura. Cuando da por terminada la obra, siente que desde su punto de vista, él no puede dar mas por ese texto. No puede limarlo más, porque seguir limándolo, lo llevará a empezar a perder esa cumbre que desde piensa que ya ha logrado. Retocarlo, a partir de ese punto, sería empeorarlo. El texto está acabado. Es, en cierta manera, el acabado total. Puede entrar ya en el terreno de los gustos, pero como creación ha llegado a su límite. Puede gustar o no, puede trasmitir más o menos a unos u otros, pero es innegable que ha alcanzado su expansión absoluta. Si esta posibilidad existe, y otra cosa es que exista, ¿qué pasaría si muchos años después, el mismo autor aborda, por ejercicio, el mismo tema, la misma historia, la misma narración? ¿Cabe la posibilidad que si el mismo escritor, otra vez entregado a la misma meticulosidad, sin pereza en el esfuerzo, con inteligencia, con  las dosis precisas, de nuevo, de razón e intuición, sin ahorrar en el tiempo de corrección y llegando al mismo punto de equilibrio, salga al final un texto exacto que el escrito años atrás? Si el proceso ha sido exacto en brillantez e inteligencia, ¿tendremos un texto clonado palabra por palabra? ¿Sería esa la creación perfecta: esa que una vez repetida no tendría posibilidad de cambio? Algo nos dice, y aquí sólo entra la intuición, que no sería así. Que el texto tendría leves variaciones, que cambiaría, que deambularía por otros terrenos, que si algo tiene la perfección es que es irrepetible y se llega a ella, también, en cierta forma, de un modo aleatorio.

Feliz día del libro.

lunes, abril 22, 2013

Elevado

 Tú lo conocerías casi al nacer, probablemente el día que te dieron a luz, el día que naciste o quizá dos días después, cuándo tus padres se fueron a casa. Para ti nunca fue una novedad, una transformación de tu mundo. Para ti, siempre, estuvo incorporado. Puedes comprender la época que aún no había, pero eres incapaz de recrear la sensación de subirse por primera vez. A mi me llevó D la primera vez, cuando tenía diecinueve años. D en aquella época era aún más frenético que hoy. D nos enseñaba la ciudad, a nosotros que acabábamos de llegar, con ese carácter pillo que siempre tuvo D. Pero no un pillaje casi delictivo o de fechorías, el pillaje de D rozaba lo poético, porque lo que hacía era colarnos en sitios o presentarnos una ciudad que conocen pocos o no es tan habitual. Bares donde tocaban grupos donde aprendí más música que en años de ensayos y partituras, locales extraños, casas donde habitaban gentes raras, colectivos artísticos que se drogaban sin precauciones y de un modo incendiario. Todo era envolvente aquellos meses que llegamos, todo era enigmático en ese enjambre de calles y edificios. Creo que esas sensaciones se han quedado enquistados en una de esas corrientes subacuáticas que son nuestras vidas. En cierta manera, sin ser siempre consciente, evoco aquellos meses terriblemente lejanos ya, cuando llegamos allí, a aquel mundo delirado de la ciudad grande. Donde todo parecía descubrirse de nuevo, como si nos hubieran soltado de un planeta lejano. D nos movía por aquel tráfico de gente, por las caídas de la noche y nos hablaba de estructuras, de los instrumentos, de músicos que nunca conocimos y que imaginábamos arrebatadores, mitológicos. D nos los describía y uno se los imaginaba tocando en aquellos locales subterráneos, llenos de gente nueva, ligera. Fue D quien me llevo la primera vez, quien me montó a un ascensor por primera vez en mi vida. Subimos nueve plantas, cuando llegamos arriba yo casi no respiraba. Subir en ascensor, descubrirlo, dejarse elevar por primera vez, dista mucho de tu primer vuelo o de tu primer viaje en tren. Subir en ascensor por primera vez te traslada en el tiempo, te inserta en un tubo espacial del que no vuelves igual. En el ascensor el tiempo reverbera, sucede de otro modo. Ahora no lo percibimos porque nos hemos acostumbrado, vuestra generación ha crecido con naturalidad con ellos, pero yo me subí con diecinueve años. Olía a un producto de limpieza que ya no existe o que jamás he vuelto a oler desde aquella época. D fue el que marcó el nueve. Yo sentí una condensación, una especie de flujo vital. Supe que cuando bajara de ese ascensor yo ya no habitaría la misma era que habitaba antes. El sonido del motor rebotando por ese agujero, ese ritmo inexplicable de ascensión, esa cadencia como de música, como de compás alargado, me produjeron un cierto vértigo, pero no un vértigo físico, era un vértigo emocional, como si estuviera atravesando, hacia arriba, dos o tres eras cósmicas. En cierta manera, yo que llevaba pocos días en la urbe, sentí como si comprendiera, de golpe, esa masa inconmensurable de la ciudad. También comprendí que, inevitablemente, era otro el que se bajaría de allí. D no habló, parecía ser consciente de lo que yo estaba viviendo. Cuando llegamos al nueve no dijo nada, el motor frenó con cierta torpeza. D me miró con esa cara pícara de tantas veces y marcó el catorce. Los sonidos del motor, esta vez, me parecieron ser aún más bestias, más bruscos, el ascensor dio un tirón hacia arriba. Escuché ese sonido mecánico constante, casi podía sentir la tensión, la física que nos elevaba sobre la ciudad, sobre el mundo. D me miró y dijo algo del tiempo, algo que yo no había pensado verbalmente, pero que era lo que estaba percibiendo, algo sobre que el tiempo en el ascensor, siempre, es más largo de lo que parece, que en realidad en los ascensores pasamos más tiempo del que creemos. El ascensor, a su manera, me elevó a otra vida. Esa sensación inalcanzable y remota de aquella vez no la he vuelto a encontrar con nada, ni siquiera en otro ascensor, ni siquiera con la música.

jueves, abril 18, 2013

Excusas

Los acontecimientos trascendentales, los cambios de época, las nuevas direcciones; no suceden de golpe. Tendemos a creer que suceden de golpe, pero la realidad, visto después, con perspectiva, es que se van sucediendo lento y van dando avisos de esa transformación en pequeños destellos que luego parecen casi esquinas de un gran secreto, nudos que con cierta intuición y una capacidad abismal de análisis, nos podrían haber dado pistas del camino inescrutable que ya habían tomado. Las revoluciones se fechan, pero la revolución sucedió en ese gigantesco previo de tiempo, en ese lento despertar de un pensamiento que invisiblemente manteníamos enterrado, sometido. El big bang de las transformaciones se sucede en un microscópico universo del pensamiento, en palabras que se cuelan y abren, allí, en el subconsciente, nuevas percepciones, nuevas visiones. Un proceso que se sucede en las minas del cerebro. En ese mundo subterráneo e inaccesible. Luego sí, luego va creciendo y la realidad, en cierta forma se acomoda a esa nueva sensación, a ese inapreciable transformación. Por eso lo dejo, cariño. Por eso hasta aquí, aunque creas que es por lo de ayer, por lo de tu nueva amiga. Fue la cabeza, amor, que trabajó ajena a mis sentimientos. Eso sí: te deseo el infierno.

martes, abril 16, 2013

Opiniones de SZ

 SZ hablaba con sosiego. No había prisa en su diálogo. En la mesa de al lado unos alemanes bebían con ansiedad unas cervezas por las que pagarían poco. Un poco más allá, una pareja jugueteaba con sus manos. Ella sonreía, tenía el pelo corto y un flequillo que caía con ligereza por la frente. La música que sonaba tendía a la urgencia y anunciaba cambios o la negación del pasado inmediato. Olía a humedad en las mesas de madera y hacía frío. SZ se frotaba las manos como si supiera que contra el frío no había nada que hacer. No bebió alcohol en toda la tarde. Observaba con distancia lo que sucedía en aquel recoveco agitado, ese bar que había florecido en la decadencia y hacía negocio en la inflación. SZ parecía habitar ya en el futuro, donde todo esto sería pasado y se analizaría desde una perspectiva con mayor ángulo, pero con menor detalle. En realidad a mi todo me parecía nuevo, porque en realidad era nuevo para mi. Sentía cierta admiración por SZ, porque siempre he admirado a todo aquel que sabe posicionarse en una postura autentica, sin influencias ligeras. A todo aquel que es honesto y responsable, pero respeta hasta el extremo al otro. SZ tenía edad suficiente como para saber que ese mundo ya entraba desde atrás, que el ya era una generación anterior y que en medio de tanta agitación, para los jóvenes él ya era caduco. Sin embargo él no negaba ese espiritu de cambio, no se subía a él, porque subirse le parecería desesperado o fuera de lugar, nada pintaba en un grito de cambio cuando era a él a quien, en cierta manera, querían cambiar, pero lo miraba con respeto, entendía el cambio en las formas del arte, esa nueva forma de narrar, esa música frenética, acelerada, pero ya no era su música, no eran sus formas.

.- Opté por ausentarme de esa masa apabullante que es la realidad. Pero no de la percepción de la realidad como tal, sino de esa realidad grotesca de la mal llamada actualidad. De lo que acontece en el mundo y de lo que se nos informa a pelotazos. La actualidad es un absoluto inabarcable, repleto de recovecos inalcanzables. Opté por fugarme del mundo como tal. Obvié lo que dictaba el presente. Dejé a un lado esa masa de de teletipos informativos, lo que me llevó, lentamente, a ausentarme de los otros, de los que estaban más cerca, porque cada conversación terminaba merodeando esa realidad. Dejé de interesarme por esa dictadura del ahora, del ya, del esto. Podría ser visto como un individualismo enfermizo, no negaré como puede ser visto un acto personal desde la perspectiva de los otros. En mi interior estaba lejos de ser un acto de individualismo atroz, sino una huida de esa suma grotesca de indivualismos enloquecidos tratando de imponer su individualismo sobre los otros individualismos. Cerrarse a esa realidad, me pareció, una absoluta perdida de tiempo. Desinformarme me pareció el acto más responsable hacia la vida que había realizado a lo largo de mis días. Desentenderme de esa mínima parcialidad de lo que nos narraban como los sucesos, me pareció abarcar una realidad más amplia, menos sujeta a dogmas, a extremos. Me interesé por los detalles que veía, lo que alcanzaba a comprender desde mi perspectiva. No volvería a indignarme por aquello que me llegaba como una narración lejana, llena de trucos, de interpretaciones. Comprendí que la visión de las cosas es inabarcable y por lo tanto infinita en su interpretación. Me até a lo que sucedía, mi responsabilidad con el mundo partía no de lo que opinaba, sino de lo que ejercía, de mi respeto hacia el otro, de mi libertad sin alterar libertades. Concluí que lo único que podía hacer por el otro era respetarlo al extremo en su libertad y ansiaba que ese respeto fuera absoluto hacia mi. Comprender lo opuesto, lo ajeno, lo distinto y esperar que el opuesto, el ajeno, el distinto, comprendiera mi posición. No fue una huida como tal, sino que dejé huir esa masa amorfa que se impone como realidad, esa masa llena de letras vacías, de interpretaciones en la que tantas veces me posicioné sin tener, realmente, conocimiento de nada. Tantas veces tomé partido, tantas veces aporté, incluso, sentimiento en esas posturas y al final, comprender, que era un ignorante, porque esa es la absoluta verdad. Fui y soy un absoluto ignorante, tomando como mías posiciones de otros, colocándome en el absoluto desconocimiento en una postura, muchas veces, inamovible. Sólo opino y me coloco desde el lado de la libertad individual para ubicar a toda la sociedad en una libertad absoluta. Sólo en el respeto total hay libertad. Donde el otro pierde libertad, todos empezamos a perderla. Somos hilos unidos invisiblemente. Estamos encadenados, si un sólo ser humano no es libre, todos los hilos, encadenados, van perdiendo su libertad paulatinamente.


miércoles, abril 10, 2013

Fe y ciencia

 Creímos que no llegaría. Creímos, soberbios, que no cederíamos a esa amenaza y a esa imposición del miedo.Creímos que nadie creería en fragmentos. Estábamos convencidos de la sensatez. Creíamos en ella como un don absoluto, que aparecería en el momento preciso, como una iluminación. Creíamos que la conciliación y la libertad mental eran, en el fondo, la aspiración de cada uno de los habitantes del mundo. Creímos en el respeto y en la convivencia de las distintas formas. Creímos en nosotros y en ellos. Creímos, ignorantes, que la ignorancia tendía a desaparecer. Creímos que era el aprendizaje y el conocimiento la necesidad de todos. Creímos que el medio no se distinguía del fin. Creímos que la verdad era amplia, global, gigante. Creímos en la paz. Creímos en la fraternidad. Creímos que en el fondo, ese pensamiento, era contagioso. Creímos en las diferencias, claro que creíamos en ellas y que eso multiplicaba la verdad. Creímos en esa igualdad que nos distingue. Una igualdad basada en el respeto a ser de otro modo. Creímos en ello como ciencia y no nos dimos cuenta que era un acto de fe.

martes, abril 09, 2013

Islas perdidas

Al fondo había un tipo haciendo dibujos o escribiendo algo con desgana en una servilleta. La luz, una de las lámparas en hilera q iluminaban a lo largo de la barra, caía sobre la mano con el lápiz o bolígrafo. El tipo consumía una cerveza. En verdad, el hombre, parecía un adorno. Tras él, en un reducidísimo escenario con poca altura, tres tipos tocaban con el ánimo del que suma canciones para cobrar de una vez y gastárselo en vicios. Eran un percusionista con un timbal grave, un plato ride y un bombo antiquísimo: con esos tres elementos hacía unos ritmos complejísmos, llenos de ambiente. Un guitarrista con una guitarra de caja, de color marrón oscuro, de marca Guild, marcando unos acordes algo enrevesados, que cabalgaban nerviosos, pero llenos de tristeza. El tercero era un tipo con un teclado muy viejo, el sonido trasmitía la nostalgia de esa electrónica que debió parecer futurista hace sesenta años. Todo en aquel trío parecía sonar desde otro lugar, quizá como si esa música hubiera sido tocada en ese local, muchos años antes y el trío no fuera más que un resplandor perdurable, una luz rebotando en el tiempo. La pareja estaba tan cerca d mi que podía entender s esfuerzo todas sus palabras. Él hablaba de imposibilidades, esquivaba seriedades, una conversación seri. Ella iba tomando sorbos velocísimos de una copa que no llegué a descifrar y su tono de voz se iba haciendo cada vez más vaporoso, menos concreto. En sus frases había una forma de resignación y cierta provocación juguetona y algo melancólica. En cierta manera, para ella, todo aquello parecía difuso, caduco, fugaz. Él no entraba en percepciones agudas. Para él, ella era, de alguna manera, sublime, casi imposible; sin embargo, por esa misma idealización, no la tomaba como algo terrenal o posible, toda su vida era otra cosa, ajena a ella, y no veía la posibilidad de conjugarla. Para ella, él era una isla, un isla clavada en mitad de aguas lejanas, aguas remotas , un lugar donde llegar a la orilla y desvanecerse, pasar la asfixia y sobrevivir a millones de brazadas, a un nado agónico que duraba años. Él no era él, él era la orilla, la arena y la vegetación donde cubrirse, por fin, de la luz cegadora y dura del Sol. Ella era una proyección de tu película favorita en la mejor noche del mejor verano de tu vida, al aire libre. El recuerdo impagable de uno de los mejores instantes de tu vida. Un instante que saboreas hasta el lecho de muerte, un instante eterno, pero un instante: nadie quiere habitar en el mejor recuerdo de su vida , quieres tenerlo para recordarlo libre o aleatoriamente, masticarlo hasta el hastío. Ser dueño de el. Tenerlo colgado en la memoria. Ella bebía con urgencia, pero sin perder la elegancia. Con ese desgarro triste y glamuroso del que sabe que su mayor poder no sirve para nada o es laberíntico y te deja siempre el enigma sin resolver. En un momento ella le paso la mano por la nuca, un arrebato sin perder la elegancia, la afinación: en el rostro de él se vieron muros caer, paredes, maremotos, se dinamitó el universo. Ella acercó su labio a su lóbulo. Se mantuvo dos o tres segundos ahí. Le dio un pequeño beso en los labios, se levantó y se fue. A mi me pareció que nadie, ahí, en el local, podía estar a ciencia cierta, en el presente.

lunes, abril 08, 2013

Caminos

 Tardó en entrar aquella primavera. Llovía mucho y el cielo estaba permanentemente encapotado. Los campos estaban esplendidos. El verde salpicaba los ojos, como si se le hubiera pasado una capa de pintura brillante y un grupo de personas se hubieran afanado en ir pasando un trapo para quitar el polvo. Relucían las montañas del sur y la brisa era pura; respirar se había convertido en un acto agradable. Me hubiera gustado que el Sol hubiera tenido más presencia. Son hermosos esos cálidos días de marzo que anuncian que el invierno, pese a su apariencia, también es débil, también es caduco. Ese año no tuvimos eso, y en cierta manera, el invierno pareció decir que era duro como un gigante mitológico. Me dediqué a caminar mucho. Me compré unos zapatos de esos que usan los tipos que caminan de un modo casi competitivo, adornados con prendas precisas y sofisticadas que le quitan cierta magia al acto de caminar por caminar entre las montañas y los bosques. Lo que me gustaba de aquellos zapatos contundentes y duros es que no evitaba los charcos. Los pisaba casi con provocación. Como si el muchacho lejano que habitaba en mi tuviera esa prohibición de pisar charcos clavada en la médula. Me encantaba no esquivarme del camino, pasar sobre ellos sin darles importancia. Los campos, los bosques estaban húmedos, muy húmedos. Todos aquellos meses caminé mucho, muchísimo. Me aficioné a esa noble práctica. Recorrí caminos escondidos, desconocidos. Rutas inaccesibles, llenas de recovecos. Llegué a sitios maravillosos, realmente bonitos, no tan lejos del pueblo. Me perdí torpemente alguna vez. Descubrí, en cierta forma, que andar tiene una cadencia constante y que conviene conocer cuál es tu ritmo, que no es siempre el mismo, que cada día es otro. Quizá en esa amable práctica logré desviar los grandes maremotos. Comprendí que había una forma de cambio o de viaje en cada zancada, que nunca se es el mismo. Quizá en esas grandes caminatas de horas, que me llevaban a esquinas remotas de las montañas del Sur encontraba un sosiego, o una forma de huida diferente. Una huida que curiosamente siempre terminaba en el pueblo. Esos regresos diarios me hacían comprender que nunca se regresa siendo el mismo. Que el regreso significa, de por si, transformación. Que en el regreso se esconde otra forma de aceptación y de amable resignación. Al final vuelves y volver no es únicamente volver, cuando se vuelve ya el pueblo también ha cambiado. El camino que te trae lo hace desde un lugar en el que algo cambiaste, algo aceptaste, también las ampollas y esas durezas que van naciendo en los pies. Las zancadas vienen de nuevos ritmos. También comprendí la fatiga y cansancio. Inapreciablemente los kilómetros fueron aumentando, mi resistencia creció. Me fui animando a aceptar más kilómetros en las excursiones, a no volver, incluso a dormir fuera, en mitad de esos nuevos caminos. El círculo se ampliaba. también eso es la seguridad. Creció mi confianza como caminador. Acepté largos trayectos. Volvía a la semana, a los quince días. Entró el verano, las temperaturas me permitían dormir en el exterior, acepté viajes maratonianos. Quince días de caminata. Excursiones tremendas, por caminos complejos, llenos de dificultad. Caminé hasta el hastío. Me planteé no marcarme un fin. Caminar adelante sin un punto de retroceso. Avancé. Avancé por montañas peliagudas, atravesé mesetas áridas, pasé de largo por ciudades monstruosas, crucé fronteras, países, alcancé otros continentes, hablé con otros caminadores. No encontré una marca, una referencia para volver. Entrecrucé caminos, los puntos cardinales. Un día me vi entrar por caminos conocidos, aquellos primeros pasos de principiante. Reconocí aquellas amables rutas. Por curiosidad las seguí. Por una cierta melancolía, por recordarme en aquellas primeras y modestas caminatas. Vi el pueblo, y fui volviendo. Quería ver el punto donde empezó todo. Algunos metros antes de entrar me vi a mi mismo saliendo. Al otro, al mismo, a mi, iniciando otra caminata. Quizá buscando darme alcance Comprendí, claro, que ya nunca volvería. Que los ciclos se habían dinamitado o se hacían, inevitablemente, infinitos, inalcanzables.

miércoles, abril 03, 2013

Buhonero

 En la 24 entre 19 y 20, donde los soportales, había un buhonero que vendía libros y discos de segunda mano. Llegaba a media mañana, cuando el bullicio de primera hora ya había pasado y cuando el calor ya era más contundente. Saludaba a los otros buhoneros, vendedores de comidas de olor fuerte o de zapatos deportivos de marcas falsas, y colocaba con precisión su mercancia. Libros inaccesibles, raros, de autores poco conocidos, ediciones antiguas de obras sin ninguna difusión. Los discos eran de bandas  de una especie de psicodelia de los setenta, grupos de nombres enrevesados, absolutamente desconocidos. Grabaciones en directo en locales que ya no existían, un movimiento no documentado. Allí pasaba las horas, fumando despacio y leyendo, sentado en una silla de tela sin respaldo. Esperando por clientes que aparecían muy esporádicamente.  La primera vez que fui, me llevo El Trébol Marquez, Una tarde humedísima, con el cielo encapotado y con un calor vaporoso que mareaba. El trébol le saludó con cierta confianza y él contestó con cierta distancia, pero con educación. Me presentó y el tipo me tendió la mano con rectitud. Estuve un buen rato mirando cosas por la mesa. El primer impacto fue no conocer nada de lo que había allí puesto. Los títulos y los autores de los libros me resultaban absolutamente ajenos: Colección poética de Andrés Silva, Recovecos de Bryn Rossen, Los equivocados de David Humo, El lugar perfecto de Marco Urech, FM en Uruapan  de Zeus Rodriguez. Le pregunté con curiosidad, el sólo título de aquellos libros, me incitaban a gastarme todos mis ahorros allí. Ese enigma que siempre despierta un libro, se potenciaba ante la ignorancia absoluta de datos sobre ellos. Las solapas  y las contraportadas no ayudaban, los datos sobre aquellos autores y aquellas obras eran vagos, un par de líneas en las que se hablaba del lugar y fecha  de nacimiento, poco más. Primero le pregunte por FM en Uruapan, me habló de Zeus Rodriguez con respeto. FM en Uruapan hablaba de un programa de madrugada en una FM de Uruapan en la que se hablaba de peyote y apariciones, el libro era una narración que intercalaba anécdotas e historias que se habían contado en el programa con la historia de su presentador, un tipo obsesionado con la percepción de la realidad y con la experimentación con drogas naturales que terminó muerto en el arcén de la carretera a Paracho, acribillado por los primeros matones de la droga en Michoacán. La lectura de aquel libro fue incendiaria, terrible. El mundo que circulaba en la cabeza del protagonista era asfixiante, lleno de fantasmas y mitologías dañinas. La forma en que Zeus Rodriguez escribe, es cercana e hipnótica y en cierta manera, la lectura te traslada a esa maraña confusa y neurótica del protagonista. Colección poética de Andrés Silva era una de los preferidos del buhonero. Andrés Silva era un boliviano que vivía en Calexico, regentaba un motel a las afueras y pasaba las noches sentado en la recepción, recibiendo camioneros agotados, prostitutas con clientes con urgencias y muchachos perdidos. Su poesía es una delirada visión del mundo desde la silla de la recepción. Andrés Silva tiene una concepción del mundo desconcertante, en el fondo de toda su poesía, se intuye una fe absoluta en la aparición de una nueva forma de vida que volverá la tierra un lugar menos hostil, menos despiadado. Recovecos de Bryn Rossen es la historia de un guitarrista de una banda de música surf que se enamora de una mormona embarazada de un tipo con cuatro esposas; el guitarrista, después de un concierto, atiborrado de alcohol y anfetaminas, conduce ciento seis kilómetros para ahorcar el tipo. A partir de ahí el relato es violento hasta la nausea. Las cuatro esposas contratan a unos sicarios mexicanos. El guitarrista huye por todo Estados Unidos, sin mapa, sin dirección. Se queda sin dinero. Empieza a tocar en locales de carretera para conseguir algo de dinero. Los mexicanos dan con el cuatro meses y medio después, le cosen a balas a la salida de un centro comercial en Portland. La descripción final de la entrada del guitarrista en una especie de pseudo cielo, debería ser considerada antología de la literatura pastoral.

 Pero si los libros eran desconcertantes, si los libros eran una literatura al margen, los discos que compramos aquella vez y en las siguientes visitas, parecían música compuesta en un cohete sobrevolando una esquina remota del universo. Los Frenéticos, psicodelia de un grupo de Guanare Venezuela de los años sesenta. Grabado en un establo del estado Apure, son cincuenta minutos de un sonido parecido a una sierra eléctrica acompañado por guitarras reverberadas y con ecos infinitos, el batería, durante los cincuenta minutos, única y exclusivamente, toca el drive marcando el tempo. Helio y Sol, son un duo coral, que van creando una sola composición que se extiende hora y cuarenta y cinco minutos, repartidos en dos cassettes. Son capas de voces que se van superponiendo y en cierta manera parecen ir navegando por escalas atonales hasta alcanzar, en los últimos veinte minutos, una nota concreta que sólo detienen para ir cogiendo aire. Planeta Enano, grupo de Maracaibo que podrían ser definidos como Soul del infierno. Música que desgasta y anima al mismo tiempo: El dolor existencial que hay al final del baile.

 Durante una época larga visitábamos al vendedor. Accedimos a esa contracultura accidental. Leíamos esos títulos sin rastro, publicaciones subvencionadas por algún espíritu generoso. Discos grabados de un modo arcaico, pero llenos de honestidad . Un sonido que ahora sería imposible repetir. Una literatura ajena a modas o a dictados estéticos. Autores sin más intención que desgarrarse en lo que hacían. Tipos que no sospechaban que aquello sería escuchado o leído años después, que alguien pagaría a un vendedor desconcertante por ello. Nos surtimos durante meses de aquello. Hasta que un día fuimos y no estaba, preguntamos a los buhoneros vecinos. Nos contaron que hacía días que no aparecía por ahí. Repetimos la búsqueda varios días. Nadie le había vuelto a ver. Tratamos de saber algún dato para buscarle. Los datos fueron imprecisos, se dudaba, unos decían que vivía en la 16 con 19, donde la iglesia. Otros que vivía en la 22 con 25. Algunos que vivía cerca del Domo. Nunca le volvimos a ver. Jamás pudimos averiguar de dónde sacaba aquel material.

martes, abril 02, 2013

Autobiografía

Nací. Desde entonces sigo vivo.

sábado, marzo 30, 2013

Padre

 Mi padre no era muy creyente, pero terminó yendo a misa con una frecuencia abrumadora. Mi padre no era un tipo de fe. La fe requiere de empatía, una empatía extraña, pero requiere de empatía. Mi padre no empatizaba con nada. Nada sucedía emocionalmente más allá de sus apetencias. Mi padre iba a misa por precaución, como medida preventiva, por cubrirse las espaldas: "no vaya a ser que eso de Dios y de la religión sean verdad", a su manera él comprendía que yendo a misa con frecuencia, llegaría con las deudas saldadas si hubiera un hipotético cielo. La anécdota define a mi padre. La anécdota define a un egoísta. El sacrificio y la entrega de la religión, que en mi madre eran honestos y de una sinceridad apabullante, en mi padre no eran más que un por si acaso. Temiendo la posibilidad de una vida eterna, mi padre llevaría toda la burocracia terrenal resuelta, como si de un asunto ministerial se tratara. Yo no tengo fe, yo no creo en nada, salvo en mi, pero ese modo financiero en que mi padre asumía la religión me parecían de un miserable infinito. Mi padre era cruel, pero no por cruel, sino porque era incapaz de salir de su caparazón, de sus limitadas apetencias. En cierto modo mi padre era un primate. Todo su modus vivendi giraba entorno a sus torpes gustos y necesidades. Había construido una vida en la que ya sólo cabía mi madre, los demás éramos molestia e innecesarios, una barrera que en las visitas podríamos interrumpir su ritmo imparable de gustos: mi madre era su cocinera y su cuidadora, él a cambio no tenía demasiados detalles. No la ignoraba, pero sus toscas muestras de cariño tenían siempre un halo de intercambio. Mi padre jamás fue cariñoso con nosotros: sus hijos. Si podía, a veces, mostrar sentirse orgulloso, pero ese orgullo giraba entorno a él, nuestras virtudes eran una consecuencia de él, así lo entendía. Nuestros estudios, nuestros logros sociales, eran fruto de él, en cierto modo asumía que le pertenecían, eran su obra. Conmigo mantenía distancia y respeto, al fin y al cabo era el único que le levantaba la voz y le marcaba las distancias. como buen egoísta, mi padre era cobarde y su relación conmigo se basaba en esa cobardía miserable del que busca complicidad para no encontrar confrontación. Así construyó nuestra relación. Jamás se interesó por nuestras vidas, más que de un modo lateral. Preguntarnos por nosotros era ganarse el cariño de mi madre y por lo tanto, puntos intercambiables para conseguir más atención de ella. Mi hermano mayor le apreciaba, pero le dolía mi padre. A mí mi padre no me dolía, a mí me producía rencor, pero no me dolía como a mi hermano. Mi hermano sufría mi padre, yo tenía una guerra. Mis hermanas, sin embargo, notaban más su mando. Asumía que ellas eran una continuación de mi madre. Machista de libro, entendía que sus dos hijas eran la continuidad biológica y necesaria, sus futuras cuidadoras. El trato con ellas no difería del que tenía con mi madre. La mayor era la mayor víctima de su carácter, la pequeña se había escabullido con habilidad entre la maraña de relaciones de sus hermanos mayores. Cuando mi padre se quiso dar cuenta, mi hermana pequeña ya era una adulta a punto de casarse, se le había escapado en sus narices. Mi hermana mayor sufrió, como nadie, esa crueldad invisible, casi inapreciable de mi padre. Frases oportunas en momentos precisos, cuchilladas que dejan marcas incurables en la piel. Si había una víctima absoluta de la bestialidad sutil de mi padre, era mi hermana mayor, que con dieciocho años se quedó embarazada, y siempre he creído que para huir. embarazarse era una fuga. Él la insultó y asumió el accidente de mi hermana como una ofensa, como un insulto y él, sin gritar, si levantar la voz, la insultó delante de todos, de camino a la iglesia, en ese día que a mi hermana la obligaron a casarse con aquel muchacho despistado.

 Yo crecí, me fui construyendo un mundo. Yo fui hábil. Me casé con una rubia de clase media alta. Un triunfo frente a mi padre. Fui el primero de mis hermanos con casa propia. Trabajaba con un sueldo medio y completaba mis ganancias con artículos en revistas menores. Yo escribía bien. Mi estilo era culto, mucho más culto que cualquier cosa que hubiera leído mi padre. Algunos sábados, iba a comer con mi mujer a casa de mis padres y llevaba los artículos para que los leyeran mis hermanos, mis padres. Él nunca los leía, decía que no me entendía, que porque no hacía textos más sencillos, sin tantos recovecos. Y cada vez que me lo decía, yo los iba complicando más. Me gustaba encontrar palabras cultas, llenar el texto de subordinadas, de frases repletas de palabras contundentes. En realidad mi estilo fue creciendo en esa dirección. Mi padre nunca volvió a intentar leer mis artículos. En casa, mis hermanos, mi madre, veían que yo me iba introduciendo en la vida cultural de la ciudad, les contaba las anécdotas de ese mundo imposible para ellos. Yo habitaba en una fantasía. Mi relación fue turbia. Mi pareja no atendía la relación con cuidado, le nacimiento de nuestras hijas nos distanciaron en vez de unirnos. Ella fue torpe en el desarrollo de las niñas, yo intentaba hacerlas crecer, hubiera deseado unas chicas con desarrollo culto. Que se interesaran por palabras amplias, precisas, por el esfuerzo y el crecimiento. Me divorcié. Mi divorcio fue durísimo. Yo llevaba una época enganchado a la noche. Salía mucho y llegaba tarde a casa. Viajaba a exposiciones y escribía sobre ellas. Mi pareja me parecía aburrido con respecto a ese mundo nocturno delicioso. Los fines de semana me parecían un trámite, debía estar con ellas para esperar la semana y volver a los viajes, al apasionante mundo en el que estaba entrando. Ella, cruel, se reencontró con un exnovio. Me lo contó. La insulté. Me decepcionó su desplante, su humillación. No dejé de salir. Viví con frenesí. Conocí locales tremendos, escondidos en cuestas, en calles pequeñas. Conocí vendedores de cocaína que coleccionaban pieza de arte. Artistas despiadados, capitalistas. Emprendedoras ninfómanas. Mientras, en casa, mi relación se desmoronaba. Me llamaban del colegio, la directora se preocupaba por como la mayor manejaba el divorcio de sus padres. Yo conocí artistas de culto, galerías con colecciones supremas, galeristas enganchados a las anfetaminas, gente a la que seduje con mi verbo. Mi vida, objetivamente, me parecía interesante. Un día mi pareja había cambiado la cerradura, no pude entrar. La grité, la escribí, pusimos abogados. Me obligaron a una pensión a mis hijas, me tuve que comprar una casa. La estructura social era cruel conmigo. Seguí saliendo de noche. Conseguí ir a una o dos fiestas por noche. Algunos fines de semana las niñas se quedaban en casa. Habían crecido. Con la mayor discutía. Cuando venía no ayudaba en casa. A todo le ponía peros. Su carácter era amargo. Comprendí que más que padre yo era un amigo. A veces las enseñaba mi vida nocturna. En cierta manera era mi premio a mi esfuerzo y debía mostrarselo. Esas fiestas divertidas, llenas de gente interesante. Con la mayor me dejé de hablar. Su carácter era duro. Era egoista. Sólo pensaba en ella. Si le dabas bien, si le quitabas mal. Pasaron los años, nunca nos reconciliamos.

 Anoche la vi en el entierro de mi padre. Me saludó con distancia. Luego me quedé mirando un rato el cuerpo inmóvil del viejo ahí. A mi hija la vi irse. Iba con un tipo de aspecto deplorable. Esperé que me dijera algo. Un perdón por su distancia. Por su modo de actuar conmigo. Pero estas generaciones son egoístas y orgullosas.

lunes, marzo 25, 2013

Los segundos del fotógrafo.

 El arte de la fotografía gira entero, ante la esencia absoluta de un momento preciso. El fotógrafo, además de ser un conocedor de los efectos de la luz, tiene en su haber, estar a tiempo en ese instante preciso. El fotógrafo detiene esa décima de segundo porque llegó a tiempo a ella, incluso se anticipó a ella. Vio venir ese momento, lo dedujo y lo esperó, no lo dejó escapar y lo atrapó: ese es su fin. Detener a tiempo lo que requería. Armonizar una imagen que parecía deshilachada, no unida. A su manera el fotógrafo, interpreta puede prever el orden preciso del universo, que empuja cada instante al siguiente instante. A Benoit, un fotógrafo menor la minuciosa preparación del encuadre le llevaba, a veces, a perder la posición idónea de ese elemento aleatorio que pasa por delante de la cámara y que le da a la foto el aire de frescura, de instantánea. Era común colocar el objetivo, ajustar el foco, en dirección a un puente sobre la autopista, por ejemplo, y que en esa preparación pasara de largo el único peatón en horas que hacía uso de ese puente de líneas rotundas, lo que hacía a la foto, claro, sin ese peatón, más pobre, menos instantánea. En el caso de Benoit, esa preparación minuciosa le llevaba, muchas veces, a perder ese elemento transitorio: el peatón, el pájaro, una luz precisa, una sombra que va rápido, un ciclista veloz, un corredor urbano. Esos protagonistas accidentales, parecían huir de la foto. Su obsesión por ello fue creciente. En cierta manera Benoit sentía que debía adelantarse, no ya sólo en la preparación de la foto, sino del tiempo. Sentía, debido a la gran cantidad de veces que por segundos se le escapaban, que había en la causalidad universal que iba ligeramente por delante de sus intenciones de fotógrafo. Su idea, entonces, era adelantarse, acomodar el tiempo, de manera que llegara segundos antes a cada lugar para tener esos segundos de más para tener al objeto aleatorio en el punto correcto a la hora de apretar el botón. Al principio comenzó a caminar más rápido. No sólo para ir a tomar fotos, no. Caminó rápido siempre, porque sentía que debía alcanzar ese punto donde todo se coordinase con sus fotos. Su explicación era que debía acomodarse a esos segundos previos en los que parecía que sucedía el encuadre perfecto. Su vida, por alguna razón inexplicable, sucedía más tarde, ese segundo y medio donde el peatón ya pasó, el ciclista se escapó del encuadre. Si corría permanentemente, si caminaba veloz, llegaría a coordinarse con la causalidad universal y esos segundos ya no se le escaparían. Cada día caminaba más rápido, porque ese primer remedio, no pareció dar resultados. Cada vez que iba a tomar una foto, todo seguía sucediendo un poco antes de lo que él pretendía, de lo que sus intenciones fotográficas requerían. Seguía, según su conclusión, por detrás del ciclo de las causas. Inevitablemente no estaba en el momento idóneo para tomar la foto. En esa creciente obsesión, el siguiente paso fue más contundente, más radical, más extremo. Sú intención, su propósito era llegar a alterar la velocidad de ese caos ordenado que es el universo para retrasarlo esos segundos que siempre necesitaba de más para sus fotos. Debía lograr, fuera como fuera, que cuando quisiera fotografiar ese avión atravesando una nube precisa, el avión esperara por el click de su cámara y no atravesara la nube mientras el aún giraba el foco con la mano derecha. Aquella tarde con la cámara en el puente de la autopista sur, decidió retrasar los ciclos universales. Cuando vio al peatón esporádico cruzar el puente antes de fotografiarlo, salió corriendo, se acercó hasta él y le detuvo sin contemplaciones: "espera unos segundos", el peatón, un chico joven, despistado, metido en la música que venía de sus auriculares, le miró, primero, con sorpresa, luego con desprecio. No dudó, le lanzó un puñetazo y siguió de largo. Nuestro fotógrafo se quedó tendido en el suelo, dolorido, mareado. Volvió a la cámara. Miró alrededor y comprendió que nada ni nadie, alteran las agujas del tiempo.

sábado, marzo 16, 2013

Extraños

 El vapor del agua hirviendo salía explosivo de la olla. La cocina se había humedecido y parecía traspirar, como si fuera la cocina la que sudara. El espectáculo aunque común, o no espectáculo, porque lo común,, lo cotidiano suelen ser antónimo de espectáculo,  me tenía, en ese momento fascinado. Esa transformación del agua m estaba resultando, de repente, hermosa, incomprensible: una extravagancia cósmica. Esa batalla de elementos, de gases, de temperaturas, dando como resultado una transformación tan exagerada, me produjeron una sensación de absoluto, abismal. ¿En qué clase de planeta vivimos? ¿Qué lugar del cosmos es este donde se producen estos eventos casi delirados? De repente sentí que éramos nosotros lo extraño, lo ajeno, la anormalidad en la infinidad universal. ¿Qué extraño secreto esconde nuestro planeta que permite y tiene las características para que se den estas transformaciones? Un vértigo me imantó, como si de repente, el lugar, todo lo que nos rodea, se tiñeran de una desbordante sensación de extrañeza. Esa amenaza subterreana que conlleva todo lo ajeno, lo extraño, lo  incomprensible. Lo anormal, el accidente, el misterio, de repente, me pareció que era esto, este lugar preciso, esta piedra navegando en la nada. Lo extraterrestre era lo regular, la tierra la anomalía. Entonces ese carácter anómalo, me pareció que me explicaba el detsino y la vida de los hombres: nos empeñamos en ser anómalos, porque es nuestra esencia existencial. Nosotros somos lo terrible, lo oscuro, lo indescifrable.

 Salí corriendo de allí. Aún no he encontrado donde parar.

lunes, marzo 11, 2013

Olor

 Los viajes colectivos en coche tienen más paradas que los viajes individuales. Entre otras cosas el ser humano orina a su antojo y no suele haber un exceso de coordinación en como cada uno llena se vejiga. También las apetencias son distinas. Algunos beben más agua y a otros se les abre el hambre de repente. Hay para quienes el final del viaje no es un urgencia y los hay que detestan ese trámite de carreteras para llegar a un destino. En cualquier caso la carretera es un limbo temporal, una transición que dura unas horas y se pierde para siempre. Las conversaciones en carretera son difusas y todo es transitorio, sin embargo, a mi entender, es hermoso. La vida debería suceder, permanentemente, en la carretera.

 Nos detuvimos en esa gasolinera porque algunos tenían hambre y otros sed y yo era el único que se orinaba. Aprovechamos para llenar el depósito y yo me metí en la tienda a comprar las diferentes necesidades y caprichos: unas galletas de limón, unas patatas con sabor a vinagre, una botella de agua grande y un par de refrescos sin gas. Salí del baño despistado. Perdí algunos segundos entre las estanterías, no encontraba ese paquete de galletas rellenas de limón. Miré de lado el titular disparatado de uno de los periódicos deportivos y caminé hasta la caja. De repente, sin aviso, sin esperarlo; ahí, en esa gasolinera perdida en mitad de la meseta, recibí de golpe, como una tormenta violenta, como un ataque premeditado contra un indefenso, el olor, el perfume de la primera chica de la que me enamoré en mi vida. Esa fragancia forzada de perfume de adolescente, ese recoveco de piel y producto. Una esencia extraña y dulzona que me golpeó como un zurdazo violentísimo al hígado. Allí estaba de repente, a modo de retroproyector, las imágenes precisas de un cuerpo casi olvidado, las esquinas de un cuerpo remoto ya, difícil de reconstruir en la memoria. Allí estaba un susurro, una curvatura cercana a una cadera ligera, un color de piel y un tacto lejano. Un mareo que venía de la mujer que pagaba delante de mi, que por décimas de segundo no era ella sino aquella chica remota que vaya uno a saber dónde está ahora. Un mareo, un viaje temporal, un empujón al vacío. Una borrachera total. LA mujer pagó. Giró y apenas pude ver un perfil. Evidentemente no era ella. Demasiados años y demasiados kilómetros nos separan. El olor quedó remoloneando por ahí. Pagué desconcentrado en mi tarea. Volví al coche donde me esperaban con el motor ya en marcha. Abrí la puerta y entré. Hablaban de la previsión del tiempo para los siguientes días. Alguien dijo que no volvería a llover.

sábado, marzo 09, 2013

Los tiempos

 Perdió la esperanza de recuperar aquella forma de vida que durante un tiempo fue la vida idónea, la vida ideal. Pero esa perdida de esperanza no conllevó tristeza o melancolía. En su caso, el paraíso perdido no hacía herida, era un lugar brumoso, vaporoso, en la memoria. Con el tiempo comprendió que la vida, o que al menos para él la vida, se comprendía de espacios diversos en los que se iba entrando. Cabinas sin límites claros que iban pasando, como las borrascas, como el movimiento de presiones o mas mareas. Uno estaba ubicado en un movimiento, en una corriente submarina y era empujado por esa invisibilidad; luego, tiempo después, producto de todos esos movimientos, terminaba en otro espacio, en otras borrascas, en otras corrientes: poco más se podía hacer. Así que asumió que aquella época de cierto esplendor, y por esplendor entendía un tiempo en el que había ligereza, no euforias y frenesí, no era más que una ubicación temporal consecuencia de un millón de movimientos ajenos a él. En cierta manera, su pensamiento era: uno no vive, es empujado a vivir. Uno es el hueco de espacio que dejan la suma de espacios de los demás.  Asumido el fin de una era de liviandades, de despreocupaciones, se vio metido en ciclos más convulsos. Se dejaba arrastrar, era empujado a encuentros más turbios, más cargados. Todo tiempo, lo vivía como una transición pausada a otra cosa. Quizá por eso, por no añorar enfermizamente un pasado ligero, ni por dramatizar ante la convulsión de los nuevos tiempos, vivió sin aspavientos, pero con inteligencia. Fue, de un modo más real que ideal, feliz.

viernes, marzo 08, 2013

Familias

 Los tres hermanos nacieron con una diferencia de año y medio con respecto al anterior. Las dos mayores eran chicas, el pequeño era el chico. Hermanos de principios del siglo veinte, incrustados en las montañas bajas del norte, en uno de esos pueblos minúsculos, de habitantes silenciosos y ermitaños, de casas tremendas y robustas, casi como una emulación de cuevas milenarias, sin ni un sólo resquicio de exceso, epicentros paradigmáticos de la austeridad absoluta. Ni un adorno, ni un mínimo gasto de más. Casas basadas en la filosofía absoluta del ahorro, del temor al derroche. Casas donde huele a la madera húmeda y robusta del suelo y de las vigas, donde las pisadas resuenan como una percusión metafórica del tiempo. No hay huellas al caminar por esos suelos que a su vez son el techo del gallinero y del pajar, hay un crujido fantasmal, por eso quizá los mayores se sientan en las sillas y apenas se mueven, por si no quisieran despertar esos ecos del tiempo que habitan en la madera y los niños jamás deambulan por casa, se entremezclan a veces con las gallinas y  a veces con la piedra incrustada en la arena del camino que anuncia, un poco más allá, la entrada a un pueblo al que nunca va nadie. Allí nacieron y allí aprendieron el silencio o el susurro, aprendieron de la tierra, los ciclos de la tierra, ese lenguaje absoluto. Aprendieron a cosechar, el ahorro, la cautela y la desconfianza. También aprendieron de la humillación de aquellos bandoleros que entraron una madrugada de primavera, en los años de guerra y les propinaron dolor, venganza y gritos en el suelo de piedra de la plaza de la fuente. Luego se fueron. La mayor luchó en los mercados y abastos de la capital por empujar su negocio de embutidos adelante. La mediana se enclaustró en un convento y se entregó a la oración, al celibato, la pobreza y la castidad. El pequeño, aventurero o huidizo, se largó a Australia, del que sólo conocía el nombre y el cliché de los canguros.

 La mayor aprendió a regatear con los mayoristas, a pelear con empleados y a empujar adelante una economía familiar. Sus dos hijos representaban el cambio de generación: crecieron en barrios periféricos y jugaban con nuevos artilugios. Escuchaban músicas lejanas y ruidosas. Comprendió que en la hostilidad el negocio se hacía más fructifero. La desconfianza era su modus vivendi. El marido, un tipo sosegado y pícaro, dejaba pasar los días sabiendo de antemano que en sus manos no iba el futuro familiar. Jugador de cartas y fumador compulsivo, se dejaba llevar por el entrecejo apretado de su mujer. A los hijos los trataba con cariño y distancia, como si un muro, una pared o una dimensión infranqueable les separara. Les miraba crecer, les observaba con objetividad, conocía las carencias, debilidades y fortalezas de cada uno. Sabía que el pequeño era como la madre; sabía que el mayor, como él, era obsesivo y despistado. Hubiera podido trazar con precisión el camino vital de cada uno, pero murió cuando estos aún eran muy jóvenes.

 La mediana vivía en el convento por fe, pero su fe no abrasaba. Su fe era de otro tipo. En cierta forma lo que le atraía o en lo que creía era en esa austeridad del silencio. No se planteaba la existencia. Para ella, en realidad, esa forma de vida escondía un ideal, una utopía. Había, más allá de un pensamiento consciente, una forma de anarquía en ella. Por supuesto, en su viaje del pueblo remoto de montaña hasta el convento nada había leído de los anarquistas, ni siquiera de política. Su anarquía era absoluta. No le interesaban las enormes capas de defectos del rumbo de la sociedad. El ruido, el crecimiento y la hostilidad le resultaban intolerables. Ese modo ofensivo y disparatado del mundo urbano le parecía una aberración. El convento proporcionaba un trato con el otro que a ella le resultaba idoneo. El respeto, la responsabilidad en la relación con el otro, el saber que el espacio que uno ocupa es lo que altera el mundo. Para ella el hombre, cada habitante de la tierra, cada día ocupaba más espacio. Su ideal, su utopía consistía en desocupar radicalmente. Además caminaba infatigablemente. Sus sobrinos encontraban en ella, una complicidad incuestionable cuando se encontraban los meses de verano en el pueblo.

 El pequeño se fue a Australia sin más. Como el que lanza un dado y sale tres. Fundó una familia. Olvidó lentamente el viejo país. A veces, cada muchos meses, quizá años, escribía una carta a sus hermanas. Les hablaba de paisajes y de gentes. En su manera de escribir se adivinaba una vida remota, incomprensible para las hermanas que asumieron la distancia, la lejanía, como el que asume que un par de galaxias más allá, hay unos tipos que se parecen enormemente a nosotros, pero que varían, ligeramente en algunos rasgos físicos. El hermano menor era un ente, un concepto de nuevo mundo. Se supo que fundó una familia. Que vivía en una ciudad creciente, de grandes edificios y de veranos cálidos. Que aquellos muchachos crecieron hablando otro idioma y que a veces mostraban curiosidad por ese otro lado del espejo donde habitaban ellas.

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